Secuestrado por el Vaticano, políglota y predicador viajero

El cuadro de Moritz Oppenheim sobre el secuestro de Edgardo Mortara pertenece a la colección del Museo Judío de Fráncfort. / RC

Un libro relata la historia de Edgardo Mortara, el niño judío retenido por la Inquisición en 1858 que acabó en Guipúzcoa

P. ONTOSO

La calle Aita Mortara pasa desapercibida en el callejero de la localidad guipuzcoana de Oñate, que puede presumir de hombres ilustres y relevantes. Pero detrás de esta placa hay una historia singular que ha documentado el historiador neoyorquino David I. Kertzer -ganador de un Pulitzer y de la Guggenheim Fellowship-en su libro 'El secuestro de Edgardo Mortara' (Berenice). Es el relato del rapto de un niño judío de seis años en la Bolonia de 1858, perpetrado por la Inquisición por orden del Vaticano, tras descubrirse que había sido bautizado en secreto. El suceso tuvo una repercusión internacional y estuvo a punto de costarle la beatificación al papa Pío IX. El niño se convirtió en sacerdote católico y en un cualificado políglota.

Bolonia pertenecía entonces a los Estados Pontificios bajo la jurisdicción del Papa y en el ambiente se respiraba ya un aire revolucionario que perseguía la unificación de Italia. El 24 de junio de 1858 una patrulla de la Legión de Gendarmes del Vaticano arrebató a sus padres judíos al niño por orden de la Inquisición. El Santo Oficio tenía un informe que acreditaba que Edgardo Mortara había sido bautizado, por lo que no podía permanecer con su familia y debía ser trasladado a una institución católica. Ingresó en la Casa de los Catecúmenos de Roma, la primera de las instituidas en 1540 por Ignacio de Loyola y destinada a la conversión de judíos y musulmanes en los años oscuros de la Reforma.

Los casos de niños judíos bautizados en secreto sin el conocimiento de los padres eran numerosos en esa época. La Inquisición logró pruebas de que Edgardo Mortara había sido bautizado por una criada católica, de 14 años y sin apenas formación, porque el niño estaba enfermo y la joven quería salvar su alma. La empleada se lo confesó a una amiga y el caso llegó hasta la Inquisición. El Papa Pío IX, amado y denostado al mismo tiempo, trató a Edgardo como si fuera su hijo adoptivo. Pero el Pontífice pagó caro el secuestro del niño.

El secuestro del crío tuvo una gran repercusión internacional, fustigada por las asociaciones judías que desplegaron toda su influencia sociopolítica. El asunto se trató en los parlamentos y hubo mítines callejeros. Sólo en el mes de diciembre de 1858, 'The New York Times' le dedicó más de veinte artículos. Muchos otros periódicos le secundaron. Por contra, 'La Civiltá Cattólica', la publicación de los jesuitas que canalizaba la posición oficial del Vaticano, se dedicó a contrarrestar todas las críticas que llovían sobre Pío IX y la Iglesia.

Ajeno a las intrigas políticas y eclesiásticas, Edgardo creció en un ambiente católico y terminó ordenándose sacerdote tras haberse refugiado en Austria y en Poitiers cuando cayeron los Estados Pontificios y Pío IX excomulgó a la dinastía de los Saboya. Antes, el joven se había reunido con sus padres para que recibieran el bautismo como él, pero no lo consiguió. En ese tiempo se formó como un reputado lingüista, que dominaba varios idiomas. En sus estudios entró en contacto con el euskera. Y viajó al País Vasco.

Viaje por Cádiz

Lo hizo en 1882. Primero recaló en la localidad gaditana de Chiclana y se estableció en la Iglesia de San Telmo. Pertenecía a los canónigos regulares lateranenses. Luego fue subiendo y tras una estancia en Vitoria llegó a Oñati, donde se propuso abrir un seminario menor. En el Archivo Histórico de Protocolos de Gipuzkoa se encuentra el documento de la creación de esta institución, acordado por el obispo de Vitoria y el Ayuntamiento de la localidad. En la villa guipuzcoana permanece la iglesia de los padres agustinos y una residencia de ancianos lleva el nombre de los canónigos regulares. El padre Pío María Mortara -así se hacía llamar- predicaba a menudo en el balneario de Cestona, lugar de encuentro de las clases adineradas, para recaudar donativos que hicieran posible el seminario de su orden. Por cierto, uno de sus mejores manantiales lleva el nombre de san Ignacio.

Y lo hacía en euskera, lengua que se empeñó en aprender. Testigo de esos sermones fue el propio Miguel de Unamuno, según lo recoge en su ensayo 'Contra esto y aquello'. «Era un verdadero políglota y en llegando a mi país se propuso hablar vascuence y llegó a conseguirlo», escribe Unamuno, que retrata al sacerdote agustino como «un genuino israelita y un israelita italiano, vivo y sagaz, ingenioso y emprendedor. Se sufría oyendo a aquél intrépido».

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