El lenguaje del cuerpo habla

fotogalería

Jupa Arias, Olga Magaña, Luz Arcas, Diego Arias, Nieves Rosales, Antonio Morales, Victoria Artillo. En primera línea, Ximena Carnevale y Thomé Araujo. / Ñito Salas

  • La danza pelea por un espacio con propuestas innovadoras, iniciativas privadas y un renovado «activismo» en una ciudad que se consolida como cantera de artistas

  • Por necesidad y por convicción, son «buscavidas» y, si no hay trabajo, ellos lo crean: montan sus propias compañías, abren escuelas y organizan talleres

No hay escenario ni llevan la vestimenta adecuada, pero se les pide un gesto relacionado con su profesión para la foto y dan saltos imposibles, se contornean sobre sí mismos, hacen piruetas, poses expresivas... Les sale de forma natural, ellos acostumbran a hablar con el movimiento de sus cuerpos. Y lo hacen desde Málaga, aunque no siempre se les escuche. La danza gana visibilidad en un mercado cultural precario y en un sector -el de las artes escénicas- dominado por el teatro. La eterna 'hermana pobre' planta cara a la situación con propuestas innovadoras, iniciativas privadas y un renovado «activismo» que impulsan bailarines y bailaores jóvenes y veteranos que han establecido en Málaga su base de operaciones (o al menos, una de ellas). El talento ya está: Málaga es la única ciudad andaluza con Conservatorio Superior de Danza, existen decenas de academias privadas y centros de formación especializados (como ESAEM) y las compañías profesionales se han multiplicado en los últimos años. Ahora falta que ese talento, que el próximo 29 de abril celebra su Día Internacional, encuentre su lugar.

En esta cita no están todos los que son -afortunadamente hay muchos más en esta tarea-, pero sí son todos los que están: el pionero de la danza contemporánea en Málaga Thomé Araujo (Málaga Danza Teatro), los maestros de la danza vertical y contemporánea con base en el folklore Diego y Jupa Arias (REA Danza), la bailarina de contemporáneo que abre fronteras Luz Arcas (La Phármaco), la «activista» de la danza contemporánea Ximena Carnevale (Ximena Carnevale Cía), la profesora y artista de flamenco conceptual Nieves Rosales (SilencioDanza), la bailaora y coreógrafa Victoria Artillo (Estudio de Danza&Música y Compañía Victoria Artillo), el bailarín clásico Antonio Morales (Ballet Profesional de Andalucía) y la promesa del flamenco contemporáneo Olga Magaña (Ararí Danza).

Una charla con quienes están a pie de escenario saca a relucir al momento los problemas del sector, algunos de ellos crónicos en todo el país, otros específicos de Málaga. En resumen: faltan espacios para crear y reunir a los profesionales de la danza, son insuficientes las tablas para mostrar el trabajo y el público escasea en una ciudad que puede presumir de preparar cada año a cientos de artistas en potencia. «Se montan bailarines para luego qué, ¿al precipicio?, ¿dónde carajo hacen las cosas?», se pregunta Diego Arias de REA Danza.

Porque es cierto que hay más alumnos, más compañías en activo y más diversidad en las propuestas que nunca, pero el 'estado de la profesión' «ha empeorado bastante». Lo dice el brasileño Thomé Araujo, que en los años 80 levantó Málaga Danza Teatro en una ciudad que apenas sabía qué era eso del baile contemporáneo. «No había nada, era la única compañía de Andalucía que subía a Valencia, a Madrid... Y me pagaban muy bien, podía tener a seis personas aseguradas en nómina. Los compañeros que siguen dando caña hoy cobran una miseria. Es una política de esclavitud», argumenta. Una tesis que comparten los hermanos Arias de REA Danza, compañía argentina instalada en Málaga hace 15 años. «Hubo un momento en el que me creí la película, creí que estaba mejorando, que se abrían nuevos espacios, pero fue todo ficticio. Nos vendieron una película que después no respaldaron», afirma Diego.

Por necesidad y convicción, ahora son «buscavidas», dice Victoria Artillo. «No puedes esperar a que suceda el milagro», añade Ximena Carnevale. Por eso bailan, organizan talleres, fomentan encuentros y enseñan su arte donde les dejan; un «movimiento» paralelo a la enseñanza reglada y a la oferta oficial con la que intentan «darle la vuelta a la situación» desde casa. «Porque si se va todo el mundo a Madrid, ¿quién se queda aquí?», pregunta Olga Magaña, que da los primeros pasos con su compañía Ararí Danza tras ganar MálagaCrea con 'Toma que time'. «Me quedo porque quiero reivindicar que soy malagueña y que no tengo que irme a Madrid para trabajar», añade Nieves Rosales, fundadora de SilencioDanza, profesora de Flamenco en el Conservatorio Superior e impulsora de proyectos como el Castillo de las Artes en Morón de la Frontera (ya cerrado por falta de apoyo municipal).

