Trascender (o no) lo real

Dos de las obras que se podrán visitar hasta el 10 de septiembre./Salvador Salas
Dos de las obras que se podrán visitar hasta el 10 de septiembre. / Salvador Salas
Crítica de arte

El Museo Carmen Thyssen sigue con su revisión del arte español de la segunda mitad del siglo XX. Si la temporada pasada se ocupó del pop patrio, ahora es el turno para el arte realista

JUAN FRANCISCO RUEDA

La representación de la realidad ha sido un asunto consustancial a la creación y a la reflexión sobre la propia naturaleza y finalidad del arte. El grueso de la historia del arte se resuelve a través de la figuración, con continuas variantes y periodos estilísticos. Ha de distinguirse entre la modulación de lo real en distintas figuraciones o recreaciones, que interponen mayor o menor ‘distancia’ con el objeto que sirve como modelo pero que generan una imagen verista y reconocible, y el realismo como traducción fiel, reproducción o imitación de la realidad, optando por una imagen que actúe como suerte de fiel ‘doble’ respecto al objeto que representa. La teoría del arte de la Antigüedad es prolija respecto a la cualidad imitativa de la creación artística, estando jalonada de episodios que actúan a modo de ejemplos. Plinio el Viejo recoge en su ‘Historia natural’ (siglo I) la legendaria confrontación entre Zeuxis y Parrasio, quienes dirimían la fidelidad de su pintura: si las uvas pintadas por Zeuxis atrajeron a los pájaros, acudiendo a picotearlas al descorrer una cortina que las ocultaba, cuando éste pidió a Parrasio que descorriera la suya descubrió haber caído en el engaño, siendo la pintura de Parrasio una réplica de esa cortina que supuestamente escondía alguna imagen.

La exposición

Título
‘La apariencia de lo real. Cincuenta años de arte realista en España (1960-2010)’
La exposición
54 obras, debiéndose 12 de ellas a maestros de los siglos XVII-XIX, como Zurbarán o Van der Hamen, y el resto a los realistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, con piezas realizadas hasta en 2014. El conjunto está dominado por la pintura (especialmente óleo sobre lienzo) y, en menor medida, dibujo y escultura.
Comisaria
Lourdes Moreno
Lugar
Museo Carmen Thyssen Málaga. Plaza Carmen Thyssen, Málaga.
Fecha
Hasta el 10 de septiembre
Horario
De martes a domingo, de 10.00 a 20.00 h.

Desde principios del siglo XX, con la popularización de la fotografía y con la irrupción de las vanguardias y la abstracción, figuración y realismo pasan a ser una opción. Señalaba Ortega y Gasset en ‘La deshumanización del arte’ (1925), en relación a la incipiente abstracción y a su negación de la figura reconocible, que «El fenómeno se complica cuando recordamos que periódicamente atraviesa la historia esta furia de geometrismo plástico». Hoy, mirando la historia del arte del último siglo, bien podríamos subvertir los términos de esta sentencia orteguiana para, parafraseándola, advertir que en la última centuria aflora periódicamente el realismo –que no sólo la figuración. El mundo de lo real ha sido recuperado en momentos de crisis, quizás como una metafórica necesidad de abrazar lo cierto. Como respuesta al estallido de la Primera Guerra Mundial y a las vanguardias que habían transformado la representación, a partir de la mediación de los años diez se proclama una vuelta al orden (‘le rappel à l’ordre’); en los años treinta, generando quizás la querella más importante del siglo XX, a la abstracción, ‘demonizada’ como elitista, se le intenta oponer el realismo socialista, interesado y doctrinario. El expresionismo y lo grotesco que se impuso como respuesta existencial a la Segunda Guerra Mundial, a través del informalismo y el expresionismo abstracto, tuvo como contestación, a partir de los cincuenta, la recuperación de la realidad, aunque no necesariamente formulada a través del realismo; incluso, dentro de los nuevos comportamientos, se empleaban elementos reales, como ocurre con el nuevo realismo francés, que transformaba objetos e incorporaba la cotidianeidad. Describimos experiencias que acaban convirtiéndose en episodios historiográficamente estructurados, lo que no significa que la práctica del realismo sólo se produjera en esos momentos. De hecho, coincide esta exposición con ‘Bacon, Freud y la Escuela de Londres’, en el Museo Picasso Málaga, ejemplar de cómo algunos de esos ’londinenses’, tanto como los españoles concurrentes aquí, desarrollaron una pintura de corte realista que no gozó de la visibilidad merecida, dado que no se atenía a las opciones estilísticas hegemónicas.

