Thyssen de Málaga revalida su salto de calidad con una gran exposición sobre el Mediterráneo

Estreno. Francisco de la Torre, Sergio Corral y Carmen Thyssen, ayer en la presentación de la muestra./Salvador Salas
Estreno. Francisco de la Torre, Sergio Corral y Carmen Thyssen, ayer en la presentación de la muestra. / Salvador Salas

La pinacoteca estrena un proyecto de producción propia con obras de más de 30 colecciones nacionales e internacionales

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

«Ella no significa nada. Es una obra silenciosa... Sólo significa la belleza». Lo afirmó el escritor André Gide frente a esta escultura de una mujer sentada y pensativa, firme y serena, rotunda en su ausencia, presentada para colmo en el mismo Salón de Otoño de 1905 en el que estallaba el color y la rabia de los fauvistas. Una reivindicación de la renovación a partir del clasicismo frente al ímpetu corajudo de la vanguardias artísticas de las primeras décadas del siglo XX.

Es la esencia de esta pieza de Aristide Maillol titulada 'Mediterráneo' (1905) y también puede serlo de todo el proyecto en el que brilla esta obra: 'Mediterráneo. Una Arcadia reinventada. De Signac a Picasso', la exposición con la que el Museo Carmen Thyssen revalida el salto de calidad experimentado en su anterior montaje temporal en torno a Juan Gris, María Blanchard y la segunda etapa del cubismo.

Si aquel proyecto deslumbraba por su calado intelectual hasta ofrecer un nuevo relato del cubismo, el Thyssen de Málaga firma ahora un nuevo montaje de producción propia que mantiene la altura del listón para sumergirse en el Mediterráneo como un asunto transversal, capaz de albergar autores y sensibilidades artísticas bien diversas durante casi un siglo. Ese eclecticismo surge de partida en las propias disciplinas recogidas en la muestra que hoy abre sus puertas, ya que el Museo Carmen Thyssen presenta su exposición más diversa hasta la fecha con pinturas, esculturas, dibujos y grabados.

A partir de esa variedad, 'Mediterráneo...' despliega su potente propuesta tanto en lo numérico e institucional como en lo artístico. Del primer apartado destaca que la exposición reúne obras procedentes de hasta 33 colecciones públicas y privadas, nacionales e internacionales, entre las que figuran el Centre Pompidou de París, el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía y el Museo Thyssen-Bornemisza. Mención aparte merece la colaboración del Museo Picasso de París, que cede tres piezas a una muestra incluida en el proyecto 'Picasso Mediterranée', promovido por la institución francesa con más de 70 iniciativas en nueve países.

El resultado artístico de esa selección de 62 piezas es un proyecto que no sólo reúne grandes nombres de la Historia del Arte, sino que ofrece en muchas ocasiones el reverso menos conocido de algunos de esos autores. Ahí está la pintura clasicista del escultor Julio González, los óleos casi académicos del luego inclasificable Joaquín Torres-García, el colorido fauvista de Georges Braque antes de convertirse en uno de los padres del cubismo, la paleta casi psicodélica de un Joaquín Sorolla vinculado a la luz y la paleta serena, la propia quietud de la escultura que abre el paseo, 'La edad de bronce' (1876) de un Auguste Rodin que justo después desataría su genio en 'La puerta del infierno'.

Porque, a la postre, la nueva exposición del Museo Carmen Thyssen, patrocinada por la Fundación Unicaja, presenta al visitante en buena parte de su recorrido una «reivindicación de la medida y de la serenidad en medio del fragor de las vanguardias», en palabras de la directora artística de la pinacoteca malagueña, Lourdes Moreno, comisaria de la muestra que podrá verse hasta el 9 de septiembre.

La exposición se organiza en dos secciones, la primera dedicada al Mediterráneo como asunto para la investigación artística por parte de autores de filiación diversa y la segunda articulada a partir del Mare Nostrum planteado como lugar bucólico. El influjo de Paul Cezanne surge con fuerza en las escenas de bañistas a cargo de Emile Bernard y Pablo Ruiz Picasso que abren el paseo. El malagueño es además el autor más representado en el montaje con 23 piezas que dan cuenta en su ingente versatilidad.

Protagonismo picassiano

Así, los grabados picassianos de las series Los Saltimbanquis, Las Metamorfosis y la Colección Jan Lohn -cedidos por la Fundación Picasso-Museo Casa Natal- unidos a las cerámicas del malagueño realizadas ya en plena madurez se ven acompañadas por el exquisito dibujo titulado 'Hombre con máscara, mujer y niño' (1936), procedente del Museo Picasso de París y la intensa 'Bacanal y toro negro' (1939) desde el Museo Picasso de Antibes.

Sigue el relato picassiano con 'Bañistas mirando un avión' (1920), 'Dos bañistas' (1921) -ambas también procedentes del Museo Picasso de París- y 'Mujeres en la fuente' (1921) del Museo de l'Orangerie hasta formar entre todas una suerte de perímetro, casi un juego de espejos donde la escultura de Maillol, situada en el centro de la sala, se refleja en las piezas picassianas y en las escenas clasicistas de las pinturas de Julio González.

'Pastoral' y 'Mediterráneo (ambas realizadas entre 1910 y 1911) de Joaquim Sunyer actúan como puente en el montaje hacia la sección dedicada al paisaje bucólico. Brillan aquí con especial intensidad la rareza fauvista de George Braque titulada 'Marina. L'Estaque' (1906) de la Colección Carmen Thyssen, 'Saint-Tropez. El muelle' (1899) de Paul Signac desde el Museo de la Anunciada y 'Los tejados a través de las mimosas' (c. 1930) de Pierre Bonnard. La de Braque, además, cuelga junto a 'Los pichones' (1957) de Pablo Ruiz Picasso en un sugerente juego de relaciones entre los pioneros del cubismo, aquí representados en obras que miran a otras sensibilidades estéticas.

Una buena parada reclama la serenidad de 'Una ventana abierta en Niza' (1918) de Henri Matisse, procedente del Centre Pompidou de París y exponente del periodo más sereno del autor francés. Da paso entonces la exposición a una sección postrera dedicada a los autores españoles que aguantaron la mirada a los artistas franceses que volvieron sus caballetes hacia el Mediterráneo en los primeros años del siglo XX. Turno aquí para el contraste sin salir de Joaquín Sorolla: del simbolismo fauvista de 'Nadadora, Jávea' (1905) a su característica luminosidad en 'El niño de la barquita' (1904), también expuestas una junto a otra en otro hallazgo del montaje.

Visiones de un mar, el nuestro, abierto aquí como una ventana y un espejo.

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