La sonrisa triste

Elgar ha muerto y me siento en deuda con él. El valor de arrancar sonrisas, ese poder bueno

La sonrisa triste
Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

La primera vez que de niño me asomé a un periódico encontré una viñeta en cuya esquina había un perro que, no me lo creía, me acerqué más, no podía ser, sí, eso que caía era una caca. A lo mejor por eso no puedo dejar de leer la prensa, me enganchó una caca de perro dibujada por Elgar, que mantenía que no sabía dibujar. Su trazo era sencillo y sus personajes inconfundibles. Un hombre de paseo con su hijo, un matrimonio, dos vecinas, el hombre rico fumándose un puro. El perro. Su humor resultaba doméstico y ocurrente, cercano, familiar. Me encantan las ciudades de Elgar, al fondo, el perfil ingenuo de edificios e iglesias bajo el que un personaje soltaba a otro su chascarrillo.

El cielo con una nube y el sol simple. Yo era un niño y no lo solía entender y miraba a mi padre reírse y enseñárselo a mi madre; yo buscaba el perro, que a menudo aparecía. Los chistes políticos no siempre me gustaban tanto, pero aquellos en los que empleaba el humor absurdo me fascinaban. Recuerdo uno en el que un hombre yacía en la cama, muerto. Un familiar le preguntaba a su mujer cuáles habían sido las últimas palabras de su marido antes de morir, y ella decía que últimamente decía mucho «ay, leche». Me imaginaba una lápida con esa sentencia, o un manual de historia plagado de las últimas frases reales, y envidiaba al hombre capaz de darle importancia a algo tan poco importante en un momento de tanta trascendencia.

Se consideraba un mal dibujante, pero confesaba que no sabía expresarse bien si no era con sus dibujos, publicados en las míticas revistas ‘La codorniz’ y ‘Hermano lobo’, y durante tantísimos años en el diario SUR. Estaba a punto de cumplir 92 años y llevaba dos sin publicar. Había estado setenta años ininterrumpidos publicando una viñeta diaria. Se consideraba un mal dibujante pero Forges lo reconocía como su maestro y Peridis dijo de él que era el Mingote de su tierra, esta, donde ha vivido casi toda su vida tras haber nacido en un pueblo de lo que hoy es Marruecos. Estoy deseando ver la pieza que construirán los geniales Idígoras y Pachi, seguramente un homenaje a Elgar, y no será el primero. Elgar se ha muerto y alguien tiene que estar partido de risa en alguna parte, yo, mientras recuerdo algunas viñetas antiguas y sonrío con tristeza.

Comenzó escribiendo el pie de página a los dibujos que trazaba su hermano y acabó haciéndolo todo él desde los 18 años. Cuánto ha visto el modesto Elgar y cuánto hemos visto nosotros oliendo el humo del puro que fumaba el personaje rico que protagonizaba muchas de sus viñetas. En una carta de junio de 1979, Manuel Alcántara se disculpa por el retraso al contestarle, «es que estaba riéndome», dice.

Trato de imaginarme de niño descubriendo el periódico a través de un perro de Elgar y evoco una casa que no existe y a mi padre llegando de la calle y dejando el periódico sobre la mesa. Los cigarros a punto de caer de la boca de los personajes que se cogen del brazo de sus amigos, el diálogo como elemento fundamental de la construcción de la historia encuadrada en la viñeta de Elgar. Siempre un personaje contando a otro lo que se le ocurre a partir de lo que el otro también ve, la conclusión surrealista a alguna noticia aparecida en televisión.

Elgar ha muerto y me siento en deuda con él. El valor de arrancar sonrisas, ese poder bueno. A él le debo esta necesidad de asomarme a la prensa desde tan temprano. Todo comenzó con su chucho y la caca de su chucho. Qué menos que dedicarle esta sonrisa triste.

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