El mundo de lo real ha sido recuperado en momentos de crisis, quizás como una metafórica necesidad de abrazar lo cierto

Aunque la exposición que nos ocupa es, en rigor, una muestra sobre los realistas españoles de la segunda mitad del siglo XX, la suma de piezas históricas, de las escuelas hispana y holandesa, parece perseguir un ejercicio más amplio, no sólo de contextualización de la labor de los realistas, también la de vislumbrar una tradición nacional de ‘lo real’ y generar una aproximación no exhaustiva al realismo como constante. La presencia de maestros como Zurbarán, Arellano, Meléndez o Van der Hamen, con naturalezas muertas de los siglos XVII y XVIII, que por sí solas justifican la visita, aunque actúan a modo de ilustración de la mirada histórica a aquello que rodea al ser humano y su necesidad de traducción fiel, supone, como contrapartida, un ‘peso’ excesivo para muchos de los artistas representados del siglo XX. No todos pueden soportar el situarse ante tan determinantes piezas históricas a pesar de generar algunos diálogos valiosos.

La grandeza del artista realista no debe estribar simplemente en la capacidad para generar una imagen cual doble del objeto, sino en su capacidad de trascender lo representado. Esto es, en la facultad para convertir esa imagen en portadora de un valor que exceda meramente la destreza del autor. Destreza que no ha de entenderse como facilidad y que puede constituirse como fuente de conflictos. Atrapar la realidad, que generalmente es cambiante, se constituye en el angustioso caballo de batalla del artista. Justamente, ‘El sol del membrillo’ (1992), la película de Víctor Erice sobre el proceso creativo de un realista como Antonio López, nos traslada esa sensación.

Buena parte de la exposición transmite un recogimiento que linda con la melancolía y con la tristeza

Muchas de las naturalezas muertas barrocas se articulan como alegorías, como ‘vanitas’ y metáforas vivenciales. Buena parte de las obras de los realistas de la segunda mitad del XX pueden configurarse como documentos sociales. Algunas de ellas, especialmente ‘Ventana por la tarde’ de Antonio López, ‘Puerta del Sol’ de Amalia Avia, ‘La nueva inquilina’ de Cristóbal Toral o el escultórico ‘Juzgado de guardia’ de Julio López Hernández se conforman con imágenes de una España que se halla en los estertores del franquismo o en la convulsa Transición.

Buena parte de la exposición transmite un recogimiento que linda con la melancolía y con la tristeza, con lo que cabe encontrar aquí, en esa sensación cercana a la desazón, un sentimiento que genera la situación sociopolítica y que otros muchos artistas españoles transmiten a través de la figuración pero con otros registros, como ocurre con Estampa Popular o con Crónica de la realidad.

Contrasta el preciosismo, exquisitez y magia, en parte por el uso de la luz de origen barroco, en los bodegones históricos y cierta negación de esos valores en los recientes. Más allá de los valores estéticos o estilísticos, la luz contrastada, casi quirúrgica que apenas genera concesión al claroscuro que ‘dulcifique’, elimina el misterio y la magia. Las obras recientes parecen negar su condición de fidelísima reproducción mediante recursos que rompen con la depuración y claridad, como si muchos de ellos quisieran hacernos ver que ‘sigue siendo’ pintura.

Para ello, los artistas emplean manchas, enmiendas o filtros que vienen a ‘ensuciar’ la imagen, revelando su intrínseca cualidad pictórica. En otros casos, como los bodegones florales de Isabel Quintanilla y Eduardo Naranjo, se intenta romper con la retórica barroca, actualizando el género.

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