Operación Triunfo: El 'hype' que regresó del pasado

Alfred, Amaia, Aitana, Agoney y compañía hicieron las delicias del público/HUGO CORTÉS
Alfred, Amaia, Aitana, Agoney y compañía hicieron las delicias del público / HUGO CORTÉS

Los 16 concursantes de la nueva edición del formato musical llenan el Auditorio ante una generación que ha convertido en 'mainstream' la diversidad y el feminismo

Iván Gelibter
IVÁN GELIBTER

Hace exactamente 16 años, un grupo de 16 hombres y mujeres aterrizaron en Málaga para brindar uno de los conciertos más multitudinarios que se recuerdan en esta ciudad. La explanada del Puerto -donde en un futuro paralelo habrá un gran auditorio- se engalanó entonces para recibir a la primera generación de 'triunfitos'. Uno, al que le califican de 'millenial', recuerda perfectamente cómo evitó aquel día ir a clase para poder estar en las primeras filas y contemplar de cerca a Rosa, Bisbal o Chenoa, porque en aquel momento no había nada más que aquello. Gestmusic y TVE batieron todos los récords del mundo hasta agotar un formato en ediciones posteriores que derivó en juguetes rotos con nulo éxito en sus carreras.

Precisamente con este 'background', pocos confiaban en que una nueva generación de jóvenes pudiera triunfar como lo hicieron entonces. Sin embargo, el casting realizado por la productora dio en la tecla indicada. No porque cantaran mejor que los candidatos de otros programas del mismo corte, sino porque estos nuevos 16 concursantes representaban unos valores de los que deberían aprender la mayor parte de artistas consolidados. En esa escuela no solo se habló de música. Temas como la libertad de expresión; el feminismo; o la libertad del colectivo LGTBI estaban a la orden del día en el departir de los habitantes de la Academia. Raoul y Agoney visibilizaron su evidente atracción sexual; Alfred y Amaia, mientras crecía su amor, les explicaban al resto -y con mucho acierto- qué era el feminismo. Y por encima de todo, y en comparación con otros 'realities', estos hombres y mujeres enseñaban a la audiencia unas relaciones sanas entre todos ellos.

Esa, sin duda, ha sido la auténtica operación que ha triunfado. Aquello causó un 'hype' inmediato entre un público heterogéneo e intergeneracional. Y como todo fenómeno fan, surgieron los ídolos. Amaia, esa chica que enseña el feminismo ejerciéndolo (no hay más que ver las estúpidas críticas a su foto con vello bajo el brazo) fue una ganadora sin paliativos. Una realidad que la llevó a ser nombrada como 'la de España'. Una chica sencilla y natural -y quizá hasta algo torpe- que ayer en el Auditorio del Cortijo de Torres fue la más aclamada por las 10.000 personas que llenaron el espacio hasta agotar las entradas. Es la única que puede caerse por las escaleras del escenario -así es amigos, Amaia en estado puro- sin convertirse en carne de 'meme', para después reventar el 'set' cantando 'Miedo' con el único acompañamiento de un piano.

Y si Amaia es el alfa de OT2017, Alfred es la omega. Su pareja artística y sentimental es un animal musical; un joven superdotado que sorprendió con unas actuaciones en las que se comía el escenario. Entre concierto y concierto; y en medio de ensayo y ensayo para ir a Eurovisión, Alfred se ha dedicado a repartir una estopa más que justificada a lo que creía injusto; desde la falta de libertad de expresión hasta la injusticia del IVA cultural. Y todo mientras debía explicar a miopes llenos de odio que se sentía orgulloso de representar a España en Eurovisión. Ahí es nada. Por eso, la versión de 'City of Stars', de la oscarizada (y sobrevalorada) 'La la land' fue quizá uno de los mejores temas del concierto de anoche. 'Almaia' en estado puro; más interpretando que cantando; un éxito.

Esto fue lo más destacado, pero no lo único. Marina no dudó en salir al escenario con la bandera arco iris, mientras que Raoul y Agoney terminaron su canción agarrados de la mano y dejando sobre las tablas un mensaje muy claro para aquella minoría que insiste con el odio: «Viva el amor, la libertad y la visibilidad». A ello se sumó la espectacular interpretación de Aitana y Ana Guerra de 'Lo malo'; un himno feminista y sincero contra la violencia de género, y que debió ser el tema escogido para ir a Eurovisión.

En lo negativo, sin duda, el impresentable sonido con el que se castigó a la audiencia. Vale que hay mucho 'fanboy' y 'fangirl' que es capaz de pagar entre 47 y 150 euros para ir a este concierto, pero por este precio uno exige al menos un sonido medianamente limpio. Es evidente que algunos de ellos todavía están a un nivel lejano de poder actuar ante 10.000 personas, pero incluso cuando hablaban y no cantaban era difícil entender lo que decían. Si tienen dudas de como hacerlo, bastaba con haberse dado una vuelta por la producción de Pablo Alborán hace dos semanas. Así debe sonar un recital del siglo XXI.

Más de tres lustros después de que Operación Triunfo llegara para marcharse, Málaga vibró una vez más gracias a este formato. Y además, esto ha servido para que nos hayamos dado cuenta de que vivimos en una sociedad que ansía jóvenes que no sean productos vacíos. Un país en el que feminismo y la diversidad puedan ser conceptos 'mainstream'. Ese es el 'hype' con el que me vuelvo a casa después de haber visto triunfar a una nueva generación de músicos españoles.

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