Paraíso Terrenal

Paraíso Terrenal
Sr. García .
Cruce de Vías

Hay pocos seres vivos que posean la fortuna de vivir libres, felices y con el futuro resuelto sin haber dado un palo al agua

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .Ilustración

Si pudiera hablar diría que mi nombre es Nicolás. Vivo al lado de una urbanización, junto a los contenedores de basura. No tengo deberes ni obligaciones. Paso las horas tumbado al aire libre y dando paseos por los alrededores con alguno de los huéspedes de este hotel para animales domésticos que no poseen dueño o que en cierta ocasión lo tuvimos y nos abandonaron. A lo largo del día regresa alguno de ellos para tirar la basura y servirnos el desayuno, el almuerzo, la merienda o la cena. Nos ponen excesiva comida y después tienen que tirar las sobras al contenedor de residuos domésticos. Al principio éramos unos pocos inquilinos, pero hemos ido teniendo hijos, nietos, incluso biznietos, hasta formar una comunidad importante a los pies de la urbanización.

Por ahora la suerte nos acompaña. Hay pocos seres vivos en el mundo que posean la fortuna de vivir libres, felices y con el futuro resuelto sin haber dado nunca un palo al agua. Me llama la atención una mujer joven que viene todos los días en moto desde hace bastantes meses. La primera vez apareció en coche con unos amigos y una gata de mi edad que soltó con cariño, como si no quisiera separarse de ella y una fuerza mayor le obligara a abandonarla. Luego cubrieron el trozo de tierra que hay bajo el árbol con un enorme mantel y distribuyeron una vajilla para varios comensales, también colocaron recipientes para el agua, cestos con almohadones para dormir y juguetes, muchos juguetes. Ella se fue llorando, ignoro porqué, el caso es que viene a visitarnos a diario y está pendiente no sólo de Greta sino de todos nosotros.

Hace pocos días se detuvo un vehículo desconocido delante del Hotel Paraíso Terrenal, así decidimos llamarlo una noche tras una larga y divertida sobremesa. Una niña abrió la puerta trasera del coche y salió con una casa a cuestas que instaló a cierta distancia del hotel. Después sacó de la jaula una cobaya de pelo largo que se quedó perpleja al ver a tantos gatos juntos. La niña metió unas hojas de lechuga en el interior de la casa y se puso a llorar igual que la chica de la moto. Nadie se queda con nosotros. Nos sueltan y se van. La cobaya es tímida, lleva una vida aparte, pero nos cae bien. Un día se sinceró conmigo y me contó la suerte que tuvo de caer en una familia, porque la mayoría de ellas eran utilizadas para experimentos diabólicos. Lo importante es que aquí todos vivimos en absoluta concordia, la única amenaza es el transporte de recogida de animales domésticos. Cuando lo vemos llegar nos dispersamos inmediatamente. Cada cual controla su propio escondite. Después del susto, volvemos a reunirnos en el Paraíso Terrenal.

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