El peligro de jugar a decir la verdad

Los actores Alejandro Vergara, Tony Cascales y Óscar Gálvez. /F. G.
Los actores Alejandro Vergara, Tony Cascales y Óscar Gálvez. / F. G.

'¿A quién te llevarías a una isla desierta?' conquista a un Echegaray lleno con el drama de la transición a la edad adulta

FERNANDO MORGADO MÁLAGA.

«Una vida normal a mí no me vale», dice el personaje de Eze en la segunda escena de '¿A quién te llevarías a una isla desierta?', la obra de Sibila Teatro dirigida por Ceres Machado que anoche llenó el Teatro Echegaray. Ezequiel es el idealista de un grupo formado también por Nacho, Marta y Celeste, y mientras sus amigos comienzan a entender que la vida no les llevará por el camino que esperaban, él sigue creyendo en que alcanzará su meta. Sin embargo, el personaje interpretado por Óscar Gálvez es un descreído del amor. Junto con sus tres compañeros de piso compone una fotografía perfecta de la transición de la postadolescencia a la edad adulta con sus dificultades, sus traumas y sus miedos.

La obra demostró ayer que la elección como ganadora del primer premio de Artes Escénicas MálagaCrea 2017 no fue casualidad. Arrancó una sonora ovación de la audiencia del Echegaray, a la que cautivó en un principio con toques de comedia -especialmente de Celeste, interpretada brillantemente por Tony Cascales- para luego dejarla con un nudo en la garganta tras una segunda parte con una mayor carga dramática. Se echa en falta tal vez algo más de naturalidad en los jóvenes actores y en el texto firmado por Jota Linares y Paco Anaya, pero el resultado final es cuanto menos prometedor. Los personajes de '¿A quién te llevarías a una isla desierta?' están bien construidos y protagonizan algunos diálogos de nivel, especialmente Celeste y Eze, aunque es Nacho el que guarda el gran secreto de la obra. Parece conocer aquel poema de Félix Grande -«donde fuiste feliz alguna vez/no debieras volver jamás»- y por eso el miedo le paraliza cuando llega el momento de dejar atrás el piso que ha ocupado durante seis años con sus compañeros. Teme no volver a ser tan feliz en ningún otro sitio y opta por emborracharse para celebrar la última noche, lo que desembocará en el juego que da título a la obra y que torcerá por completo sus destinos.

La obra incluye pequeñas píldoras de nostalgia a través de la música, pero sin concretar demasiado en ninguna generación -lo mismo se canta Jeanette que El Último de la Fila, Los Piratas o Adele-, porque el vértigo que produce dar el salto a la vida adulta tras los estudios es universal. También se agradece que la pieza se aleje poco a poco del retrato sociológico de la juventud en los años de la crisis y se centre en los personajes, en su búsqueda particular del amor, un tema más universal aún. Jugar a decir la verdad mientras beben les ayudará a aclarar sus sentimientos a un precio muy alto. Al final a todos, incluso al idealista Eze, les vale con una vida normal.

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