Para sacar del olvido a Frank Rebajes

Una monografía rescata al inclasificable creador, cuyo legado permanece en la Casa Natal. Sólo dos exposiciones en tres décadas han mostrado la obra de un autor que alcanzó la fama como joyero y que decidió retirarse en Torremolinos

Frank Rebajes, en una imagen tomada en Nueva York /Archivo Juan José Vázquez
Frank Rebajes, en una imagen tomada en Nueva York / Archivo Juan José Vázquez
Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

El hijo de inmigrantes españoles nacido en la República Dominicana cumplió a rajatabla el sueño norteamericano. Llegó con menos que nada y se forjó a sí mismo como las joyas que alumbró. Pasó de un sótano en Greenwich Village a la Quinta Avenida, de la miseria a la colección del Metropolitan Museum of Modern Art, de mentir para obtener visado a una medalla de bronce por una obra expuesta en la Exposición Internacional de París de 1937, de comer las sobras de los restaurantes a reunir una fortuna capaz de permitirle un retiro activo y dorado en Torremolinos.

El Toro Celeste

Autores
Manuel Alcántara, Enrique Brinkmann y Eugenio Chicano y Juan Gaitán, entre otros

Inclasificable, genial y volátil, Frank Rebajes emerge como figura carismática en la escena cultural malagueña del último tercio del siglo pasado. Un autor que llegó a presentar la raíz matemática de su obra en el Massachussets Institute of Tecnology (MIT) y que al día siguiente se quitó la vida en un hotel de Boston. Un «eterno torbellino» que donó a Málaga su legado, más de 200 obras y un cuaderno de anotaciones, que apenas se han expuesto en dos ocasiones en las últimas tres décadas. Un olvido contra el que se rebela el número monográfico que le dedica la revista de la editorial malagueña El Toro Celeste, que ayer presentaba la publicación en la Fundación Picasso-Museo Casa Natal, custodia del legado de Rebajes.

«Su obra está impregnada de toda su personalidad, que oscila entre la genialidad y la locura. En Rebajes hay todo un personaje que ha sido reconocido en Estados Unidos, hasta el punto de que su apellido se mantiene como una marca comercial todavía vigente», resume Mónica López Soler, historiadora y coordinadora de la monografía disponible en la página web de la editorial (eltoroceleste.com) y presentada ayer de la mano del artista Enrique Brinkmann.

Justo Brinkmann escribe en la revista sobre el trabajo que obsesionó a Rebajes durante más de quince años y cuyas investigaciones le llevaron al MIT: la Serie Óvulo: «Su trabajo era perfecto, con una plasticidad tremenda. Conceptualmente hay una base fuerte que valida lo artístico. Tenía todo sentido, era una obra muy profunda, donde estaban como protagonistas la cinta de Möbius y el ying y el yang; buscaba las entrañas del saber, de la sabiduría más ancestral, eso era lo que le fascinaba». Pero eso es (casi) el final de la fascinante historia de Rebajes.

Escultura de la Serie Óvul
Escultura de la Serie Óvul / Casa Natal Picasso

Hijo de un matrimonio balear emigrado a la República Dominicana «en 1913, junto a sus dos hermanos mayores, el padre lo mandó a estudiar al Liceo de Barcelona, pero a petición de Frank, sin acabar los estudios porque no soportaba la disciplina ni el uniforme, dejó el Liceo y volvió a la isla», recuerdan Nelson Velázquez y Mónica López en el artículo de la monografía titulado ‘De Francisco Torres a Francis Rebajes’.

300 dólares y un pantalón

Y siguen: «Cuenta (Rebajes) que obtuvo el permiso de su padre para marcharse a Estados Unidos. Le dio 300 dólares y unos pantalones largos, que entonces era símbolo de madurez, de hacerse hombre. Cuenta también que ganó la lotería en el barco. Rebajes viaja a los EE UU en 1921, cuando tenía 14 años, aunque en el manifiesto naval de entrada de pasajeros a Estados Unidos consta que tiene 24 años, que es estudiante de arquitectura y que va en tránsito por cuatro días a visitar a un hermano que suponemos que ya residía allí».

Recalará Francisco en Nueva York, americanizará su nombre y adoptará el apellido materno, conocerá a Pauline, compañera inseparable y timonel su viaje hacia el éxito empresarial y comercial. Rebajes se convierte en millonario, pero quería librarse de la presión del mercado y dedicarse a su faceta artística. Vende su compañía. Regresa primero a Mallorca para visitar a un hermano, pero no deja de llover y marcha hasta Torremolinos en busca de otro de sus hermanos. Y durante un almuerzo en La Carihuela, allá por 1959, decide instalarse en aquel oasis de libertad en medio de la España en blanco y negro del franquismo.

Abre una joyería en lo que hoy es la calle San Miguel y el local se convierte en punto de encuentro de intelectuales y artistas. «Estoy en la tienda del mago, en Torremolinos, casi al final de la calle San Andrés. Es un salón grande que tiene, a un lado, las vitrinas con sus creaciones, y al otro, igualmente a la vista del público, el taller donde nacen. Cada pieza es única, irrepetible, incluso para él. Un centenar de martillos, de pinzas, de alicates de todos los tamaños, de frascos y raros instrumentales están dispuestos de modo muy ordenado en la pared. Podría tratarse de la antesala de un mecánico de ciencia-ficción, de un garaje del siglo XXI donde se reparan astronaves de segunda mano. Podría ser un sanatorio de ‘robots’», firma Manuel Alcántara en ‘Un hombre llamado Rebaxes’, publicado en ‘Arriba’ el 7 de septiembre de 1967 y ahora recuperado en la revista.

Culto, viajero, extraordinario conversador y amante del buen vivir, Rebajes va tomando posiciones en la vida cultural de la ciudad. Recibe el encargo de realizar la barra del bar del Ateneo de Málaga, entonces ubicado en un piso en la plaza del Obispo y después mudado a su sede actual en la calle Compañía. Un leve acto de justicia poética: un lugar donde beber y celebrar, una barra de bar, es su obra más conocida, la única que ha permanecido cerca de la gente, lejos del olvido.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos