El 'sitio' de Alessandra García

Alessandra García como Soledad, uno de los siete papeles que representa./Daniel Pérez/Teatro Cervantes
Alessandra García como Soledad, uno de los siete papeles que representa. / Daniel Pérez/Teatro Cervantes

La artista dirige, protagoniza y escribe 'Chaquetera', una obra interactiva que supera con creces la rotura de la cuarta pared

Iván Gelibter
IVÁN GELIBTER

Resulta algo complejo no recurrir (incluso abusar) de la primera persona para contar la experiencia que supuso ayer ser parte activa (como las otras 24 personas que tuvieron la suerte de tener una entrada) de la obra 'Chaquetera', escrita, dirigida y protagonizada por Alessandra García. Sabíamos, antes de empezar, que se trataba de una experiencia «interactiva», como avisaba la propia autora en la sinopsis de la obra. Ante ello, un nerviosismo no fingido entre los tres grupos que nos hicieron crear, divididos entre una sala de espera; una instalación; y una sala. Todo esto sin salir de la primera planta del Teatro Cervantes, pero no en un palco, sino en los camerinos.

Esta primera parada en espera, al menos para el grupo azul, tenía una función: promover un diálogo sobre lo que pensábamos que íbamos a ver, mientras por el rabillo del ojo observábamos como el otro grupo, el de la instalación, trasteaba un puñado de teléfonos móviles. Nos pusimos de pie ansiosos por ver de qué se trataba el montaje, en el que explicaron que podíamos ver las fotos 'personales' de siete personas. Un ejercicio de 'voyeurismo' legal en el que entremezclaban fotos de caballos, vírgenes y cristos, culos en pompa y un sinfín de elementos coronados por varios 'memes' que no hacían sino añadir más madera a la intriga.

Alessandra García entiende el costumbrismo actual a la perfección. Esa es la sensación con la que uno sale de ver esta pequeña joya reducida a pocos espectadores. La tercera parada de 'Chaquetera' es precisamente la más importante. Allí, vestida de blanco y con una sonrisa, se pone a disposición del grupo, al que le espeta a elegir una de las siete chaquetas que cuelgan de un perchero en uno de los camerinos más grandes del teatro. Una sudadera modelo 'enganchado' destrozada por la fiesta de los 90; un horrible abrigo morado; o una torerita de jinete son algunas de estas prendas por las que el conjunto de personas debe votar.

Cambios de personaje

Elegimos la negra. Brilla y nos llama la atención. Automáticamente, Alessandra encorva su figura tras introducir sus brazos en la chaqueta, y se convierte en Capilla, una señora que debe rozar los 80 años, y que nos cuenta sus tribulaciones cotidianas mientras 'disfruta' de la caída de su amiga por las escaleras. «No sabía que una señora mayor podría sangrar tanto», dice con malicia.

Salimos de allí con ganas de más. Así lo comentamos en nuestro punto de partida: la sala de espera. Pero aquello no es todo, porque la instalación ha evolucionado. Ahora no solo podemos ver las fotos de las personas que encarna la actriz, sino que nos dejan cotillear sus conversaciones de WhatsApp, que no son sino las mismas que tenemos en nuestros teléfonos. Las mismas tonterías, los mismos miedos, e idéntica necesidad de que nos den la razón. Y entonces conocemos a Paquillo, pero antes de que nos lo presente Alessandra ya sabemos que trapichea con Dimitri y que de vez en cuando fuma porros.

Una vuelta más al carrusel y nos siguen soltando cuerda. Ahora podemos convertirnos nosotros en estos personajes. Agarramos sus móviles y nos 'whatsapeamos' con los contactos de las personas que hemos conocido por encima de la piel de la autora. Creemos que Manoly le debe decir a su amiga que va a 'revolear' a Toñi de los pelos si se vuelve a quejar del ruido que hacen sus caballos. Y por un rato, pensamos que somos actores que dialogan con un pequeño ejército de personas que nos responden al otro lado. Pero hemos de recordar que no lo somos, nuestro lugar está en las butacas y no entre bastidores. Alessandra García nos ha dejado entrar en su mundo un ratito, pero antes de cerrar la puerta nos reúne en torno al calor de las luces del camerino. «Este no es vuestro sitio», sentencia. Y 25 personas se lanzan a aplaudir tras haber pasado uno de los ratos más divertidos que recuerdan.

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