PEPÍN LIRIA VUELVE A NACER

Un corredor intenta esquivar a los toros de Victoriano del Río, a la entrada de la calle Estafeta. :: efe/
Un corredor intenta esquivar a los toros de Victoriano del Río, a la entrada de la calle Estafeta. :: efe

BARQUERITO

La corrida de Victoriano del Río, parcheada con un cinqueño mal hecho y geniudo del hierro de Cortés, dio dos toros de buena nota y uno más de tremendo cuajo y muy fiero aire, devuelto después de haber peleado a modo en un duro y largo puyazo primero, y en un segundo más medido. Fue una sorpresa la devolución del toro, el de más trapío de todos los vistos en feria. El toro se lastimó de cuartos traseros y pareció renquear de ellos al seguir al cabestraje. El criterio para la devolución, que nadie había reclamado, pecó de riguroso. Todos salieron perdiendo con el cambio. Un sobrero de Cortés, que no había corrido el encierro, bizco del derecho, muy astifino y en tipo, pegó cabezazos sin ser violento y, en cuanto pudo, tomó el camino de las tablas.

Los dos toros de nota se juntaron en el lote de Pepín Liria, que, en una reaparición esporádica de solo cuatro corridas para conmemorar el vigesimoquinto aniversario de su alternativa, decidió incluir en el calendario Pamplona. Con todos sus riesgos y azares. El cuarto toro, el mejor de la corrida, lo prendió junto a tablas al final de faena, lo levantó como un fardo, le pegó una voltereta escupida, despidió a Pepín como en salto de tirabuzón con caída casi de bruces y sin apoyo de manos, y en el suelo lo buscó con celo fiero.

La escena fue de auténtico espanto. El quite a varias manos fue providencial. Al ponerse en pie, Pepín llevaba sangre en la pantorrilla. No se sabía si del toro o de una cornada, y fue lo primero. Estaba palidísimo, sangraba por una brecha en la frente, llevaba la taleguilla descosida por la cintura, el toro le había arrancado la faja y parecía tambalearse y mareado.

Fue monumental la paliza, ya la enésima de una semana de muchas cogidas pero solo dos cornadas. La solución, la propia de un torero en estado febril, que es como ciega ebriedad. Pepín reclamó los trastos -«¡dejadme solo!»- y volvió renqueando a la cara del toro para hincarse de rodillas, igual que en el momento de la cogida, y rematar una apuradísima y breve tanda. Se desbordaron en catarata las emociones.

En cuanto Liria volvió en sí y al toro, fue un clamor de quince mil almas y pico. El coro dio ánimos a Pepín para perfilarse con la espada y volcarse sobre el morrillo del toro, que era de altivo porte. Una estocada. El toro pegó un arreón feroz, hizo hilo con Pepín y lo persiguió no menos de quince metros. Se mascó la cornada. Fue un grito la plaza toda. Hasta que, cortado a tiempo, dobló en tablas el toro. Una oreja, se pidió la segunda, se enrocó el palco, la vuelta al ruedo fue de las que no se olvidan.

La cogida de Pepín mandó al olvido la primera mitad de la corrida y se comió el protagonismo del resto: una templada faena de El Juli al quinto, y las dudas y el gesto de angustia de Ginés Marín con los dos sextos.

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