La puerta abierta

Sr. García .
Cruce de Vías

La casa se encontraba ubicada en una de esas callejuelas solitarias que suele haber en el centro de las ciudades, como un vestigio del pasado

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Al principio pensé que el interior de la casa estaba siendo rehabilitado y por ese motivo tenía siempre la puerta abierta. Un hombre de alrededor de cincuenta años vigilaba la habitación y el minúsculo cuarto de baño que ocupaban el espacio de la vivienda. La casa se encontraba ubicada en una de esas callejuelas solitarias que suele haber en el centro de las ciudades, como un vestigio del pasado. Yo estaba de vacaciones y había alquilado un apartamento que se hallaba en la misma calle dos números más arriba. Todos los días pasaba por delante unas cuantas veces y miraba al interior donde se encontraba el hombre afanado en labores cotidianas o sentado en la silla cortándose las uñas de unos pies tan gordos y rojos como su cara. Otras veces lo sorprendí almorzando con el plato sobre las rodillas. El resto del día permanecía en aquel reducido espacio sin más objetos que la silla, un mueble con el aparato de cocina, el televisor antiguo sobre la mesa camilla y la cama. Cuando regresaba de noche al apartamento, la puerta continuaba abierta y la tenue luz de una farola en la fachada contigua permitía distinguir la sombra del hombre en la oscuridad. Desde el interior, una voz me daba las buenas noches. Me asomaba a la ventana del apartamento y lo veía cruzar a la acera de enfrente y volver, una y otra vez, como si paseara por el pasillo de casa.

Durante el día los vecinos lo saludaban y se detenían a hablar con el inquilino de la habitación. El hombre amable que daba la impresión de haber vivido mucho sin salir de casa. Por un momento llegué a pensar que era el vigilante de la calle y que aquella habitación era la cabina que utilizaba para resguardarse de las inclemencias del tiempo y descansar. También imaginé que aquel curioso desconocido podía ser un soñador que tenía un hogar con dos habitaciones, la habitación interior y otra al aire libre que se expandía por el resto de la ciudad. Un espacio abierto al mundo. Como he dicho antes, yo estaba de paso. Una semana de vacaciones. La última noche, al regresar al apartamento después de cenar y dar una vuelta, me acerqué a la puerta para informarle que me marchaba por la mañana temprano y despedirnos. Encendió la lámpara del techo y me invitó a pasar. Le contesté que muchas gracias, pero que era tarde. Añadí que me disculpara si lo había despertado. Esbozó una sonrisa cómplice, como si el acto de dormir no entrara en sus planes. Me dio las buenas noches y deseó un feliz viaje. Al estrecharnos la mano, dijo que si alguna vez volvía y necesitaba cualquier cosa ya sabía dónde estaba. Le faltó decir que allí tenía mi casa.

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