El viejo resplandor de un mito

Franco Battiato, en su concierto en La Malagueta./Hugo Cortés
Franco Battiato, en su concierto en La Malagueta. / Hugo Cortés

Franco Battiato reúne en La Malagueta a más de 1.500 fieles para un concierto íntimo, a ratos sublime, pero con un final que resultó errático

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Todo apuntaba a que sería una noche para el recuerdo, y vaya si lo fue. Para hacerse una idea de la expectación sólo había que fijarse en los alrededores: cuando apenas quedaban 15 minutos para el comienzo del concierto, un grupo ya maduro de fans se arremolinaba en un restaurante junto a la Plaza de Toros de La Malagueta: Franco Battiato (Sicilia, 1945) estaba cenando allí. La genuina ilusión que se tiene cuando se está a punto de ver a un grande podía palparse en el ambiente. La niebla húmeda provocaba que las emociones fueran más espesas, la temperatura resultaba idílica y el ambiente quedaba marcado por la diversidad de géneros y por las ganas de sentir la antología de una de las personalidades más relevantes del panorama cultural italiano; un mito viviente, podría decirse, y un extraño dandi que apareció en el escenario sonriente, con una biznaga en la solapa de su chaqueta que a lo largo del concierto se iría deshojando como esta noche en la que no todo salió como se esperaba.

Battiato ha elegido Málaga para el inicio de una gira que le llevará a recorrer otras cinco ciudades españolas, y lo hace acompañado por uno de sus viejos colaboradores, Juri Camisasca, que actúa de telonero interpretando tres canciones válidas para sumergirnos en la atmósfera. Hubo algunos problemas de sonido, notables desde la primera canción, y en este tramo sonaron temas como ‘Nomadi’, que dio título al LP que resultaría imprescindible en la cultura española porque albergó las primeras traducciones de las canciones de Battiato al castellano, o la bellísima ‘Il sole nella pioggia’, publicada por la cantante italiana Alice. Todo esto serviría para introducir un recital guiado por la espiritualidad y un ‘new age’ radical que marcaría casi todo el repertorio de la noche. “Es que yo amo el espíritu”, llegó a decir el cantante en una de sus pocas intervenciones.

La puesta en escena acentuaba aún más el carácter íntimo de un espectáculo más bien alejado del pop de sintetizadores que Battiato convirtió en su momento en algo sublime. Le acompañaban sobre el escenario un cuarteto de cuerda y dos teclados: en un extremo un imponente piano de cola y en el otro un teclado electrónico y un sintetizador que tuvo poco uso pero del que llegaron a sonar coros pregrabados en algún momento. Quizá la naturaleza introspectiva de este recital pegara poco con el coso malagueño, que no llenó su aforo quizás debido a un elevado precio de las entradas, hasta 73 euros, que fue objeto de varias quejas por parte de los asistentes. Los conciertos siempre son mejores cuando están llenos.

Respecto al repertorio, con un Battiato que se mostraba feliz, comenzó a sonar en primer lugar la profunda ‘Stati di gioia’, y poco después caerían canciones muy celebradas por el público como la sátira política ‘Povera patria’, ‘L'animale’, ‘La canzone dei vecchi amanti’, que es en realidad una versión italiana de Jacques Brel, o la brillante ‘La stagione dell'amore’, responsable de uno de los videoclips más gloriosos y extravagantes del artista siciliano. Permaneció durante casi todo el concierto sentado sobre una alfombra, con unos enormes auriculares aislantes y frente a una pantalla bien grande que le mostraba las letras de sus canciones. De alguna manera, era como si Battiato estuviera viendo la tele en el salón de su casa. Cuando decidió levantarse fue cuando las cosas empezaron a torcerse. Hubo un momento para hablar de sexo (el impagable ‘medley’ con ‘Fornicazione’ y ‘No time no space’) y, con muy pocas concesiones al ritmo, ya en el último tercio del concierto, sonó una versión de ‘La cura’. Considerada por muchos la canción más bonita jamás escrita en italiano aquí sonó en una versión orquestada, y Battiato tuvo que repetirla porque sencillamente no sabía cuándo tenía que empezar a cantar. Visiblemente cansado y tras una aparatosa ceremonia de bis, le costó muchísimo entonar su gran hit, ‘Voglio vederti danzare’, ante un público incondicional que para el final ya estaba en pie, bailando tímidamente. El final resultó desconcertante y se produjo de una manera abrupta con una celebradísima versión de ‘Cucurrucucu’. Nos quedamos con las ganas de escuchar ‘Centro di gravitá permanente’, que estaba incluida en el repertorio pero que Battiato tuvo que anular con un sonoro “¡Basta!” ante la respetuosa comprensión del respetable. No sabemos si este concierto habría quedado mejor en el propio teatro Cervantes, a una hora más temprana. Lo que está claro es que fue un concierto íntimo porque no había otra opción: o es íntimo, o se desintegra.

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