Lo que oculta el telón de Ferrándiz

Detalle del telón que se restaura hasta principios de agosto en el Patio de Banderas del Ayuntamiento. :: álvaro cabrera/
Detalle del telón que se restaura hasta principios de agosto en el Patio de Banderas del Ayuntamiento. :: álvaro cabrera

Los expertos logran salvar el lienzo pero descartan poder devolverle el aspecto original tras las dos intervenciones «nefastas» del siglo pasadoFirmas del personal del Teatro Cervantes, mirillas escondidas y trazos originales salen a la luz en la restauración de la pieza

REGINA SOTORRÍO MÁLAGA.

Un acomodador del teatro dejó su huella en el telón que Bernardo Ferrándiz pintó para el Cervantes. Una especie de 'yo estuve aquí' de principios del siglo pasado. Y se sabe que fue él porque junto a su apellido -Contreras- escribió «guardalínea de butaca». Es una de las inscripciones a lápiz que el equipo de Quibla ha descubierto al retirar una tela de algodón superpuesta en una de las «nefastas» intervenciones a las que fue sometida la pieza. La restauración del telón de boca del Cervantes, que se realiza hasta principios de agosto a puerta abierta en el Patio de Banderas del Ayuntamiento, saca a luz las «cicatrices» de la obra y revela datos de su composición original.

«El privilegio no es solo tocarla y mirarla a cinco centímetros de distancia, sino también ver detalles ocultos», señala la restauradora Estrella Arcos. Como por ejemplo, dos mirillas que en algún momento de la vida del telón se abrieron en la tela para que los actores pudieran ver sin ser vistos al público. Ambas han sido cubiertas para evitar los daños que causaba la chapa metálica que se añadió.

Tras dos trabajos previos en 1902 y 1954 que «no respetaron la obra del autor» y la dejaron en situación crítica, el telón de boca de 1870 recupera poco a poco su salud, pero no su aspecto primigenio. «La obra de Ferrándiz está debajo de dos capas de pintura», confirma Arcos, lo que significa que «se nos ha ocultado ya para los restos en buena parte el original».

Los análisis fotográficos y químicos, junto con la intervención directa, desvelan modificaciones sustanciales. Por ejemplo, ahora se sabe que el sombrero rojo de Mefistófeles era en sus inicios de pan de oro, que la lira que sujeta en las manos una figura estaba antes a los pies, que el niño no llevaba rosas sino coronas de laureles y que el rostro de la mujer que escribe con pluma en la columna ha sido totalmente retocado. «Parece una folclórica de los años 50, no es una cara del siglo XIX», cuenta.

Pero algunos trazos de Ferrándiz reaparecen. En esa columna, por ejemplo, resurgen sutilmente más nombres de dramaturgos que después alguien decidió cubrir. Y confían en poder rescatar algunas pinceladas más del artista que dejarán como testigo: el mayor reto es descubrir el rostro real que se esconde bajo el repintado de Mefistófeles (a la derecha), donde Ferrándiz se autorretrató.

Al margen de anécdotas, «lo más oculto que ha salido a la luz» es la técnica original del autor. «Nos puede permitir hacer un comparativo con el resto de sus obras a partir del empleo de los pigmentos, del tipo de pincelada, de las secuencias estatigráficas...», enumera Arcos. Para el temple, por ejemplo, Ferrándiz usó cola animal de conejo. Ahora, en las distintas fases, Quibla ha empleado desde cola de pescado a miel de caña, pasando por harina de trigo y goma de borrar.

Estrella Arcos y su socio Francisco Zambrana lo cuentan a los Amigos del Thyssen, que ayer les visitaron, frente al inmenso telón desplegado en el Ayuntamiento, que financia la restauración junto a la Fundación Málaga. Allí les queda un intenso mes de trabajo para reponer el color, una vez concluido el estucado. Es la fase final (el 8 de agosto vuelve al Cervantes para los retoques definitivos) y la más vistosa, donde los ojos inexpertos aprecian más los avances. Pero «el gran proceso» ya se ha hecho y permanece invisible. Se trata de la intervención, casi de microcirugía, sobre la tela deformada y mal conservada. Como plan de choque, se sustituyó el reentelado de algodón añadido en los 50 por uno de lino similar al original (encargado en Italia), se eliminaron los injertos (hasta cinco capas de telas había en algunas partes) y se incorporó una tela ignífuga que sirve de soporte.

Cuando la gente conoce la misión de Quibla, exclaman «¡vaya reto!». «Pero yo respondo: 'No, ¡vaya irresponsabilidad!' Esto es una auténtica locura», añade Arcos con ironía.

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