Una película antigua

CRUCE DE VÍAS

Cuando la acompañaba al aeropuerto me pregunté en voz alta cómo acabaría esta película

Una película antigua
Sr. García .
José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

Vivo una película antigua. Fumo, bebo y viajo a lugares que no existen. Tan pronto estoy en Constantinopla como atravieso el espacio aéreo de Siam con destino a Indochina. El otro día vino a visitarme una amiga que reside en Leningrado. Le dije que hace tiempo que quiero ir a visitarla, pero que no encuentro vuelos que vayan a su ciudad. Como si todo el mundo hubiera olvidado donde está Leningrado. Ella se lo tomó a risa. Me dijo que si pensaba coger el Transiberiano. No sé a qué vino ese comentario. Cambiamos de tema y le conté que siempre me gustó llamar por teléfono. La liturgia de meter el dedo índice en el número correspondiente y hacer girar la esfera de izquierda a derecha hasta llegar al tope, soltar y dejar que la esfera vuelva a su posición original, después realizar la misma operación con el siguiente número y así sucesivamente hasta marcar la cifra completa. Le dije que era milagroso que una persona pudiera oír el timbre del teléfono a miles de kilómetros de distancia, en una casa de Persia, por ejemplo.

A veces llamo al número de teléfono de la casa de mis padres: 2543319, y no me contesta nadie. Y cuando voy a coger el coche, tampoco lo encuentro. Voy a la policía y denuncio el robo del Seiscientos matrícula B-431994. Desde hace algún tiempo, me da miedo ir a comprar porque tampoco encuentro las tiendas que busco. Cuando pregunto a alguien que me cruzo por la calle dónde está tal o cual comercio, me contesta que no lo sabe o que desapareció hace años. Cada día salgo menos de casa por temor a perderme. Últimamente dibujo mapas igual que hacía cuando era niño. Me gustaba colorearlos y trazar las fronteras. La amiga de Leningrado afirmó que me había quedado en el siglo pasado. Ignoro a qué se refería. Desde que se fue a vivir a Rusia, la noto distinta, como si hubiera perdido el Norte. La acompañé al aeropuerto y me invitó a volar con ella a esa ciudad que no existe. Yo le respondí que prefería quedarme en casa poniendo nombres al mapa mudo.

Cuando la acompañaba al aeropuerto me pregunté en voz alta cómo acabaría esta película. Quizás me fuera haciendo cada vez más pequeño hasta confundirme con el horizonte. Un hombre perdido en la nada. La amiga de Leningrado me aconsejó salir más a la calle, conocer gente nueva, ir al cine. Le dije que ya no había sesiones dobles y ella se puso a reír. Después nos quedamos en silencio pensando en nuestras cosas. Pensé que quizás tuviera razón. Cada día hablo menos y sólo veo películas mudas. Cuando pongo la tele no entiendo nada y la apago enseguida. No me gustan las películas de zombis. Todos están muertos, dije. Ella permaneció callada.

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