Sentados y tranquilos

Sr. García .

Los turistas guardan cola para fotografiarse. Ignoro si los reconocen, si los han leído, pero se retratan juntos, inmóviles

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .ILUSTRACIÓN

Estoy sentado en el café A Brasileira con Fernando Pessoa. Desde que murió en 1935 sigue presente en Lisboa. Lo veo por todas partes. Igual que permanece Andersen desde hace unos años sentado en la Plaza de la Marina en Málaga, haciendo un alto en el camino, y Borges sentado en un banco de Buenos Aires frente a la Biblioteca Nacional. Me pregunto cómo reaccionaría cada uno de ellos si anduviera por la ciudad en la que transcurrió su vida y de pronto descubriera que se han convertido en estatua de bronce. Los turistas guardan cola para fotografiarse. Ignoro si los reconocen, si los han leído, pero se retratan juntos, inmóviles, como si el escritor estuviera vivo. Como si los que posan a su lado viajaran un instante al más allá para hacerse una foto y luego regresar enseguida al presente. Me gustaría saber que pensaría Kafka si una mañana de septiembre paseara por las calles de Praga y se tropezara consigo mismo montado a hombros del gigante sin cabeza. Y que diría Saint-Exupéry si mirase al cielo de Lyon persiguiendo el rastro de una avioneta y se viera suspendido en el aire con ropa de piloto y acompañado por el pequeño príncipe de su relato.

Hace un par de años me encontré con Rosalía de Castro y Valle Inclán en Santiago de Compostela, los dos solos, ella aislada en su mundo y él sentado en un banco con aspecto de no esperar a nadie. La vida eterna de los escritores que vagan quietos por las ciudades en las que vivieron. Cervantes petrificado en la Plaza de España de Madrid vigilando a todas horas a los personajes de la ficción. Y Torrente Ballester sentado en el café Novelty de Salamanca. Y tantos y tantos otros que esperan no sé qué, no sé cuándo.

He mencionado a los que están sentados, pero hay muchos escritores que van caminando sin moverse del sitio, como si solo dieran vueltas a la cabeza. Los he visto mirando al río, andando meditabundos, decapitados. Pocos escriben, pocos leen, como si ya estuviera todo dicho y tocara descansar. Vuelvo al café A Brasileira. Pido un aguardiente para Pessoa y un Oporto blanco para mí. Todos los que pasan por delante parecen reconocerlo. Nadie pide permiso, se hacen la foto y se van. Hay quien incluso lo abraza. No lo entiendo. Levanto la copa y brindo en silencio. «Vivo siempre en el presente. El futuro, no lo conozco. El pasado, ya no lo tengo», dice. Bebo tranquilo, él ya lo ha bebido todo. Los dos hemos encontrado el sosiego del espíritu quizás gracias al alcohol. Vemos pasar la vida rápida e inquieta. Nadie se detiene excepto para hacer la foto y seguir corriendo hacia lo desconocido. ¿Por qué tanta prisa?

Fotos

Vídeos