Si no hay trabajo, ellos lo crean. Victoria Artillo, licenciada en Coreografía de Flamenco, abrió hace cinco años su propia escuela en Paseo de Sancha, donde instaló la residencia de su compañía flamenca con la que ha actuado, por ejemplo, en la IV Bienal de Málaga. También Antonio Morales -uno de los pocos junto con el Joven Ballet de Málaga que apuestan por hacer clásico desde aquí- gestiona su propio centro de formación en el Palo y ha creado el Ballet Profesional de Andalucía. Mientras, Araujo recibe en La Nave, en Santa Paula, a bailarines «y afines» que quieran ejercitar el cuerpo. «Porque la danza no es patrimonio del bailarín», apunta. En esos 'afines', precisamente, está el público que tanto necesita la danza.

Victoria Artillo lo corrobora: «Las escuelas son potenciadoras de afición. Tan importante es la formación de la persona que se va a dedicar a esto como la base, los niños que se están introduciendo en este mundo, o los mayores que se lanzan a probar. Hay que motivarles y no educar solo en la técnica». Para Morales, el cambio en el sector tiene que venir desde los mismos profesionales de la enseñanza. «Queremos crear una primera figura, pero de cientos de alumnos saldrá una. Eso hace que les quede un mal recuerdo de la danza y se desentiendan de ella», argumenta. Y, como dice Araujo, «mientras no exista un circuito amateur de la danza no vamos a tener un circuito profesional. Si todos queremos ser la estrella y el primer coreógrafo, pliega y vámonos».

De nada sirve contar con una red de espacios dedicados a la danza si luego están vacíos. «No nos han enseñado a ir al teatro a ver danza. Hace falta que la danza sea vista como una necesidad, pero el primer arte del ser humano se ha desapegado del día a día», señala Luz Arcas, directora de La Phármaco. En la raíz del problema está la falta de tradición y algo más: «La posmodernidad ha hecho mucho daño, ha espantado al público con unas propuestas herméticas y conceptuales que mi generación está intentando erradicar». En su opinión, la solución pasa por «empezar desde el principio», en los colegios.

Herramienta potente

Olga Magaña recuerda que en Brasil ya se imparten asignaturas de danza y teatro en los colegios, «una herramienta súper potente que ayuda al desarrollo de la creatividad» y a saber usar el gesto. «Gesticular, más allá de los metacarpos con la pantalla del móvil y el ordenador», apostilla.

Ella propone sacar la danza a la calle para acercarla a la gente, pero REA Danza -pioneros de la danza vertical y los únicos en Málaga que siguen atreviéndose con ella- demuestra con su experiencia que eso no es tan sencillo. «Teníamos más problemas que otra cosa. Lo hacíamos gratis, pero Vía Pública te cobra por usar espacio, te cobra la SGAE, tienes que asumir los desperfectos que se puedan producir, te exigen dar de alta a todos los participantes... No nos dejaban opciones». Lo hacían convencidos de que la gente «perdería el miedo» a la danza si se cruzaba con una acción en su día a día, en un lugar insólito, mientras iban a la compra o al trabajo. Pero sin nadie que les «cubriera las espaldas», abandonaron esas acciones por libre seis años después.

Pero algo se está moviendo en la danza de Málaga. A falta de un centro en el que los profesionales del sector intercambien experiencias, algo que todos coinciden en reclamar, surgen iniciativas como la de Ximena Carnevale, que puso en marcha hace dos años Inercia, una Plataforma de Encuentro e Interacción para las Artes en Movimiento. En la residencia de su compañía, La Caverna de Amores, Ximena y su compañero Ricardo López organizan talleres y encuentros con creadores de distintas partes de la geografía nacional, que también muestran en este espacio sus trabajos. Lo hacen, dicen, «por pura necesidad artística».

En otro punto de la ciudad, Antonio Morales organiza cursos de danza clásica en La Térmica por los que ya han pasado nombres como Ricardo Franco, exprimer bailarín del Nacional, y Laura Morera, primera bailarina del Royal Ballet, entre otros. «Hemos conseguido que los bailarines no tengan que salir fuera para tomar el pulso a la actualidad y poder bailar. Ahora son los bailarines, profesores y coreógrafos de gran prestigio los que vienen a Málaga», afirma.

La evolución es más visibles para quien lo ve desde fuera. Como Luz Arcas, en Madrid desde hace doce años y que ahora con La Phármaco prepara su primera gran gira internacional con su última creación, 'Kaspar Hauser'. «Málaga ha avanzado muchísimo, ahora pasan muchas cosas aquí».

Y se intuye que muchas más van a pasar. Reconocen que falta unión en la danza: «Vamos por separado», dice Rosales. «Es el egoísmo de la danza. El bailarín trabaja solo. Solo yo puedo subir mi brazo así, solo yo puedo sentir lo que siento cuando me muevo, por eso es tan individualista», añade Araujo. «Sí, pero ver a los compañeros es inspirador», responde Rosales. «Absolutamente. Cuando yo te veo absorbo las cosas que me conmueven», reconoce Araujo. Tras hora y media de charla, queda claro que todos además de colegas son amigos y se respetan. La base para ir de la mano existe, queda echar a andar.