Tres figurantes

Cruce de vías

No es fácil vigilar a los condenados sin implicarse en sus vidas. Yo aparentaba estar en otra película, sin embargo podría revelar cada una de las historias que oí confesar a los reclusos

Sr. García .
José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

El pasado lunes pasé la mañana interpretando el papel de funcionario de prisiones con otros dos compañeros en la antigua Prisión Provincial de Málaga. Un trabajo aparentemente sencillo que exige una atención plena. No es fácil vigilar a los condenados sin implicarse en sus vidas. Yo aparentaba estar en otra película, sin embargo podría revelar cada una de las historias que oí confesar a los reclusos. Al llegar la tarde, nosotros abandonaríamos el trabajo y, por consiguiente, la cárcel. Los condenados permanecerían cautivos del recuerdo, aunque salieran fuera nunca estarían libres. Existen momentos que permanecen siempre encerrados en la memoria. Lo sé, los oigo hablar en silencio. El mismo lunes, el joven Isra salió en libertad. Llevaba una pequeña mochila de color rojo, pero no cabía duda que iba cargando con duras experiencias a sus espaldas. Lo acompañamos a la puerta y nosotros tres nos quedamos dentro. Alguien comentó que había cumplido la pena. Me estremeció escuchar estas palabras tan simples y rotundas, ¿acaso algún día desaparecen las penas y se borra el pasado?

Yo pensaba en estas cosas mientras mis compañeros Moisés y Pablo permanecían también en silencio. Hay pequeñas jaulas distribuidas por todo el cuerpo, como las celdas de la cárcel. No hace falta que estemos encerrados en nuestro mundo para saberlo. “Lo peor de todo es ser prisionero de uno mismo”, oí decir a una de las visitas, y la misma voz siguió hablando de otras cosas que no guardaban ninguna relación con lo que acababa de expresar. Las horas pasaban lentas y a la vez tremendamente veloces. No resulta fácil comprender los caprichos del tiempo. Antes dije que yo parecía estar en otra película, pero no fue así. Todos estamos implicados en la misma película a las órdenes del director Isaki que nunca da órdenes, simplemente habla como un recluso más.

Durante una mañana, Moisés, Pablo y yo, olvidamos nuestros deberes cotidianos y nos introdujimos en el papel de figurantes que el director nos había encomendado. Nos disfrazamos por dentro y por fuera, aunque en el fondo seguíamos siendo los mismos. Al acabar el rodaje, salimos de la antigua Prisión Provincial de Málaga con los auténticos protagonistas y con quienes accionan la compleja maquinaria del cine capaz de trasladarnos al mundo de la ficción sin que nos demos cuenta. Todos juntos celebramos un almuerzo en libertad. Después de comer, fotografiamos el encuentro y la despedida. Ellos se fueron a San Fernando a seguir rodando la vida. Nosotros tres nos quedamos en casa, uno en Pedregalejo, otro en el Palo y yo en el Rincón.

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