Sinécdoque

EL RITUAL

SORA SANS

Los postes telefónicos aguantan con diligencia la metástasis de gorriones que pulula por sus cables. El sol se levanta tarde, más tarde que los camiones que reflejan ahora sus rayos, y orgullosos conquistan el asfalto pensando que, para ellos, es la tierra la que gira bajo sus ruedas. Un pantano se seca las lágrimas un día más, sin perder la esperanza de que ella volverá. Un día de estos, la lluvia volverá a llenar su alma. Los molinos le dan mil vueltas a las ideas que trae el viento, pero son tan tozudos que no cambian de posición nunca. El quitanieves pasa de largo, este año no hay tanto trabajo. Kilómetros y kilómetros de carretera, desde Monegros a Seseña, de Despeñaperros a Villanueva del Trabuco, cientos de gasolineras donde reposan los coches y repostan los conductores. Los Abades parecen una terminal de aeropuerto. España entera se mueve, las familias se reencuentran, los pueblos encienden sus chimeneas. Un año entero de rutinas por contar, de noticias por llegar. Y queda atrás todo lo superfluo. Comemos, bebemos, reímos, cantamos. Un ritual extraño de lo más normal, que nos devuelve a las raíces, al calor de la familia en mitad del frío invierno. Nunca entendí la Navidad, ahora no entiendo cómo podemos dejar que solo ocurra una vez al año. Nunca entendí las luces en las calles, el derroche de alegría, los villancicos, los árboles conquistando el salón, las mesas rojas y doradas, los canapés, los regalos. Ahora entiendo que no son más que pequeñas formas de demostrar que se trata de un día, una semana especial. Una forma de acabar el año bien, con alegría. Y cuando suena el teléfono, siempre son buenas noticias, y cuando llaman al timbre, siempre hay abrazos sinceros y cuando emprendamos la vuelta y miremos la fría carretera, todo cobrará vida, como el nuevo año que empieza, arropado por el calor de la familia, ese terral que dura meses y meses por dentro.

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