«Sonríe, guapa»

CAROLINA CANCANILLA
Hasta el C*

La sonrisa en nosotras es mucho más esperada: tácitamente se intuye y debe estar ahí

ISABEL BELLIDO

A las ocho de la mañana nadie tendría por qué sonreír. Nadie tendría por qué ser hermoso a esa hora; debería estar en boga ser una gorda Maritornes, conservar el moño de medianoche, mirar al vacío, pensar en el nuevo bultito que te has palpado en la ingle (¿será, por Dios, un pelo enconado?); debería haber un vagón para los no sonrientes sin que se nos tachara de antipáticos, más aún si somos mujeres. La sonrisa en nosotras es mucho más esperada: tácitamente se intuye y debe estar ahí, fijamente en la boca marcada, siempre a punto de deslumbrar ante cualquier comentario, a veces inoportuno.

«Sonrisa es benevolencia, dulzura, optimismo, bondad. Nada más desagradable que una mujer con la cara áspera, agria, malhumorada (…) El hombre puede tener aspecto severo; dirán de él que es austero, viril, enérgico». Este testimonio data de 1941 y lo recoge Carmen Martín Gaite en sus Usos amorosos de la postguerra española. De estos lodos venimos: si entonces la sonrisa era símbolo de casadera, hoy se ha profesionalizado.

Desde las actrices que posan en la alfombra roja hasta las chicas que, para sacarse algo de dinero, trabajan como azafatas en congresos, histriónicos eventos y promociones comerciales. Mi amiga se lava los pies con agua caliente y bicarbonato para sofocar las doce horas que ha estado subida, durante tres días y a la fuerza, sobre unos altos tacones. Su buena apariencia física no basta: ha de ser más alta, que no altiva. Me cuenta lo que le ha ocurrido: su jefe le ordena ir con él al almacén. En su coche le pregunta si había pensado en ser modelo, porque podría darle facilidades para desfilar. Le pone su mano en la pierna y ella pasa el trago como puede (sonríe). Para aligerar, le dice que le duelen mucho los pies. Él se agacha, le quita los zapatos y le masajea alegando estudios de fisioterapia como pleno derecho al roce.

Yo nunca he sido azafata, pero también he llevado uniforme (ancha sonrisa, igual que la falda; ¡no vayan a mirar de más!) en redacciones y oficinas. Alego: títulos universitarios, estancia en el extranjero, trayectoria profesional. Mis homólogos me doblan la edad, pero no sé si me ven como yo los veo a ellos. Les hablo y me contestan con sorna, tomándose a broma lo que les digo. Me quejo –protesto en voz alta– y recibo respuestas de otro siglo: «¡Las mujeres, cómo son! ¡Tremendas!». Mi sonrisa flaquea ante sus muecas. Me aconsejan: «Tú sonríe siempre, que por un oído te entre y por otro te salga». No sé si soy tremenda, solo sé que si fuese un hombre quizás no tendría por qué sonreír tanto.

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