VA DE REFRANES

ANTONIO GARRIDO

Llegó agosto y casi todo se ha parado. Entre las cosas que siguen su camino con destino desconocido se encuentra la aversión de algunos partidos y políticos por la lengua española, la pobrecita que no hace daño a nadie. Estas criaturas se creen que con dar decretos a diestro y siniestro limitando el uso del idioma común a cientos de millones de hablantes, con el objetivo de hacerlo desaparecer en determinadas zonas geográficas de España, son héroes de sus regiones y pueblos. ¡Qué...! Ponga el lector lo que quiera en los puntos suspensivos.

Un tal Marzà en esas tierras que tiene un himno que afirma en su primer verso: «Para ofrendar nuevas glorias a España» plantea potenciar el valenciano y el inglés a costa del español. Otro más en la lista de grandes políticos revolucionarios. Si no atentara contra la libertad educativa me provocaría una risa incontenible. La ley es clara. El idioma común tiene que ser enseñado en todo el territorio de la nación. Las otras lenguas son cooficiales en sus regiones, que no naciones, y deben ser también enseñadas pero sin discriminación. El tal Marzà se ha cubierto de lo que quien lee está pensando en este momento.

Me viene a la mente un refrán que conviene muy bien al antedicho: «Si quieres saber cómo es Juanillo, dale un carguillo». De este paso a otros y me encuentro de lleno en un ámbito del idioma de enorme fuerza y vitalidad en el que, como diría Montaigne, lo que importa es el mensaje más que la forma, el valor de la sentencia que se considera esencia de la sabiduría popular, hija de la experiencia. ¿Quién negaría lo que sigue: «Amor de madre, todo lo demás es aire»?

El refrán es una frase breve que no se puede alterar. El orden de las palabras es fijo y su universo tan infinito como se quiera medir la vida. La historia del refranero español es muy rica y muy antigua. Un libro clave que recopila refranes tiene un título muy interesante: 'La Philosophia vulgar' del humanista Juan de Mal Lara, publicada en 1568 en Sevilla. Recomiendo la magnífica edición de Cátedra. En el título se reconoce la original sabiduría de las gentes sencillas, del vulgo, que ha cristalizado en estos dichos. Lo cierto es que estos son de uso general con independencia del nivel del hablante.

Vivimos en tiempos en los que la moda y el diseño imponen su ley para mayor enriquecimiento de marcas y de gurús de la materia. Observemos este tan sencillo: «Moda que se va, ya volverá». Es un hecho probado. Cuenta Rodríguez Marín que el profesor de la universidad de Cádiz don Pascual Hontañón usó el mismo sombrero más de veinte años y afirmaba el galeno que cuatro veces se había puesto de moda y había dejado de serlo.

En el 'Libro del caballero Zifar', en el 'Libro de Buen Amor', en 'La Celestina', en el 'Corbacho' y no digamos en 'El Quijote' los refranes son muy abundantes y en ese admirable periodo de la cultura hispánica, titulado Siglo de Oro, aparecen recopilaciones, herederas de la que hizo el marqués de Santillana, publicada en 1508, donde glosó aquellos que dicen las viejas y que tuvo mucho éxito en la época.

Voy a ofrecer algunos de entre miles, la colección de Rodríguez Marín aporta más de 21.000, que ya es aportar.

Para referirse a la edad de las personas: «La cana engaña, la arruga nunca», con variante: «La cana vana, la arruga segura». El tiempo desmiente en parte el dicho. La cirugía y los tratamientoscrean esos rostros sin edad, como máscaras de porcelana, que inquietan más que enamoran.

La realidad social y la evolución de las costumbres arrincona refranes como el que sigue: «La cara lavada y la casa cagada». Durante siglos la mujer se ha encargado de las tareas domésticas, lo sigue haciendo según las estadísticas; de manera que aquellas que se dedicaban solo al cuidado de su aspecto externo no se preocupaban de la casa. Un rasgo fundamental del refrán es su brevedad, su intensidad léxica, dicen con pocas palabras y tienen a la rima, forma más fácil de retenerlos en la memoria.

Veamos este tan curioso. Durante siglos han disputado las catedrales Toledo y Sevilla por su preeminencia. Los sevillanos decían: «La catedral de Sevilla es la alhaja y la de Toledo su caja». Los toledanos: «La catedral de Toledo es la alhaja y la de Sevilla su caja».

He dicho que el tiempo pasa y este refrán no se comprende: «Laceria, ¿dónde vives?, Con Peraltas y Benavides». Aquí va la explicación. Su primer significado es el de 'Miseria, pobreza'. Los dos apellidos se corresponden con dos linajes de hidalgos toledanos más pobres que las ratas, de donde la pobreza en general vive en esas casas en particular.

Para insultar: «La casta de los Rubiños: las mujeres barbonas y los hombres lampiños». Seguiré.

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