Bunbury, en La Malagueta 20 años después

Concierto de Héroes del Silencio el 22 de junio de 1996.
Concierto de Héroes del Silencio el 22 de junio de 1996. / Fernando González
  • El 22 de junio de 1996 tocaba en la plaza de toros Héroes del Silencio. Su cantante regresará al coso malagueño el próximo sábado

Al fondo del armario de lo que fue mi habitación en la casa de mis padres descansa, bien planchada y colgada de una percha, una camiseta negra con una corona dorada de espinas y un rótulo blanco en su interior que reza 'Héroes del Silencio'. La compré el 22 de junio de 1996 en los aledaños de La Malagueta. Decían que las de dentro, las oficiales, eran más caras. Y juro por la barra espaciadora de mi teclado que por entonces tenía melena, que mi novia intentó convencer a mi madre de que no era buena idea que fuera a semejante concierto solo con mis amigos y que a punto estuvieron de venir, mi novia y mi madre, al recital de la banda donde cantaba Enrique Bunbury. Al final no se animaron. Tampoco se creyeron del todo que los agujeros de aquella camiseta eran de cigarrillos de otra gente.

Veinte años después, el 24 de agosto (estaba previsto para el 6 de agosto pero se canceló por una faringitis del cantante), Bunbury regresa a la plaza de toros de Málaga en un concierto basado en su largo repertorio, tanto al frente de Héroes del Silencio como en solitario. El cantante revisa éxitos y saca lustre a temas ensombrecidos por esas canciones referenciales en el disco 'MTV Unplugged. El Libro de las Mutaciones' (2015), que este verano presenta en directo en una gira que le ha llevado al Teatro Real esta semana y que la próxima le traerá de vuelta a Málaga.

'El camino del exceso', 'Avalancha', 'La chispa adecuada' y 'La sirena varada' sonaron hace dos décadas en La Malagueta y sonarán de nuevo, salvo sorpresa, el sábado que viene en el coso malagueño. Y entre uno y otro momento, Bunbury ha logrado un equilibrio más que honroso, un mérito cabal: que las canciones de entonces sean reconocibles y al mismo tiempo, nuevas; que los cuarentones en ciernes asumamos nuestros gustos adolescentes; que 20 años después, un ídolo de la primera juventud sea capaz de acompañarnos hacia la madurez sin avergonzarnos por el camino.

Mira hacia atrás Bunbury en un ejercicio de libertad sin ira cuando convierte 'Ahora', de aquel disco compartido con Nacho Vegas hace una década, en una presentación de 'crooner' engolado; remoza 'La sirena varada' con menos guitarras y más graves, con más cuajo y menos grito; sintetizadores sin la psicodelia esquizofrénica de 'Radical Sonora' (1997) para recordar que 'Hay muy poca gente'; aquella simpleza roquera de 'La chispa adecuada' baja el ritmo hasta el fraseo melódico... Sólo 'Mar adentro' mantiene casi intactos sus rasgos originales: la pista de las percusiones, el 'riff' de guitarra... Pero ahora todo parece planteado para la serenidad de un teatro, de un pequeño auditorio, no para el tumulto de un estadio o para la polvareda de una plaza de toros. Mala suerte, en ese aspecto, para quienes se acerquen a verlo a La Malagueta.

Porque quizá ese tiempo ya pasó para Bunbury y para quienes fuimos a verlo hace 20 años. Entonces hicimos cola durante horas y peleamos cada palmo de albero en busca del rincón más cercano al escenario. Ahora puede que busquemos el abrigo de la tablas, el asiento duro del tendido y la complicidad de la cervecita fresca en vaso de plástico.

Porque, como en aquel poema azucarado que descubrimos esos años, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Tampoco las canciones de Bunbury, casi ajeno al canto deportivo de aspiraciones olímpicas que manejó antaño. Ahora podemos volver a ellas, como hace 20 años, sin demasiado rubor. Porque siendo las mismas han cambiado. Porque aquellos estribillos se han hecho unos retoques y, aun así, no han perdido las arrugas del paso del tiempo, el apego que guardamos para la banda sonora de nuestra vida.

Porque ahora queda poco de aquella rabia insolente de la juventud, de aquel Bunbury impostado hasta el delirio que nos llevó por momentos hasta la vergüenza ajena, aunque uno jamás reniegue, en lo más profundo, ni de sus ídolos de la adolescencia ni de su equipo de fútbol. Ahora hay otro ritmo, otro poso, otra manera de estar más descreída; con suerte, un poco más serena. Es el viaje que han hecho estas canciones de Bunbury y no han quedado nada mal.

Quizá a nosotros tampoco nos quede tan mal aquella camiseta que compramos en 1996.