Aquel verano de la cantante malagueña Irene Lombard

Lombard atesora numerosas imágenes de los veranos con su familia en Carvajal, un lugar de veraneo de Fuengirola./SUR
Lombard atesora numerosas imágenes de los veranos con su familia en Carvajal, un lugar de veraneo de Fuengirola. / SUR

La artista recuerda sus vacaciones en Carvajal, donde hacía trastadas con sus primos y entonaba canciones al ritmo de la guitarra de su padre

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Un viaje puede ser hacia un destino, aunque a veces eso puede ser lo menos importante. Para la cantante Irene Lombard, sus veranos en Carvajal (Fuengirola), son mucho más que un recuerdo y un par de álbumes de fotos. Allí aprendió algo que le ha acompañado de por vida:«Lo importante son las pequeñas cosas y con quién elegimos vivir los momentos que nos da la vida». Desde bien pequeña, toda su familia paterna pasaba los meses de verano entre Carvajal y el camping de Pitre. Allí hizo sus primeras trastadas y cantó sus primeras canciones. «Mi padre siempre se llevaba la guitarra, sus hermanas hacían los coros y yo les acompañaba. La música estaba presente aunque fuese para pasar el rato».

Irene Lombard lleva toda la vida dedicada al arte. Estudió en la Escuela Superior de Arte Dramático de Málaga, ha lanzado varios álbumes y actualmente es profesora de canto en el Centro de Arte y Música Moderna Maestro Puyana. Muchos le recordarán por su paso en el programa de televisión La Voz, aunque ha recorrido prácticamente todos los escenarios del país. Además de cantar, se dedica a la pintura, una afición que también comenzó a gestarse en aquellos veranos de Carvajal –de hecho, todavía conserva algunas de las ‘obras’ que hizo cuando se aburría de los cuadernos Vacaciones Santillana–.

Irene Lombard es una cantante y pintora malagueña que también se dedica a la enseñanza musical. Durante su infancia aprendió las claves de la vida en familia y cómo disfrutar de las pequeñas cosas gracias a sus viajes a Carvajal y Pitre, donde pasaban largas temporadas llenas de canciones y recuerdos

Su abuela paterna, Gloria, era la encargada de alquilar unos apartamentos turísticos en la zona. Allí se iba toda la familia: «Mis padres, mis cinco primos, mi hermano, mis abuelos y yo». Recuerda que el viaje lo hacían con las ventanillas bajadas en «un Renault 11 rojo sin aire acondicionado». El plan de ruta era casi siempre el mismo: el mes de julio al camping de Pitre, y agosto a Carvajal.

Irene Lombart.
Irene Lombart. / SUR

Lo que Irene recuerda con mayor viveza y como lo más divertido de aquellos viajes eran los juegos que hacían los siete primos en la playa y en la piscina. «Después de eso mi abuela nos hacía unos bocadillos de jamón con mantequilla en unos bollitos de leche que eran mágicos». De hecho, la cantante lleva mucho tiempo buscando alguna panadería en la que los venda, «pero no saben igual que aquellos que tomábamos después de jugar en el agua».

Sin embargo, lo más trascendente de aquellos veranos no sólo eran los juegos. La música se iba introduciendo en el oído de la cantante desde que era bien pequeña. «La guitarra de mi padre nunca faltaba por la noche». Asegura que tocaba y cantaban con él «en todos lados», y canciones de todo tipo. «Mis tías se traían un cancionero de misa y cantábamos canciones religiosas». Más allá del misal, el padre de Irene tenía debilidad por The Beatles, y entonaban algunas de las canciones más populares de la época. Además, uno de los momentos estrella era «cuando tocaba los acordes de ‘Edelweiss’, de Sonrisas y Lágrimas. Era precioso, igual que en la película pero viviéndolo de verdad».

«Mi padre era el último en montar las tiendas canadienses, siempre se olvidaba de algo»

Recuerda que después de cantar en los improvisados fuegos de campamento, los niños se iban a las tiendas de campaña –cuando estaban en el camping de Pitre–. «Eran canadienses de las antiguas, no como las que se montan solas que venden ahora». Explica que su padre siempre era el más lento de todos a la hora de montarlas: «Mis tíos ya habían terminado y él todavía estaba buscando la machota o las piquetas; siempre se le olvidaba algo». Aquellos días se llenaban de actividades de lo más pintorescas, algunas de ellas sencillas. «Nos encantaba ir a coger moras, en el campo». También organizaban veladas «como las de los campamentos», en la que sus tíos se inventaban algún juego y los primos seguían las normas:«Desde escondites por la noche con linternas hasta contar historias sin sentido entre todos». En la infancia de Irene se marcaron muchas cosas que podrían parecer insignificantes, pero que a día de hoy retiene en su memoria como vivas fotografías. «Mi madre nos bañaba en antimosquitos en cuanto caía el sol; todos lo odiábamos y ahora no soy capaz de utilizarlo», explica entre risas.

Por supuesto, también había lugar para las trastadas. «Una vez nos fuimos todos los primos con las bicis a recorrer el pueblo. Visitamos varias tiendecillas de las que venden pulseras y, mientras unos distraían, los demás cogíamos las que no estaban atadas, como una auténtica banda organizada. Cuando llegamos donde estaban los adultos, mi primo pequeño Carlos gritó ilusionado: ‘¡venimos de robar pulseras! Mi padre nos obligó a devolverlas todas y nos impuso un castigo militar en el que teníamos que correr por la playa y hacer algunas pruebas». También recuerda la noche en la que hicieron el pasaje del terror ocupando las cinco plantas del piso en el que se alojaban. «Vinieron amigos de otros bloques para ver la que habíamos formado, se nos fue de las manos y nos lo prohibieron».

Durante esos veranos Irene aprendió «a disfrutar de la gente con la que emprendes los viajes, no únicamente del sitio al que vas». Admite que aquellos días le han dejado huella, la de elegir «las pequeñas cosas» para vivir «momentos únicos». Gracias a ello, cada día elige «estar con aquellos a los que amo».

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