UN PRINCIPIO SIN FINAL

SORA SANS

No concibo otra forma de escribir que no sea escribir para mí. Escribir me construye, es como mirar al infinito, solo que al revés, empezando de uno, dejando a un lado cualquier pensamiento, llegando por fin al cero y profundizando a partir de ahí. Los libros deberían tener páginas negativas: -2, -3, y así sucesivamente. Al terminar quedan dos cosas, la de dentro y la de fuera. Construyes en las dos direcciones y nada tiene que ver la una con la otra. Como una curva frente al espejo, cada una toma un camino diferente. Lo de dentro eres tú, otro tú. Lo de fuera ya no es tuyo, es de quien lo quiera coger. Me pasa que al leer el proceso se repite de forma inversa. Imagino que todo es parte de un círculo, o de una espiral. Me cuesta mucho leer, imagino que a todos nos cuesta leer. Cada vez más. Leí que nos está cambiando la fisionomía de los dedos porque ya no escribimos con lápices sino que tecleamos. Seguro que eso debe cambiar el cerebro, de alguna manera. Antes escribía en los libros, nunca con tinta, claro, siempre a lápiz, como si algún día pudiese borrar esas marcas y dejar el libro intacto. En el fondo sabía que nunca iba a borrar esas notas, pero era una cuestión de respeto. Ahora cada vez me cuesta más escribir en los libros y cuando quiero buscar una cita tengo que tirar de la memoria. Los saco de la estantería, los abro y mi cerebro me dice que utilice el buscador para encontrar esa frase, como si entre la portada y el índice existiera un pequeño ordenador. Por eso sé que todo esto nos está cambiando el cerebro, es curioso cuando menos. Creo que a la literatura le está costando encontrar su lugar en estos tiempos, que ahora mismo está cambiando su fisionomía. Pero eso es solo una parte del espejo, la otra no ha cambiado, porque evolucionemos lo que evolucionemos, siempre tendremos que construirnos, descubrirnos, profundizarnos. Y a diferencia de los libros, ese infinito interior, no tiene final.

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