'La' tranvía

Antonio Garrido
ANTONIO GARRIDO

En La Tribuna Malagueña de este diario de 17 de julio de 2005 publiqué un artículo en el que aclaraba el significado de palabras que hoy están en entredicho y manipuladas hasta el hartazgo. El lenguaje se ve sometido por su propia naturaleza a todo tipo de influencias; se trata de la sustancia de la comunicación. La palabra es palabra en el tiempo y en la vida de la sociedad de cada momento. En nuestra filología, en la Escuela Española, disponemos de obras de enorme calidad e importancia sobre el lenguaje, en este caso es obligado citar la 'Historia de la Lengua' de don Ramón Menéndez Pidal, maestro de todos nosotros.

El sistema se mueve entre la estabilidad y la renovación, entre lo que permanece y lo que se modifica en un juego de equilibrios. La historia de las palabras, la historia del idioma es la historia de las gentes que usamos el patrimonio común que supone una lengua como creación del mundo que sustenta.

Es muy cierto y hay amplia bibliografía al respecto que la política influye o pretende influir en el lenguaje. Veamos un ejemplo curioso. Ya nadie lee la novela 'Pequeñeces' de Luis Coloma; en realidad, se lee muy poco. Se acababa de inaugurar el tranvía de la línea del barrio de Salamanca de Madrid y se abrió un debate sobre si la palabra era femenina o masculina; por lo visto el pueblo, el vulgo la había bautizado como masculino; los académicos la consideraban femenino. Un personaje que me cae simpático es Leopoldina Pastor, culta y leída, muy apasionada por otra parte. Prometió hacer propaganda de «la tranvía» con todas sus fuerzas hasta que se enteró de que el político Salustiano Olózaga, progresista, profesor y parece que primer amante de la casi niña Isabel II, también defendía el femenino.

Menos mal que el vulgo, el pueblo, nosotros, decidimos que tranvía es masculino

«¡De ninguna manera!», exclamó Leopoldina. Olózaga era partidario del rey Amadeo y ella era defensora acérrima del que sería Alfonso XII, en consecuencia la palabra sería masculina. Vemos que se esgrimieron poderosas razones lingüísticas. Menos mal que el vulgo, el pueblo, nosotros, decidimos que tranvía es masculino; por cierto, aprovecho, solo se puede usar metro para el metropolitano, el tren que discurre por debajo de tierra, lo contrario es un tranvía y vamos a decir las cosas como son y no se pretenda tomar el pelo.

Es un estúpido ejercicio de oportunismo político y, por supuesto, de ignorancia sobre el idioma afirmar que el lenguaje debe estar al servicio de la política o de la ocurrencia interesada de algunos. Me entero que existe una asociación de 'amigas' de... En español se comprende que está formada exclusivamente por mujeres y no es así. Lo correcto y no machista pese a que alguien se niegue a estudiar un poco, un poquito, es 'amigos' de..., que incluye, como genérico que es, a hombres y mujeres sin distinción.

No estamos en los mejores momentos de nuestra historia reciente. En pocos años España ha sufrido dos golpes de estado, ya expliqué el sentido de estas palabras, y cada intento conlleva un lenguaje específico. Mi amigo Jon Juaristi publicó en 1997 un título que se puede considerar clásico, 'El bucle melancólico'. Se centra en el estudio del nacionalismo vasco pero su metodología y sus premisas y conclusiones son perfectamente aplicables al nacionalismo de cualquier laya y, evidentemente, catalán.

En el principio Cataluña fue un Edén independiente, una Arcadia feliz e incontaminada de todo lo que fuera bueno y justo. Aragón..., nada. El primer paso fue la creación de una historia. La pérfida España, usando como punta de lanza a los inmigrantes, invadió y alteró ese orden mítico. A esta historia se une la existencia de una lengua y ya tenemos los dos pilares de la presunta identidad. Todo ello enmarcado en una real posición de privilegio. El extremismo se acelera después del 98. La prensa de esta orientación no se cansaba de reforzar la posición de superioridad.

La democracia es el «predominio del pueblo», es decir, la mayoría. Todos los datos estadísticos corroboran que la mayoría de los habitantes de la llamada piel de toro creen que existe una sola nación: España. No cabe duda de que existen muchas personas que no lo sienten así pero son minoría.

Es legítimo desear que la patria chica de cada uno se declare independiente y hasta podemos crear un universo con todos los elementos que nos venga en gana, entre ellos el lenguaje, pero no pasaremos de ser unos majaras o majaretas, palabra que es un compuesto de una palabra del árabe hispánico y una del árabe clásico y que la RAE define como «loco, chiflado».

Las palabras se lanzan como dardos, la retórica ofrece una panoplia de armas muy diversa pero una cosa es la esgrima de salón y otra el enfrentamiento callejero. La misma palabra tiene sentido opuesto según unos y otros. ¿Qué entienden los independentistas por democracia? Pues, sinónimo perfecto de dictadura.

Fotos

Vídeos