El tiempo y yo

Sr. García .
Cruce de Vías

Imagino las líneas enmarcando el espacio de juego y comprimiendo el tiempo. Un encuentro sin límite de tiempo sería interminable

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .Ilustración

Le digo que el calor de agosto me deja la mente en blanco, que no se me ocurre nada, que tengo la sensación de estar derretido por dentro como un cucurucho de helado, que me gustaría pasar los veranos en ‘Ushuaia, fin del mundo, principio de todo’, y le ruego que me ofrezca alguna idea capaz de inspirar un relato. Ella está leyendo una novela que no sé de qué trata, levanta la mirada del libro y responde que el espacio es la compresión del tiempo. Luego sigue con su plácida lectura de vacaciones. Ella ha roto con el tiempo por unos días. Yo me quedo pensando en lo que acaba de decir. Me planteo que si no existiera el espacio el tiempo se expandiría hasta el infinito. Quizás por eso me atraen los círculos concéntricos que encierran mundos. Yo vivo en mi mundo, ella en el suyo, a veces los mundos chocan, se eclipsan, se reencuentran y vuelan juntos.

El vecino pasa las vacaciones viendo partidos en la televisión. Fútbol y baloncesto, sobre todo. Imagino las líneas enmarcando el espacio de juego y comprimiendo el tiempo. Un encuentro sin límite de tiempo sería interminable. Un encuentro, un partido, una metáfora, qué más da. Me acuesto y oigo la voz monótona del locutor. El vecino mata el tiempo pensando en sus cosas mientras otros juegan. Quizás no piense en nada, aunque resulta imposible vivir sin pensar. ¡Qué más quisiéramos muchos! «La vida comprimida en el acuario del hogar», suelto en voz alta. Estoy convencido de que me ha escuchado, igual que yo oigo la voz del locutor. Cada uno de nosotros conoce la intimidad del otro, los sonidos marcan el tiempo, pero disimulamos y no decimos nada, como si hubiéramos firmado un pacto secreto. Yo sé cómo es cuando está a solas y él sabe cómo soy. Vivo en un edificio con varias puertas y cada una de ellas encierra algún enigma que sólo los inquilinos conocemos.

Ignoro el origen de mi obsesión por el paso del tiempo. Ha bastado que ella lo mencione para que le esté dando vueltas. En vez de perderle el miedo con los años y aprovecharlo al máximo, cada día me provoca más temor e inquietud. Lo encierro en mi cuarto y nos quedamos los dos a solas frente a frente. Lo veo reflejado en el espejo. Ahí está el tiempo desnudo. «No me digas nada, sé lo que piensas», digo. Apago la luz y me acuesto, seis horas después me despierto. Un día más o menos. Agosto es un mes peligroso, la mayoría de la gente sale a la calle, se producen cruces, choques, accidentes. Habría que romper fronteras y dejar el tiempo libre, sin nada ni nadie que lo acorrale. Hay que eliminar las líneas que demarcan el territorio, saltarse los límites y fugarnos lejos. Al espacio infinito.

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