Fosforito: «Ahora ya nadie se avergüenza de ser flamenco o aficionado»

Fosforito, rodeado de recuerdos en el despacho de su casa. / Álvaro Cabrera

El cantaor cumple 85 años, un aniversario que celebrará el sábado entre amigos en el homenaje que le rinde el Castillo del Cante de Ojén

Regina Sotorrío
REGINA SOTORRÍO

Antonio Fernández Díaz ‘Fosforito’ ya tiene un museo oficial en su Córdoba natal, pero existe otro en Málaga que solo han visto unos pocos. Premios en estanterías, carteles de festivales en las paredes, retratos pintados por amigos y cientos de fotos con compañeros (muchas con Paco de Lucía, su guitarrista durante años) se reparten por las estancias del santuario flamenco que es su casa.Cada imagen le trae un recuerdo, anécdotas que cuenta como si las hubiera vivido ayer, como si no hubieran pasado más de 60 años de algunas de ellas. Fosforito, propietario de la quinta –y de momento última– Llave de Oro del Cante, entre una infinidad de premios y reconocimientos, cumple mañana 85 años, un aniversario que celebrará primero con su familia y después con sus amigos. El XLIII Festival Castillo del Cante de Ojén le rinde homenaje este sábado.

El Castillo del Cante de Ojén le dedica esta edición...

–A estás alturas de mi vida en las que ya no canto, los amigos aún se acuerdan de mí. Ese es el honor que uno tiene, que le reconozcan en vida. Son gestos de amor en compensación a todo lo que has ido dando. Yo he dado el corazón a pedacitos.

Castillo del Cante

Cartel
Al cante: El Pele, La Macanita, Antonio Reyes, Pedo El Granaíno y Julián Estrada. A la guitarra: El Niño Seve, Manuel Valencia, Diego El Morao, Antonio Patrocinio Hijo y Manuel Silvencia. Al baile: Antonio de Verónica y Saray Cortés.
Lugar
Colegio de Ojén.
Fecha
5 de agosto.
Entradas
25 euros

No canta oficialmente desde 1999. ¿Por qué se retiró hace tanto?

–Voy a hacer 85 años, así que cuando me retiré ya tenía unos cuantos (ríe). Sesenta años de cantaor ya son suficientes, ya está bien. Llega un momento en que te sientes agotado, aunque nunca he dejado de hacer cosas.

Aunque ya no cante en público, uno nunca deja de ser flamenco.

–Eso está en la sangre. El flamenco es un arte caliente que te engancha, que lo afecta todo. Yo vengo de una familia de artistas flamencos. Aunque hubiera poco de comer, aunque fuera con un guiso de hojas de rábanos, ahí había fiesta, había una manera de vivir, de ser... Me tocó un momento muy raro. En la posguerra tenía 7 u 8 años y con aquella carencia de todo me eché a cantar por las tabernas. Quiero decirte que cuando ya llega 1999, ya había cantado lo mío. No me encontraba todo lo bien que yo quería en el escenario, así que por dignidad dije ‘me voy’.

¿Qué deja usted al flamenco?

–Una forma. El cante está inventado, pero los cantaores que han tenido peso en la historia del flamenco es porque han creado algo respetando el fondo de los cantes. Han aportado una personalidad y una manera de cantar con un sonido propio.

Una vez dijo que se sentía como un cantaor de mil años.

–¡Es que llevo mil años cantando! Si pienso en cuando empecé hace casi 80 años... se pierde la memoria.

«Cuando uno ha pasado por la fatiga que ha pasado, las exigencias de algunos artistas me parecen muy raras»

¿Pasó muchas fatigas?

–Sí, al principio es lógico. También porque el momento del país era malísimo. Estoy en un cartel en la plaza de Ronda en el año 45 como Antonio de Genil. Ahí estaba yo cantando para bailar con 13 años, que es más difícil porque tienes que hacer el compás exacto para el baile. Cantaba por las ventas, me sumaba a todos los espectaculitos que se hacían por los pueblos, hablaba con los dueños de los cines para cantar detrás de las películas... y ¡por nada de dinero!

¿Para ser un buen cantaor hay que haber pasado por esas penurias?

–No, yo las he pasado, pero porque era la época también. Había que cantar donde te llamaban. Imagino que todo eso me influyó a ser como soy, a tener un fondo, a mi manera de cantar... Algo habrá tenido que ver.

¿Qué se le pasa por la cabeza cuando le llaman leyenda viva?

–Doy gracias a Dios por estar vivo. Ya sabes que para los premios no hay oposiciones, alguien ve unos valores en ti y te los reconoce, en muchos casos diría que demasiado. Tengo reconocimientos de la Universidad de Alcalá de Henares y soy de la Real Academia de Córdoba.¡Es impensable en un cantaor de flamenco! (ríe).

Los flamencos de hoy se quejan de la falta de espacios para mostrar su arte. Después de lo que usted pasó, ¿nos quejamos demasiado?

–No es que se quejen de vicio, pero son otras formas, otros tiempos. Y algunos son señoritos y quieren todas las comodidades, que si tal cosa en el camerino, el agua de tal clase. Estupideces. Cuando uno ha pasado por la fatiga que ha pasado, estas cosas me parecen muy raras.

¿Qué echa de menos hoy del cante antiguo?

–Hay mucha gente joven extraordinaria. Otra cosa es que el flamenco ha alcanzado una cuota de categoría que a todo le llaman flamenco, le ponen el marchamo de flamenco para dignificar lo que hacen aunque no tenga nada que ver. Hay flamenco buenísimo y gente que hace cositas aflamencadas a las que llaman flamenco.

¿Y no le molesta?

–No, porque la gente que entiende sabe colocar las piezas del puzzle en su sitio. El flamenco vende, tiene categoría. El flamenco, tan denostado anteriormente, ahora tiene un sitio, ahora ya no se avergüenza nadie de ser flamenco o aficionado. Y como tiene buen cartel, aplican flamenco a cosas que no tienen nada que ver.

¿Con qué cantaor de hoy se queda?

–Me gustaría no mentar a nadie, podría molestar.

Preferirá a los más puristas.

–A los que suenan con entidad propia respetando la tradición. El poeta Ricardo Molina decía que hay cantaores que cantan muy bien y otros que saben lo que cantan. No tiene nada que ver uno que repite los cantes que uno que los siente, los entiende, les duele.

¿El flamenco duele?

–Al que canta sí y al que toca también. Cuando viene esa hipersensibilidad en una petenera, en un taranto, en una malagueña, tienes que conocer muy bien la técnica para dar cauce a ese aluvión de cosas que vienen a tu mente. El cantaor tiene que hacer equilibrio para poder seguir porque no se puede cantar llorando.

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