El fenómeno de los 'festivales boutique'

El fenómeno de los 'festivales boutique'
Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Los macrofestivales de música se han convertido en una potente industria mundial desde hace más de diez años y nuestro país, gracias al buen tiempo y a los precios asequibles, es líder en ofrecer algunos de los más interesantes de toda Europa. Sin desdeñar encuentros internacionales como Glastonbury, Reading o Tomorrow Land, el FIB, Sónar o Primavera Sound son tres de los encuentros más veteranos en torno a los que ha surgido además una oleada de certámenes masivos de bajo coste que han estado cerca de reventar el mercado, y con programaciones atractivas para todos los tipos de público, con excepciones: hay gente a la que le sigue gustando la música pero para quien supone una desgracia bajar al barro de las aglomeraciones, recintos para 60.000 asistentes, calor y tocamientos, colas para pedir cualquier cosa, comida rápida y una distancia entre el público y el escenario que hace que puede que no sepas lo que estás viendo. Para ese tipo de público, que empezó a ir a festivales hace 10 o 15 años o que jamás se ha planteado ir a alguno, se ha desarrollado un modelo de festival paralelo en los últimos años que está brotando como una nueva experiencia. Son los festivales boutique.

A diferencia de los macrofestivales, estos se caracterizan en primer lugar por estar dedicados a un número de público bastante menor y mucho más especializado, y tienen por lo tanto una línea de programación más marcada, con más personalidad. Son lugares íntimos para bailar o descubrir nueva música. El aforo puede partir de los 500 asistentes, incluso menos, y ofrece siempre una localización variopinta: montañas, bosques, lagos, playas recónditas y en definitiva lugares hermosos y acogedores relacionados con la naturaleza, pero también patrimonial como castillos, monumentos o pequeñas aldeas. Más allá de las grandes explanadas, ferias de congresos o en el mismísimo desierto, los festivales boutique tienen en el encanto de su recinto otro de sus mayores atractivos, casi tan importante como la programación musical. Los contenidos además no se limitan a lo estrictamente musical, sino que es habitual encontrar actividades muy diversas para tenerte entretenido durante todo el día, desde clases de yoga hasta muestras de artes visuales. También cuidan la gastronomía y, en definitiva, ofrecen una experiencia mucho más cercana y personal que los macrofestivales. También tienen una forma de promoción diferente; no encontrarás carteles en las calles o campañas de publicidad con grandes marcas, sino que su publicidad se genera en internet y su convocatoria circula de boca en boca, funcionando en la práctica como un club. Circula la falsa creencia de que es el precio y no el aforo lo que aporta exclusividad a este tipo de eventos, y lo cierto es que para resultar rentables estos festivales boutique no son especialmente baratos. Es contrario al concepto 'low-cost', pero tampoco es lujo, porque la relación entre la calidad y el precio compensa la diferencia. La entrada para dos o tres días no baja de los 100 euros, y a eso habrá que sumar el alojamiento, que suele ir más allá de una sofocante tienda de campaña.

El que abrió la veda de esta temporada en nuestro entorno fue Wakana Lake Reunion, que con el éxito de una primera edición celebrada a mediados de mayo tiene asegurada la celebración de la segunda. El lugar elegido es un valle frente a un lago en el parque natural Los Alcornocales en Cádiz, rodeado de restos arqueológicos y cuevas que albergan pinturas rupestres, para un aforo limitado a mil personas, música de baile y dedicada a la música instrumental y a la de baile con un total de 32 artistas en dos escenarios. En nuestra provincia, sin olvidar a la prehistoria del AV Festival en Sohail o el Starlite de Marbella como ciclo veraniego para clases altas, tenemos la segunda cita del Uva Festival del 8 al 11 de junio en las bodegas Descalzos Viejos de Ronda, un monasterio del siglo XV con tres escenarios dedicados al disco, el funk o el techno. Con entornos privilegiados y música seleccionada con cuidado, la intimidad que propone este tipo de festivales dispara una nueva oportunidad para el hedonismo.

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