PENÉLOPE EN LA ADUANA

El Museo de Málaga sigue su lento despegue./Ñito Salas
El Museo de Málaga sigue su lento despegue. / Ñito Salas

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Cada vez que voy a la Aduana me gusta menos. O mejor, para ser justo y mesurado, me convence un poco menos. Desde que nos reencontramos me hago el propósito de frecuentarla cada poco tiempo, todas las semanas, como el novio culposo que sospecha el desamor. Desde pequeñito tiendo a la melancolía cursilona, a ponerle una canción a casi todo en el afán de que la música y sobre todo la letra me ayuden a entender lo que sucede. Ahora suena en mi cabeza 'Penélope' hasta sentarme en uno de los bancos sin respaldo a las puertas de la Aduana y tararearle al edificio 'Tú no eres quien yo espero...'.

Porque la Penélope de la canción no reconoce a su viejo amor como yo no reconozco a mi viejo museo. Lo llevo intentado desde hace más de un año, con el firme deseo de no bajarme del burro después de haber pensado y escrito que el Museo de Málaga había quedado formidable, con sus maderas nobles, sus paneles iluminados y sus obras al fin recuperadas después de casi dos décadas metidas en almacenes. Y quizá todo aquello viniera movido por el ansia del regreso, las ganas de volver a encontrarme con las obras que formaron el paisaje de mis primeras visitas a los museos de la infancia. En esas he andado desde entonces, pese a que gente que sabe mucho más que yo de museos y de asuntos menos importantes mostraban sus reservas con lo visto en la Aduana tras su reforma. Iban deslizando un comentario, una reflexión prudente cuyo eco seguía resonando durante semanas en cada visita furtiva al palacio, yendo o viniendo de una rueda de prensa o una entrevista en el centro de la ciudad.

Guardo los tiques de visitante al Museo de Málaga como guardo las facturas de las cenas memorables y los mapas de las ciudades a las que me gustaría regresar. Pero la nostalgia del pasado, la celebración de la conquista del mayor edificio de la provincia para uso cultural y el deseo al fin cumplido de reencontrarse con los cuadros y con las piezas arqueológicas que cuentan la historia de este recorte del mapa no han sido suficientes.

Me ha terminado de convencer esta semana el proyecto 'Museo de Málaga' inaugurado el viernes en Casa Sostoa, el espacio cultural promovido por el profesor Pedro Alarcón en su domicilio que lleva cuatro años firmando exposiciones que ya quisieran muchas galerías comerciales del país. Alarcón se vale de las obras de Julio Anaya Cadanding y Rafael Jiménez para plantear una revisión crítica del regreso del Museo de Málaga a la vida cultural de la ciudad. Y aquí la desazón ha traspasado la incredulidad ante el lento despertar de la institución, sin programa de exposiciones temporales conocido, con una oferta didáctica al ralentí, carente de cafetería y restaurante y con la mudanza de la Academia de San Telmo, origen de la colección misma de Bellas Artes, sumida en el limbo administrativo y la desidia política.

A esa retahíla de asuntos pendiente se ha ido sumando, de a poco, el desapego ante la manera de presentar las obras, en particular, las piezas de la sección de Bellas Artes. Le copio a los amigos de Casa Sostoa el parecido del museo con la estética de un palacio de congresos. Y añado el extrañamiento ante los paneles que separan las salas pero dejan ver hasta la pantorrilla de quienes están al otro lado; el ruido visual del carrusel cromático de las paredes que se van sucediendo en el paseo (verde, azul, rojo, amarillo); el arrinconamiento de obras emblemáticas de la colección; la franca competencia entre otras que comparten la misma sala; el desaprovechamiento de una figura como la de Picasso, incluso desde el punto de vista promocional, de la que tienen obras de la primera infancia y de plena madurez que no se presentan reunidas sino dispersas, mientras en Legado Sabartés, uno de los más importantes en torno al artista malagueño, apenas asoma en una pantalla de televisión; ver los delicados cuadros de José Moreno Villa conviviendo con pinturas naif; comprobar demasiado a menudo que las salas dedicadas al arte del siglo XX están desiertas de público. Darse cuenta, como quien se cae del caballo, de que la imponente Aduana no está ahí porque ha sido secuestrada por los paneles y los falsos techos. El Museo del Prado, el Louvre o el British Museum ofrecen la experiencia de transitar por sus vetustas galerías mientras se contemplan sus fondos. Aquí hay que salir al rellano de la escalera para vivir algo parecido.

Y después de tanto tiempo, de tanto esfuerzo y de tantos millones de euros dejados en el regreso del Museo de Málaga en el palacio de la Aduana, casi no quedan ganas para la indignación. Apenas melancolía, como Penélope sentada en la estación.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos