DE PRESTADO

La Biblioteca Provincial cumplía el viernes 23 años viviendo de alquiler. /  ÑITO SALAS
La Biblioteca Provincial cumplía el viernes 23 años viviendo de alquiler. / ÑITO SALAS

ANTONIO JAVIER LÓPEZ

A menudo lo mejor de las ruedas de prensa sucede antes y después de las ruedas de prensa, en los corrillos con algunos compañeros y cargos más o menos públicos a los que uno le acaba cogiendo cariño. Hace ya unos meses, al terminar la parrafada que nos había llevado hasta allí, un gestor cultural de la ciudad repasó las barbas y las bambas del compañero Pablo Bujalance y le soltó con media sonrisa: «Te estás volviendo un hipster». Y Pablo respondió con su flema habitual: «Imposible, querido. Tengo el carnet de una biblioteca pública». Más allá de la ocurrencia, la salida de Pablo ofrecía la misma carga de profundidad que muchos de sus textos. En unas pocas palabras había trazado un diagnóstico certero, irónico y clarividente de una realidad social, cultural y económica bastante compleja. Conviene no olvidar los matices, claro. Habrá 'hipsters' con carnet de biblioteca pública, pero gana el barrunte de que serán los menos.

Nada más lejos del impostado glamour de los modernos que una biblioteca de barrio. Frente al 'selfie' fatuo, el silencioso préstamo de libros, los encuentros con escritores, los cuentacuentos de los sábados, las actividades para las familias y el calor de los lomos matriculados que recuerdan desde los estantes combados no tanto las historias que has leído como todas las que aún te quedan por vivir. Y ese anhelo se parece mucho al entusiasmo.

En la ciudad que tropieza gozosa en la misma piedra de proyectos a los que no les salen las cuentas, aquí donde se afila la tijera de la periferia para sacarle punta al centro, queda el papel de las bibliotecas públicas. El viernes se cumplían 23 años del desalojo de la Biblioteca Provincial de la demolida Casa de la Cultura en la calle Alcazabilla. Desde entonces permanece en un local con alma de nave de polígono en la avenida de Europa, a la espera de su traslado al antiguo convento de San Agustín que ayude a revitalizar su limitada oferta cultural.

Al otro lado de la balanza del desánimo, la red de bibliotecas municipales. Dieciocho, repartidas por toda la ciudad. Y ante la tentación de caer en el romanticismo pusilánime del amor por los libros y el silencio (que también, oiga), algunos datos pelados. Dejemos a un lado el número de visitantes el año pasado (más de medio millón) y vayamos a cifras de mayor apego. Por ejemplo, hay 112.817 personas en la ciudad con un carné de biblioteca pública como el de Pablo y más de siete mil se apuntaron a ese club a lo largo de 2016, cuando se registraron 248.012 préstamos de libros.

Cada vecino de la capital afloja cinco veces más dinero de sus impuestos a los museos que a las bibliotecas municipales (25 euros, frente a 5 euros 'per cápita'), pero la ciudad que se llena la boca y la agenda de exposiciones encuentra en la modestia de las bibliotecas públicas de barrio un motivo de orgullo sostenido y discreto, un calor avalado por la frialdad de las mismas cifras que no terminan de cuadrar en la mayoría de las salas de exposiciones sostenidas a cargo del mismo presupuesto.

Porque si los museos nos proyectan hacia el exterior (también con sus sombras), quizá las bibliotecas sirvan para mirarnos hacia un interior individual y colectivo, con las amas de casa que dejan el carrito de la compra en la puerta para renovar el préstamo de un libro, con los inmigrantes que navegan en silencio por Internet, con los jóvenes atolondrados con la libreta abierta y la mirada perdida. Encontrar un libro que quisimos leer hace tiempo y llevarlo a casa como a un ligue pasajero, anticipando a cada paso una satisfacción íntima y pequeña, una felicidad de prestado.

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