Resurrección

Cruce de Vías

La expresión de mi rostro era la de un hombre estatua resignado a su suerte. Los espectadores leían mis pensamientos

Sr. García .
José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Hubo un tiempo en el que me gané la vida sin mover un solo dedo. Me disfrazaba de Buster Keaton y hacía el ‘Pamplinas’ un par de hora en medio de la calle más concurrida de la ciudad. Me quedaba inmóvil imitando a ‘cara de piedra’ y los curiosos formaban un círculo alrededor cada vez más numeroso. Ellos también permanecían quietos como estatuas sonrientes. Hasta que alguien depositaba alguna moneda en el vagón de tren que tenía a mis pies y yo aprovechaba para estirar la comisura de los labios y desentumecer los músculos de la cara. Un simple gesto, nada más. La expresión de mi rostro era la de un hombre estatua resignado a su suerte. Los espectadores leían mis pensamientos y por eso me pagaban.

Cuando me cansaba de estar quieto, cogía el dinero y regresaba a casa. Los vecinos me apodaban cariñosamente ‘Pamplinas’. Al verme salir por las mañanas, decían: «¡Qué Pamplinas!, ¿a trabajar un rato?». Yo asentía con la cabeza sin pronunciar ninguna palabra, como si fuera un personaje de cine mudo. Igual que hacía cuando me daban monedas. Un día, un hombre joven disfrazado de maquinista de la General se llevó mi vagón de mercancías. Ni por un momento se me ocurrió salir corriendo detrás de él. Lo vi marcharse como quien pierde el tren, hasta que se confundió entre la gente. Algunos espectadores se acercaron a depositar monedas en el sitio que había ocupado el vagón.

Desde que comencé a formar parte del colectivo de artistas inmóviles siempre que pasaba por delante de alguno de ellos detenía el paso, los miraba actuar en silencio e inmediatamente se producía esa complicidad solidaria que surge entre quienes comparten un mundo aparte. No hacía falta decir nada ni mover un solo músculo del cuerpo para expresar los sentimientos. Ellos y yo sabíamos que el secreto de las estatuas consistía en dejar hablar al corazón. Esta era nuestra consigna.

Un día decidí dejar de interpretar el papel de ‘Pamplinas’ y hacerme el muerto. Más tarde o más temprano todos nos quedaríamos petrificados para siempre en algún lugar desconocido y yo tenía experiencia en pasar el tiempo quieto y sin hablar. A partir de entonces, salía de casa por las mañanas con una caja de cartón que simulaba un féretro. Era la imagen de quien carga con la propia muerte. Los vecinos me miraban con caras serias, como si no les gustase mi nuevo traje de madera. Al llegar al sitio elegido, me tumbaba en el interior de la caja abierta. A los pies depositaba un cofre para el dinero. Oír caer las monedas me devolvía la vida, aunque sólo por un instante. Moría de nuevo y vuelta a resucitar. Así pasaban los días.

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