Rocío Molina: «La autenticidad es llevar la verdad por delante»

Molina fue distinguida con el Premio Nacional de Danza en 2010./Pablo Guidali
Molina fue distinguida con el Premio Nacional de Danza en 2010. / Pablo Guidali

La bailaora malagueña, más «descarada» que nunca, tumba tabúes en ‘Caída del cielo’, la obra que presenta en el Cervantes mañana

ALBERTO GÓMEZ

No esconde su vocación rompedora, aunque huye de etiquetas y clichés. Rocío Molina dinamita prejuicios y ahonda en sus raíces en ‘Caída del cielo’, la obra programada mañana en el Cervantes con motivo del Festival de Teatro. La bailaora malagueña, distinguida con el Premio Nacional de Danza en 2010, convierte sus movimientos en una continua «celebración» por ser mujer, como reivindicó la poeta estadounidense Anne Sexton, uno de sus referentes.

–¿El término bailaora se le queda pequeño?

–Para mí es inmenso, como la palabra flamenco. Quienes hacemos pequeñas las cosas somos las personas. Ningún término tiene límite.

En ‘Caída del cielo’ hay varias referencias insólitas en la danza española. ¿Temía la respuesta del público más conservador?

–Me he dado cuenta de que es un público minoritario. Mis prioridades son la libertad y el arte. No por ser más tradicional se es más auténtico o más flamenco. Para mí la autenticidad es llevar la verdad por delante. Soy consciente de que con esta obra hay personas que se despiden de mí porque no les gusta este camino, y me parece respetable. También hay parte del público que se vuelve más fiel y agradece la labor que hacemos.

Pero sabía que algunos de los temas que aborda iban a levantar ampollas en el mundo jondo.

–No era mi intención, aunque soy consciente de que hay una provocación más directa que en otras obras. Soy descarada, no me escondo. También forma parte de una especie de juego; me río de mí misma y me lo paso bien. Todo parte de la libertad. No me pongo barreras.

«Esta obra me está destruyendo. Supone un trabajo físico extremo. Demasiado, creo»

«El arte siempre ha tratado la menstruación como una deformidad, pero a mí me parece algo hermoso»

«No es necesario que el público se lo pase bien, pero sí que se emocione, que le sucedan cosas»

Chavela Vargas decía que el precio de la libertad es la soledad. ¿También lo experimenta así?

–Está claro que hay una soledad que acompaña al proceso creativo, pero necesito compartir lo que hago. No estoy sola, aunque la reflexión se realiza en soledad. Ahí te encuentras con la profundidad, con tu dolor. Es obsesivo, porque dedicas mucho tiempo a esa búsqueda. Paso horas en el limbo. También después de una actuación me quedo extasiada y necesito estar sola.

Abre la obra con un tema de Morente y Lagartija Nick, la unión más rompedora del flamenco. ¿Es una declaración de intenciones?

–En esta obra aparecen el paraíso y el infierno. Mi fiesta ideal me la montaría con Enrique Morente, Carmen Amaya, Paco de Lucía y Camarón (risas). Me parecía genial abrir con un homenaje a Enrique y con esa letra de Lorca (el poema ‘Vuelta de paseo’).

Necesita protecciones en sus espectáculos. Convierte la danza en un arte de alto riesgo...

–Sí, está siendo un trabajo físico muy extremo. Demasiado, creo. Esta obra me está destruyendo (risas). Siempre salgo llena de moratones y he tenido alguna lesión. Tengo que protegerme las rodillas. Los codos ya he decidido no protegérmelos, pero para las rodillas son necesarias las protecciones.

También reivindica el cuerpo de la mujer y tumba el tabú de la menstruación. ¿Cómo surgió esa idea?

–Surgió cuando empecé a sentir la fuerza en mis ovarios. Reflexioné sobre el interior de las mujeres, que en el arte grotesco se veía como algo incompleto. No hace mucho de eso. El arte siempre ha tratado la menstruación como una deformidad y me parece todo lo contrario. Es algo hermoso, necesario para la creación de la vida. Me parece brutal. Es asquerosamente bello y tiene una parte animal todo lo que ocurre dentro y fuera del cuerpo de las mujeres. Anne Sexton lo describió en su poema ‘En celebración de mi útero’.

Ha hecho la obra que le sale literalmente de los ovarios.

–Descubrí que sale una fuerza que se transforma en amor y en energía. Es algo brutal, instintivo, que supongo que está relacionado también con el deseo de ser madre. Nos da mucho poder como mujeres que paren o como mujeres que abortan.

Pese a la profundidad de la obra, sobrevuela un sentido del humor ácido. ¿Cuándo fue consciente de que quería imprimirle ese tono?

–Siempre había jugado con las dobles lecturas, pero esta vez me interesaba ser descarada. Por pura diversión. Entiendo que supone una provocación y también me gusta. No quiero que haya tabúes.

En un momento dado los músicos se convierten en actores y encarnan la parte más opresiva de la sociedad, a quienes coartan la libertad de las mujeres.

–Hacemos una crítica social, pero lo bueno es que también defendemos el flamenco. Es una suma entre la imagen y el mensaje. Hay momentos de provocación en los que el cantaor igual está haciendo cuatro letras de fandango para llorar, y eso emociona.

Ya que puede comparar, ¿qué diferencias percibe entre el público español y el público francés?

–Me encanta que en España se jalee a los músicos y se remate, ese ‘calentito’. Al público francés le he cogido cariño porque es muy respetuoso y entiende muy bien esas ironías de las que hablábamos. Se ríen más que en España. Es diferente. Allí son más silenciosos pero están más acostumbrados a interpretar y leer los mensajes de una obra. No se quedan en la superficie, profundizan.

–¿Considera que hace falta más apoyo a la danza en España?

–Creo que hace falta darle más importancia a la cultura. Así crearemos a mejores personas. La creatividad es necesaria y hay que empezar desde niños. El plan de ir al teatro y luego reflexionar sobre lo que se ha visto o escuchado es precioso. Falta esa toma de conciencia.

–¿Qué reflexiones le gustaría que se hicieran después de ver su obra?

–Me gusta que los espectadores hagan su propio viaje. No me gusta dar la historia mascada. Yo soy muy feliz si se emocionan, si toman un pequeño espacio de tiempo para pensar qué les ha pasado viendo la obra. No es necesario que el público se lo pase bien, pero sí que se emocione, que le sucedan cosas. Intento luchar por la libertad de expresión y la tolerancia. Defiendo que los artistas se pierdan y se busquen a sí mismos.

–¿El escenario sirve como terapia?

–El baile me ayuda mucho, pero los artistas estamos un poco tocaditos.

Pero es una obra explosiva, una catarsis. No sé si se ha planteado si es viable mantener esa intensidad en el futuro a nivel físico y emocional.

–Precisamente me he hecho esa pregunta hace poco. ¿A dónde voy a llegar? Voy a tener que ponerme un paracaídas con un casco para no partirme la cabeza... Es difícil convivir con esto, pero siempre encuentras otros caminos para expresar cosas diferentes. Ahora quiero encontrar la fuerza en la quietud, en parar mi cuerpo y que casi no haya movimiento ni zapateo. Eso me parece un reto.

–¿Qué sintió al tener a Barýshnikov a sus pies?

–Fue un regalo de la vida. Ahora mantenemos amistad.

Entre tantos premios y aplausos, ¿consigue mantener controlada la vanidad o a veces se dispara?

–La verdad es que me da mucho miedo perder la humildad, incluso pánico. Por eso trato de mostrar mis miedos, el lado más humano, en vez de la seguridad. El ego es necesario en los artistas, pero no lo quiero.

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