Joaquín Sabina, arrepentido de las 500 noches

Sabina, con su característico atuendo, al inicio del concierto. / Hugo Cortés

Joaquín Sabina despacha rápido la presentación de ‘Lo niego todo’ para regalar un repertorio de sus mejores canciones a un público sediento de nostalgia

FERNANDO MORGADO

A estas alturas, después de todo lo vivido, nadie espera que Joaquín Sabina se ande con rodeos. Una vez confesado su arrepentimiento por una vida cuanto menos intensa en su último trabajo, ‘Lo niego todo’, al de Úbeda le brota la sinceridad por los poros. Por eso, anoche, ante más de 5.000 personas en el Palacio de los Deportes de Málaga, dejó clara una cosa desde el principio. «Ustedes van a ser piadosos y me van a dejar cantar unas siete u ocho canciones del último disco. Luego, ya se verá», explicó al poco de salir al escenario tocado con su clásico bombín y vestido con camisa gris, pantalón burdeos y calcetines a rayas.

Fue recibido y despedido como el icono que es, y entre medias hizo cantar a más de 5.000 personas en el Palacio de los Deportes

La audiencia, que en su mayoría ya peina canas, aunque también se pudo ver a algún joven que se ha criado con los casetes de Sabina en el coche familiar, hizo caso al maestro y respetó, e incluso cantó, los temas de su disco más reciente. Empezando por ‘Lo niego todo’ y ‘Quien más, quien menos’, y siguiendo con ‘Lágrimas de mármol’. «Superviviente, sí, maldita sea» canta en esta última, que dedicó a otro maestro que se encontraba entre el público, su amigo, el torero José Tomás. La persona a la que más ha admirado en su vida, dijo, para culminar un breve alegato a favor de la fiesta nacional.

La velada duró más de dos horas. / H. Cortés

En la primera parte del espectáculo, Sabina recordó las noches que pasó en Málaga junto a Antonio Banderas y María Barranco, se disculpó por cantar sentado «como lo hacía en Pedregalejo» y demostró que se morirá orgulloso de ser un canalla con algún chiste subido de tono. Una vez despachado el material nuevo, y después de un intermedio en el que Pancho Varona, el eterno escudero de Sabina, interpretó ‘La del pirata cojo’, llegaron los clásicos. Melodías que ya forman parte de la memoria musical de este país y que han elevado al jiennense a la categoría de mito. Así se lo reconoció el público malagueño en todo momento, con ovaciones que muchos artistas ni siquiera son capaces de imaginar.

Siete músicos acompañaban al artista. / H. C.

Comenzó, como no podía ser de otra manera, con el que es posiblemente su mejor disco: ‘19 días y 500 noches’. De ahí sacó ‘Una canción para la Magdalena’, para luego remontarse aún más atrás, a 1994, y rescatar ‘Por el bulevar de los sueños rotos’. El público calentaba la voz y la velada prometía ser histórica. El Palacio de los Deportes resonó como solo lo hace en los partidos del Unicaja al empezar ‘Y sin embargo’ y, sobre todo, cuando se escucharon los primeros acordes de ‘19 días y 500 noches’. Algunos no se conformaron con seguir la letra sentados y se agruparon en un lateral para bailar.

Todos en pie

La sucesión de himnos hizo que, cumplidas casi las dos horas de concierto, todo el público se pusiera de pie. «Que todas las noches sean noches de boda, que todas las lunas sean lunas de miel», cantó el Carpena. Y Sabina se retiró del micrófono con una sonrisa, como si aún le sorprendiera haberse hecho un hueco con sus versos en la mente de tanta gente.

Sabina dedicó un tema a su amigo José Tomás, que se encontraba entre el público

Aún necesitó otro descanso el de Úbeda, tras el cual remató la faena con ‘Y nos dieron las diez’. Junto a sus siete músicos se despidió de Málaga, una tierra a la que ahora le unen lazos familiares, quién sabe si para volver pronto o no hacerlo nunca más, como él mismo se encargó de bromear a propósito de sus recientes problemas de salud. Sea como sea, la noche de ayer quedará para el recuerdo.

Fotos

Vídeos