Diario Sur

VIOLANTE LA MALAGUEÑA

La información sobre esta artista no es muy extensa, ya que cuanto conocemos de ella se debe a lo que el político don Julián de Zugasti y Sanz, natural de Coria del Río, escribió en su obra, «El bandolerismo. Estudio social y memorias históricas», publicado en 1876, en el que cuenta su presencia en una juerga, «hija legítima de los antiguos bailes de candil», en la que vio bailar a Violante la Malagueña. De ella dice que «aparentaba tener 24 o 26 años, viva, pizpireta, bullidora y movible como un glóbulo de azogue». Con respecto a su físico comenta que «Violante era blanca de color. Sus ojos, bien rasgados, en figura de almendra, con negras pupilas aterciopeladas. Tenía la nariz algo roma y una fresca y rosada boca admirablemente adornada de una dentadura blanquísima, igual y perfecta». Describe igualmente que «vestía un traje de seda azul, corto por delante, largo por detrás, de muy airoso corte».

Nos cuenta Zugasti que se había preparado en el centro del círculo que formaban los asistentes una mesa sobre la cual Violante debía ofrecer su baile. «La linda malagueña, plantada como una estatua sobre su pedestal, con los brazos en jarra, comenzó a moverse como si tuviese tembladeras. Aquel estremecimiento nervioso fue creciendo, siempre a compás» (...) «Poco a poco, en lenta y progresiva proporción, la esbelta y ágil andaluza, vibra, oscila, se cimbrea, se agita, se encorva, se eleva, se resuelve, zapatea y redobla convulsa y jadeante de emoción, pero de una emoción encerrada en los estrechos límites de aquella mesa. Una ruidosa salva de bravos y palmadas resonó como un himno, en alabanza de la graciosa Violante, que pareció muy satisfecha de tan completo triunfo, y de nuevo comenzó su danza con la misma compasada lentitud que al principio».

Tras hacer un panegírico sobre el zapateado que bailó Violante y el posterior bolero, don Julián Zugasti concluye así lo relativo a la bailaora malagueña: «Bajo la seducción irresistible de Violante, habíase estrechado el círculo de los concurrentes; de tal modo, que la mayor parte de ellos se encontraba junto a la mesa; unos haciendo palmas, otros golpeando a compás con sus cañas sobre la madera, y todos conmovidos y arrebatados por la habilidad y prestigio, superiores a todo encarecimiento, de la hermosa malagueña; la cual, ufana, alegre y ligera como un pájaro, hizo una graciosísima pirueta, y descendió de su pedestal entre los ruidosos aplausos y calurosas felicitaciones de sus admiradores»

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