Patio de butacas

PABLO Y ANTONIO

Francisco Griñán
FRANCISCO GRIÑÁNMálaga

El destino escribe guiones caprichosos. Apenas unas horas ha mediado en el adiós de dos intelectuales de alma y corazón: el poeta Pablo García Baena y el profesor Antonio Garrido Moraga. Dos creadores que, desde ahora, viven en los libros. Y también conviven. Precisamente, una de las últimas antologías del poeta cordobés llevaba la firma del ensayista malagueño. Se tituló 'Esplendor de la belleza' y no fue una compilación de poemas. O no solo eso. Después de superar la docena de antologías sobre García Baena, Garrido Moraga se propuso ir más allá con un estudio crítico que superaba etiquetas del autor de 'Rumor oculto' como su barroquismo suntuoso o su culturalismo exquisito. El antólogo desnudaba al poeta total para subrayar la «sensualidad» de sus estrofas y, frente al elitismo y lujo verbal, exponía que también se dejaba llevar por el lenguaje de «barra de bar».

A ambos los conocí tras un micrófono. En ruedas de prensa que después dieron paso a entrevistas vis a vis. E incluso charlas sin grabadora mediante. De Pablo García Baena me quedo con sus palabras lentas y acertadas, pero sobre todo con su mirada traviesa. En nuestro último encuentro me dijo que su «poesía era perfecta» antes de reirse y que las antigüedades que vendía en su tienda de Torremolinos eran todas «falsas». Y que como le habían dado el premio Princesa de Asturias y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana no le quedaba otra que ser «monárquico total». Genio y figura.

Como su antólogo Garrido Moraga. En su etapa de concejal de Cultura, alumbró el Festival de Cine Español que le abrió a Málaga un lugar en la cultura que después la ciudad ha sabido tomar a golpe de museo. Pero pese a su protagonismo político en al Ayuntamiento o el Parlamento andaluz, Antonio Garrido jamás dejó de ser visto como el profesor. Sin duda, su perfil más singular. Todavía lo recuerdo entrado por las clases de doctorado con su sonrisa, soltar los libros y que en un rato pasaran las dos horas. Qué rabia daba que terminaran aquellas clases. Como da rabia que su vida haya acabado antes de tiempo. Aunque me lo imagino con su amigo Pablo acodado en una barra bar y comentando la última jugada. «Ah, la eternidad era esto».

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