El flamenco se hace cumbia si lo entona El Cigala

El Cigala, durante su actuación en el Castillo Sohail /Fernando Torres
El Cigala, durante su actuación en el Castillo Sohail / Fernando Torres

El cantaor madrileño presenta en Fuengirola ‘Indestructible’, un recopilatorio de temas salseros

Fernando Torres
FERNANDO TORRES

Muy pocos artistas pueden convertir el escenario en su casa antes de ocupar su puesto, pero Diego El Cigala lo hizo anoche. El Castillo de Sohail en Fuengirola se convirtió ayer en territorio calé con acento cubano, porque el cantaor presentó ‘Indestructible’, un recopilatorio de los grandes clásicos de la salsa traídos al flamenco gracias al quejío del madrileño. Diego llegó a su taburete concentrado, sin miedo, dispuesto a hacer lo que mejor sabe: cerrar los ojos y dejar que se escape el duende. ‘Moreno soy’, de Sonora Ponceña abrió la velada, una declaración de intenciones con la que demostrar que sigue en plena forma, al igual que la Cali Big Band, un conjunto de músicos clave para la fusión que sólo él consigue. ‘Si te contara’ e ‘Inolvidable’ sonaron sin pausa, con la única interrupción de las instrucciones que el cantaor daba a los técnicos de sonido, sin disimulos, natural: «Sube más el bajo, olé».

«Gracias por acompañarnos, gracias a esta banda y gracias a Dios» fue su único saludo, porque lo que importaba anoche era la música. El escenario era austero, sin humo, sin artificios, un foco para él y espacio para los nueve músicos. Esta vez el público del Sohail –sin localidades libres–, estaba sentado, aunque eso no les impidió mover las caderas durante los múltiples huracanes de percusión y vientos que derrochó la banda. Los clásicos de El Cigala se mezclaban con los temas del nuevo recopilatorio. Desde ‘Juanito alimaña’ llegó hasta ‘Lágrimas negras’, una de las versiones que le lanzaron a la popularidad más allá de los círculos flamencos cuando la interpretó con Bebo Valdés, el padre del piano cubano.

Tras varios momentos para el merengue y la cumbia, los músicos abandonaron el escenario entre aplausos – «a ellos, aplaudidles a ellos», pidió al público–. Diego se quedó a solas con su pianista para pisar el freno. ‘Te quiero, te quiero’, la balada de Nino Bravo se llenó de quejíos en el silencio de la noche, roto por los ‘olés’ de un público que comenzaba a ser incapaz de contener la emoción: «¡Qué arte tienes, grande!», sonaba entre los acordes. Volvió a dirigirse a los técnicos de sonido pidiendo ajustes en sus auriculares antes de interpretar la segunda balada de la noche, ‘Cóncavo y convexo’, de Roberto Carlos.

Una vez más, los asistentes se encargaron de llenar los vacíos con aplausos y muestras de respeto, porque El Cigala estaba vaciándose, dando todo lo que le quedaba, regalando su voz ronca pero precisa, más potente a solas con las teclas.

Los músicos volvieron, la fiesta siguió, y la magia se quedó en el castillo un rato más. El duende no tenía ganas de irse hasta el filo de la medianoche.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos