El observado

El observado
Sr. García .
Cruce de Vías

Ya han transcurrido quince minutos desde que me detuvo el aspecto triste del hombre que pinta acuarelas

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .

El pintor está sentado en una esquina de la plaza delante de una pequeña mesa de madera. Viste con traje marrón y sombrero. Dibuja un cuadro triste del mismo color que su traje. A su lado tiene un expositor con pinturas actuales que son todas de color marrón y otras de colores alegres que realizó hace algún tiempo, quizás antes de romper la relación con quien fuera su pareja. Está serio, mirando la vida a través del cristal transparente de las gafas. Una mujer se acerca a la mesa y le pregunta por el precio de una de las acuarelas. Levanta la vista y se ponen a hablar. Desde la otra esquina no alcanzo a oír la conversación. La mujer señala una de las pinturas marrones. Tengo la intuición de que ella se ha enternecido del hombre triste que un día fue feliz. La mujer deja de contemplar las pinturas, pero no se marcha, como si estuviera tomando una resolución. Otros paseantes se detienen y también preguntan precios, él responde y se queda un instante pensativo antes de continuar pintando. La mujer le vuelve a interrumpir para decir algo. Él se pone de pie y abre la pinza de una de las acuarelas marrones que cuelga en el expositor. La envuelve con la misma ternura que ella ha transmitido al señalar la acuarela que va a llevarse a casa. Como si aquella pequeña obra formara parte de la vida del pintor, un sentimiento oculto, algo íntimo que no se puede expresar con palabras.

Traje marrón, camisa blanca, corbata oscura, sombrero, gafas antiguas. Delgado, pálido, ojeras, pelo negro. La expresión de su cara es el reflejo de la melancolía. La mujer paga la pintura y se aleja con pasos indecisos, como si lo hiciera en contra de su voluntad. Me da la impresión de que a los dos les hubiera gustado seguir dialogando. Antes de despedirse, el pintor le ha entregado una tarjeta de visita. Tal vez ella lo llame algún día, no sé, la vida da tantas vueltas. Es sábado, una del mediodía, hace sol y la gente pasea. Yo sigo apoyado en la pared, como si esperara a alguien que se retrasa más de la cuenta. Ya han transcurrido quince minutos desde que me detuvo el aspecto triste del hombre que pinta acuarelas en una esquina de la ciudad. Ahora termina una y la cuelga junto a las otras. Me canso de no esperar a nadie y me dirijo hacia el expositor para ver de cerca las pinturas. Entonces descubro mi presencia en la que acaba de colgar. Soy el hombre marrón y solitario de la esquina que está apoyado en la pared. Le pregunto el precio y saco la billetera. Nos despedimos sin pronunciar una palabra, los dos somos tímidos. Me voy pensando en la mujer que probablemente compró el cuadro que ella había inspirado.

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