TALAVANTE Y FERRERA, FIESTA MAYOR

Talavante, durante la faena a su primer toro de la tarde. :: efe/
Talavante, durante la faena a su primer toro de la tarde. :: efe

BARQUERITO

Con lotes y toros muy distintos de una dispar corrida de Cuvillo torearon bien de verdad Ferrera y Talavante. Ferrera, todo primor, inteligencia, la cabeza para elegir terrenos, distancias y tiempos con seguridad de maestro. Desencadenado, atrevido, inspirado, suelto sin freno, Talavante firmó dos faenas marcadas por la abundancia, caudalosas, rotundas, inapelables. Talavante, con fama ganada de torero irregular, no se dejó nada dentro, como en otra docena de tardes antes en Madrid. Muchas tardes son, y esta vino cargada de sorpresas.

Nadie apostaba por el tercer cuvillo, que escarbó y no dejó de soltarse hasta que Trujillo le pegó en la brega de banderillas dos soberbios lances por abajo. Sin prueba ni aviso previos, Talavante abrió faena en tablas junto a la puerta de Madrid -la contraquerencia de los toros que se sueltan- y, dando adentros o no, le pegó al toro una primera tanda extraordinaria de muletazos genuflexos de horma, muy bien tirados, templados, cosidos a placer, el quinto de ellos mirando al tendido, y el remate de pecho justo a tiempo.

Entonces explotó de júbilo la plaza entera, como si se hubiera prendido la mecha de una traca. De traca fue la faena que vino después, seguida y sin pausas, torrencial a pesar de que Talavante se recreó toreando a cámara lenta en cuanto sintió tener en la mano ese toro que casi nadie había visto.

Su instinto para encontrar toro, su colocación, su toreo al toque o no, su aplomo, esos brazos tan poderosos, su desenfado y, lo más llamativo, su ambición para enredarse en tandas de hasta ocho muletazos ligados. Todo eso en una misma faena, la del tercer toro, que, por pecar, pecó hasta por exceso cuando se sintió que Talavante vaciaba entero su cajón de ideas. El toro de Cuvillo, encastado, el de mejor fondo de la corrida, agradeció los juegos de mano. Ni un solo muletazo de más pese a ser tan abundante y tan fluido el trabajo, que tuvo por guinda especial el toreo a pies juntos y, sobre todo, el engarce de los remates de tanda cosiendo el molinete con el de pecho, o la trincherilla con el natural a pies juntos y el de pecho, o los cambios de mano.

Ferrera había abierto fiesta con una faena de gran rigor técnico para medir las fuerzas de un primer toro descarado y frágil, y para abrirse en pausas precisas que fueron oxígeno para el toro. Pero contó no tanto la madurez como el sentido del temple cuando Ferrera decidió torear a cámara lenta por una mano y otra, acariciando la embestida algo remolona del toro, y enroscándose en muletazos soberbios. La primera faena de Manzanares, despegada y justa de resolución, y el estilo tan informal del segundo cuvillo, no contaron.

Toreo de temple

Después de la exhibición de Talavante, Ferrera se pegó otro festín con un toro muy grandullón que se había venido cruzado y rebrincado y no parecía materia maleable. En tablas, con cuatro o cinco muletazos a compás en redondo, Ferrera se acopló sin pruebas, estuvo toreando al desmayo enseguida y, ajeno a las claudicaciones del toro, se empeñó terco en sacarle hasta la última gota de bravura. Fueron unos cuantos los muletazos trazados a pulso y con bigotera. No toreo de mera caligrafía, sino de temple caro.

En manos de Manzanares y de un quinto toro jabonero barroso, el de menos trapío de los seis, quedo responder al desafío que se sentía latente y obligado. Muchos capotazos le pegó Manzanares al toro en la brega por amarrar la embestida del toro, que le había desarmado y casi cogido al rematar en los medios un quite bonito por delantales. De rayas afuera una faena bien tramada pero despegada, abierta en pausas que fueron auxilio de un toro justo de fuerzas. Manzanares todavía provoca a sus detractores de Madrid y la faena se vivió con contraste sonoro de opiniones.

El sexto, tan bien hecho como el segundo, se enceló fiero con un caballo derribado y al cabo herido, arreó en banderillas y pareció que iba a comerse el mundo. No tanto. Fue Talavante quien se comió el toro, que estuvo reducido, igual que el tercero, en solo la primera tanda de apertura. Talavante en los medios, órdago, y una segunda faena en catarata. De tan obligado, el toro fue a menos casi de golpe. La gente empujó la espada para que Talavante se llevara las orejas del toro. Pero no la empujó Talavante.

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