El Museo Ruso revisa los tópicos sobre el realismo socialista

Los cuadros monumentales cumplían una misión propagandística del régimen soviético./Francis Silva
Los cuadros monumentales cumplían una misión propagandística del régimen soviético. / Francis Silva

La nueva muestra anual en Tabacalera descubre las propuestas menos conocidas del arte soviético

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

El partido consideró que había demasiado cielo y poco líder, así que rechazó la presencia del cuadro ante la vista del público. Lenin aparecía en pleno discurso, pero el ideario del partido reclamaba todavía más protagonismo geográfico sobre la superficie del lienzo, así que ‘Lenin en la tribuna’ (1927) de Isaac Brodsky permaneció almacenado durante años. Su estilo sí casaba con las reclamaciones del poder político: claro, propagandístico y entusiasta con el ideario bolchevique, pero le fallaban las proporciones en opinión de los guardianes de la maquinaria publicitaria soviética.

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La historia de esta pequeña pieza surge en la primera sala de la nueva exposición anual de la Colección del Museo Ruso, que sigue el orden cronológico de su predecesora (‘La Dinastía Románov’) para poner el foco en el arte desplegado durante el periodo soviético, desde la Revolución de Octubre de 1917 hasta la descomposición de la URSS en los albores de los años 80 de la ‘perestroika’. Pero la nueva propuesta del Museo Ruso va más allá de la vista panorámica para indagar en los ‘versos sueltos’ de aquel discurso monolítico a través de un montaje más liviano y también más sugerente que en ocasiones anteriores, hasta presentarse como una de las propuestas más ‘redondas’ entre las vistas en el museo de Tabacalera. Este fin de semana puede verse gratis en las jornadas de puertas abiertas de sábado y domingo.

La exposición

Título
‘Radiante porvenir’.
Fecha
Hasta febrero de 2019.
Horario (común a las tres exposiciones)
De martes a domingo, de 9.30 a 20.00 horas. Este fin de semana, el Museo Ruso ofrece dos jornadas de puertas abiertas para conocer sus nuevas exposiciones. La entrada también es gratuita todos los domingos a partir de las 16.00 horas.

La vicedirectora del Museo Estatal de Arte Ruso de San Petersburgo, Evgenia Petrova, comisaria del montaje, ponía ayer las cartas sobre la mesa: «En Europa apenas se conoce el arte de la Unión Soviética (...). A ese arte lo llamamos realismo socialista. Se considera un arte muy parecido durante varias décadas, dedicado a los líderes, a los gobiernos y a las ideas políticas, pero en realidad todo ha sido un poco distinto, porque aparte del arte oficial existía un arte que vivía su propia vida. Ese mito de que el arte era el mismo en esta época nos gustaría romperlo y enseñar la verdad, porque todo era mucho más complicado y mucho más interesante».

Y así se presenta esta selección de 132 obras procedentes del museo de San Petersburgo que durante los próximos doce meses ocupará los pabellones de Tabacalera. Porque los imponentes lienzos a modo de vallas publicitarias del régimen soviético pintados por Grigori Shegal, Viktor Vijtinski y Dimitri Nalbandián ocupan un papel más que protagonista, como hicieron en aquel periodo, pero el proyecto del Museo Ruso hace convivir estas obras propagandísticas con creaciones más sutiles y complejas.

El proyecto reivindica el eclecticismo en torno a una ideología que marcó la creación plástica durante más de medio siglo

Conviene empezar por el ‘descubrimiento’ de Sofía Dímschits-Tolstaia, artista experimental en las primeras décadas del siglo XX que años después se acercó al realismo exigido por el régimen soviético sin abandonar su querencia de vanguardia a través de retratos de la «nueva mujer: agitadoras, trabajadoras de choque y directoras de koljoses».

Descarga ideológica

La obra de Dímschits-Tolstai enlaza con la reflexión planteada ayer por el director de la agencia municipal que gestiona el Museo Ruso, José María Luna, quien reivindicó el «valor artístico» de muchas de estas obras una vez que se ha procedido a su «descarga ideológica». Sucede también unas salas más adelante, al pasar los grandes lienzos oficiales y adentrarse en la sección dedicada a los trabajadores anónimos. Brillan en este apartado dos pequeños cuadros de Boris Yermoliaev: ‘A la mesa’ (1937-1938) y ‘Escuchando las noticias’ (1938). Escenas cotidianas alejadas de la épica dominante, sencillas, casi infantiles, y al mismo tiempo de una profunda melancolía.

Los cuadros luminosos de Yermoliaev corrieron la misma suerte que las ‘pinturas negras’ de Samuil Adlivankin: el ostracismo. Este último firma las escenas tenebrosas de ‘Liquidaremos la brecha’ (1930) y ‘En la sede del koljós antes de acometer la lucha por cumplir el plan de producción’ (1931), cuya temática enlaza con la siguiente sección, dedicada al mundo obrero.

Aquí nuevos contrastes elocuentes en las salas de Tabacalera. Las escenas idealizadas de obreros apenas manchados, con buenas botas de piel lustrosa a cargo de Vasili Yakolev en su ‘Mineros escriben una carta al creador de la Gran Constitución’ (1937) se suman al ‘Trabajador de choque (Constructor del socialismo)’ (1932) de Aleksei Volter que parece salido de un catálogo de moda. Y en la pared contigua, las escenas de fábricas a pleno rendimiento a cargo de Aleksandr Kuprín y Vasili Rozhdestvenski, sólo que aquí no asoma el heroísmo ni la épica ni la idílica vida del obrero, aquí hay fuego, humo y operarios sin rostro afanados en una tarea interminable.

Movimiento y erotismo

La siguiente sección está dedicada al deporte. El protagonismo debería ser –y de hecho lo reclama en buena lid– para el dinamismo de Alexandr Deineka en ‘Mediodía’ (1932) que surge emparentado en una paleta de colores casi idéntica con la obra de Aleksandr Samojválov ofrecida en ‘Chica con pelota’ (1933) y ‘En el estadio’ (1934-35).

Y sin demérito de lo anterior, en un recodo de la sección surge el delicado erotismo de este último autor en ‘Después de la carrera campo a través’ (1934-35), con una deportista al modo de la Venus de Milo, y ‘En la Fortaleza de San Pedro y San Pablo’ (1934) de Alekséi Pajómov. Mujeres desvistiéndose con la escena del segundo plano difuminada, la serenidad de los tonos pastel, la firmeza de una mirada fija en el espectador, sin miedo ni dudas. Una demostración de fuerza en silencio, lejos de las proclamas del partido.

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