Noche íntima para la música

Ben Harper, durante su actuación en Starlite.
Ben Harper, durante su actuación en Starlite. / Jorge Rey

Ben Harper hace vibrar a más de 2.000 fieles en un concierto básico en Starlite en el que constató su versatilidad, su capacidad de trasmitir y su virtuosismo con la guitarra

HUGO SIMÓN

Junto al pequeño piano blanco, que parece aún más minúsculo en la soledad del aseado escenario, un tipo en una silla con sombrero de ala ancha y cabeza gacha. Sin apartar la vista de su Weissenborn, la guitarra 'lap steel' que reposa sobre sus piernas. Frente a él, más de 2.000 fieles guardando un silencio expectante solo propio de las noches de lírica en Starlite y a los que durante dos horas Ben Harper anoche hizo vibrar, emocionó y encadenó a sus tentadores sonidos instrumentales, a su armoniosa y recóndita voz, a sus reflexivas -y a las más reivindicativas- letras de su repertorio. Un concierto básico, de verdad. Un instrumento musical y la voz como únicos transmisores de sentimientos. Sin fuegos de artificio. El formato que el compositor estadounidense ha elegido para parte de su gira, combinándo los conciertos junto a la banda The Innocent Criminals -con la que volvió a reunirse para su último trabajo discográfico después de varios años distanciados- con recitales en solitario. Intimistas. Y eso que Harper se mostró más comunicativo de lo que suele acostumbrar.

Primero, a modo de saludo, se atrevió con el español. "Gracias por estar aquí", apuntó el cantautor californiano en castellano al finalizar su segundo tema. Después, quiso explicar por qué había parado el concierto durante varios minutos. Al parecer, resultaba molesto el ruido de un generador en los aledaños del escenario. No se percibía por la mayor parte del público, pero sí en las primeras filas. Sobre las tablas y a su espalda, el zumbido para Harper debía ser más fastidioso. Apagado el aparato, el músico apuntó que las entradas que habían abonado los asistentes eran caras y que en "su casa" no podía sonar ese ruido. “Estoy aquí como en la salita de casa y quiero que me escuchéis bien, como si estuviéramos tomando té o café con galletas”, subrayó. Roto el hielo por esta anécdota, y a pesar del carácter introvertido del cantante sobre el escenario, el estadounidense se dirigió a los espectadores en varias ocasiones más. En un reivindicativo discurso antes de interpretar su famosa 'Call it what it is', el blues que da título a su último disco y que denuncia la brutalidad policial contra la comunidad negra en su país. Y en un emotivo final que deja la puerta más que abierta a su regreso a Starlite. “Nunca olvidaré esta noche, una de las más especiales de mi vida. Volveré”, aseguró Harper antes de abandonar el auditorio con el público puesto en pie.

Sí debió sentirse cómodo el versatil compositor. Su programa incluyó quince piezas y regaló en los bises cinco temas más. Veinte poemas y, entre ellos, alguna canción de amor desesperada, como 'Born to love you', que Harper interpretó al piano. Pero, sin duda, las guitarras fueron las grandes protagonistas de la noche. Especialmente, la Weissenborn, de madera hawaiana con mástil hueco, con la que arrancó su actuación para deleitar al público con la extensa pieza instrumental ' All my heart can take' . Con ella en su regazo y su sonido tan singular llegaron también títulos como 'Life line', la citada 'Call it what it is', 'When it's good' o 'Dig my grave'. La guitarra acústica fue la compañera del creador californiano en la mayor parte de la segunda fase del concierto, más reflexiva, más sentida. Y no faltó la eléctrica para los temas más potentes y también para las baladas más hermosas.

Harper interpretó piezas de su último disco, pero repasó también parte de su extensa discografía: una quincena de trabajos desde que en 1994 el compositor de 47 años lanzara su primer álbum. El próximo está al caer -saldrá a la venta a principios de 2018-, ya tiene título, 'No mercy in this land', y es fruto de la colaboración del californiano con el mítico bluesmen blanco Charlie Misselwhite. Por supuesto, a lo largo de toda la noche Harper constató su reconocidad variedad de estilos musicales. Inclasificable salvo por su faceta de compositor, se mueve con la misma eficacia por las sendas del blues, folk, rock, funk, reggae y góspel. Su objetivo es transmitir y el estilo constituye solo un vehículo. No fue una sorpresa esa versatilidad para los espectadores, fieles entregados al músico californiano. Las ovaciones tronaron en el auditorio de la Cantera de Nagüeles, en contraposición al silencio inmenso durante las interpretaciones. Respeto monumental al artista y -bendito sea Harper- casi no se dejaron ver los teléfonos móviles. Los asistentes venían a disfrutar de la música y la voz del cantante de Pomona. Y vaya si lo hicieron.

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