La travesía cervantina con el ancla en Antequera

Juan Manuel Casado, junto al Centre Pompidou Málaga, donde ayer se celebraba la reunión anual de directores del Cervantes./Paula Hérvele
Juan Manuel Casado, junto al Centre Pompidou Málaga, donde ayer se celebraba la reunión anual de directores del Cervantes. / Paula Hérvele

El malagueño Juan Manuel Casado ha dirigido una decena de centros del Instituto Cervantes repartidos por el planeta

ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Cada vez que tiene que hacer una presentación o dar una conferencia, si percibe que el auditorio es «especialmente sensible», comienza con las mismas palabras. Más o menos, estas: «Vengo de una ciudad que vuestros familiares, llegados a bordo de unas barquitas, crearon hace más de 3.000 años. Y estoy muy orgulloso de haber nacido en esa tierra que ha fundado la primera globalidad del Mediterráneo y el alfabeto, entre otras cosas».

Esa tierra es Málaga; en concreto, Antequera. Allí nació en 1955 Juan Manuel Casado, que siendo un niño se trasladó con su familia a la capital. A Málaga y Antequera regresa estos días durante la reunión anual de directores del Instituto Cervantes que se celebra estos días y que justo ayer repartió su jornada entre el Centre Pompidou y la ciudad de El Torcal y los Dólmenes. «Es que yo de pequeño he jugado a las canicas ahí, en las cuevas, como las llamábamos entonces», comparte Casado en alusión a las construcciones megalíticas.

Casado emplea con frecuencia los símiles marineros; sobre todo uno: el ancla. El afán trabajado durante casi tres décadas para que él y los suyos se mantengan «anclados», «fijados» a su lugar de origen. Y no ha sido fácil, con una decena de destinos como director del Instituto Cervantes, incluso antes del nacimiento administrativo de la institución dedicada a la difusión en el mundo de la cultura en español.

«Pareja de hecho» del turismo idiomático

«El turismo idiomático y los centros acreditados somos pareja de hecho, nos retroalimentamos». La frase la ofrecía ayer el director académico del Instituto Cervantes, Richard Bueno, en la sesión dedicada al turismo idiomático incluida en la reunión anual de directores del Cervantes que se celebra estos días en Málaga. La presidenta de la Federación Española de Asociaciones de Escuelas de Español para Extranjeros(FEDELE), María del Carmen Timor y el subdirector general de Estrategia de Turespaña, Javier Rodríguez Mañas, formaron parte de la mesa redonda que analizó un fenómeno cultural y económico cuyos usuarios llegan de manera mayoritaria de Italia, Alemania, Estados Unidos, Francia y Reino Unido.

Porque al Cervantes llegó Casado antes de que la entidad se llamase así. Corría el año 1980 y recién licenciado en la Universidad de Granada puso rumbo a Bagdad, capital de Irak, por entonces en guerra con la vecina Irán. «Al mes de estar allí surgió una plaza de director del centro cultural de España y la gané», rememora Casado. A Bagdad le siguieron Milán; Casablanca; el trío Amán, Damasco y Beirut; el Bucarest poscomunista; Nápoles; Brasil; Varsovia; Viena y de nuevo Beirut, donde ahora está instalado. Y siempre, el ancla en Antequera.

«Este trabajo me ha permitido aprender mucho del mundo», sostiene el gestor durante la reunión anual en Málaga de la entidad

«Mi trabajo me ha permitido aprender mucho del mundo. Esta labor te da una enorme rentabilidad personal y tu visión del mundo se abre de una manera espectacular, pero también la familia sufre los traslados continuos. Por eso es importante anclarse, fijarse a un lugar, y en nuestro caso ha sido el lugar donde nací y al que vamos todos los años», comenta.

Claro que Casado tiene previsto regresar este domingo a Antequera, donde conserva una residencia, con algo de más tiempo: «Desayunar un molletito, ir a ver a mis padres al cementerio y llevarles flores, almorzar quizá en el restaurante de Charo (Arte de Cozina, con Charo Carmona en los fogones), que ponen un tocinito...».

Traductor de Sadam Husein

El actual director del Instituto Cervantes en Beirut, arabista de formación y de vocación, relata episodios como la crisis de los rehenes que vivió en Irak, donde le tocó ejercer de traductor en las negociaciones entre la delegación española y el gobierno de Sadam Husein para la liberación de los españoles retenidos. «Teníamos que entrar a las reuniones sin reloj. Hasta ese extremo llegaban las medidas de seguridad», rememora con una media sonrisa.

«Suelo llegar a las delegaciones para desarrollar proyectos específicos. En Brasil, por ejemplo, creamos una red con nueve centros a partir de aulas de formación de profesores. De un centro a otro del país podías echar 12 horas en avión... Fue una experiencia apasionante y también muy exigente», ofrece Casado sobre el destino donde ha permanecido más tiempo: seis años.

«Creo que la idiosincracia de una persona se forja en su marco relacional. Por eso, da igual en qué parte del planeta nos toque estar, siempre regresamos aquí». El horizonte es el mundo. Y el ancla, Antequera.

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