Cruce de vías

Niños mayores

Niños mayores
Sr. García .

Servir copas y brindar es mi afición favorita, la practico a diario y no tengo intención de abandonarla mientras elcuerpo resista

José Antonio Garriga Vela
JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA

El jueves fui a una de esas comidas que empiezan a las dos de la tarde y nunca sabes cuando acaban. Una reunión de viejas y no tan viejas amistades con hijos pequeños e incluso nietos. Al llegar, escuché de fondo la música de la película ‘El padrino’ y ese detalle me animó a brindar por la gran familia de amigos con los dueños de la casa. Cada vez que oía sonar el timbre acudía a la puerta, llenaba las copas y brindaba con los recién llegados. Una costumbre que cumplo a rajatabla desde la infancia. Servir copas y brindar es mi afición favorita, la practico a diario y no tengo intención de abandonarla mientras el cuerpo resista. Me sienta mal no beber.

Mientras los adultos jugábamos al fútbol sobre la hierba, regateábamos al perro y nos lanzábamos a la piscina; los pequeños estaban repartidos entre el porche y el salón, quietos y en silencio, sentados delante de las pantallas del móvil, la tele, la tablet y el ordenador. Los mayores bebíamos alcohol; los niños agua, zumos y refrescos. Nosotros hablábamos cada vez más y más fuerte. Ellos dialogaban casi en secreto y de vez en cuando levantaban la mirada de la pantalla sin decir nada, como si nos estuvieran vigilando. Los niños me han dado siempre mucho respeto y el otro día sentí un poco de vergüenza al verme sorprendido haciendo tonterías. Estoy convencido de que se sentían ajenos a todos nosotros, porque del mismo modo que los amigos de mis amigos no tienen por qué ser mis amigos, los amigos de los padres tampoco tienen por qué ser amigos de los hijos, los santos inocentes.

Las familias con hijos pequeños se fueron al caer la tarde. Una larga despedida y la promesa de volver a reunirnos pronto. Los hijos de los dueños de la casa también se despidieron y supongo que continuaron delante de las pantallas del cuarto contemplando una película de la vida en tres dimensiones sin aristas ni perfiles. El fuego de la pantalla no olería a humo, ni el océano tendía agua, ni los seres humanos alma. Esto pensé en silencio. Me habría gustado decirles: “Ya tendréis tiempo para encerraros y estar quietos. Ahora aprovechad”. Pero no abrí la boca más que para sorber un nuevo trago.

El tiempo pasó veloz con sus estrellas fugaces. Eran las cinco y media de la madrugada cuando alguien dijo: “¿Sabéis qué hora es?”. La hora de la retirada. Los últimos en abandonar la casa nos fuimos con la satisfacción de aguantar hasta el final. Un día más, un día menos. A la mañana siguiente, domingo, ya veríamos qué decían los inquilinos que conviven con nosotros dentro del cuerpo. Lo único seguro es que los niños se iban a levantar a la hora de los mayores.

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