Del multimillonario antisemita a la reina destaconada

María Teresa de Austria.
María Teresa de Austria.

Tal día como hoy nacía Henry Ford y moría María Teresa de Austria

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Henry Ford, que tras haber revolucionado la situación laboral de sus empleados se compró un periódico para criticar tan a gusto a los judíos que el mismísimo Hitler se crió a sus pechos de papel, y moría María Teresa de Austria, único retoño superviviente del Imperio en el que nunca se ponía el sol.

Henry Ford: 30-7-1863 al 7-4-1947

El treinta de julio de 1863 nacía, en una granja al oeste de Detroit, Henry Ford, que llegaría a amasar una inmensa fortuna gracias al denominado “fordismo”, un sistema que consistía en fabricar un gran número de automóviles de bajo coste mediante la producción en cadena, utilizando en el proceso maquinaria especializada y empleando a un gran número de trabajadores con sueldos que doblaban el salario establecido, una reducción de la jornada laboral a ocho horas y dos días de descanso semanales.

Este revolucionario programa, en el que los trabajadores estaban tan motivados que se afanaban como genuinas hormigas obreras y la producción en cadena iba sacando coches Ford como no menos genuinos churros, convirtió a mister Henry en un personaje mundialmente conocido cuya fortuna se acrecentó durante la Primera Guerra Mundial cuando, tras declararse pacifista y acusar a los Estados Unidos de haberse autohundido el Lusitania para entrar en el conflicto y hacer su agosto armamentístico, él mismo se puso a vender municiones como si no hubiera un mañana bélico. Al finalizar la guerra, tal vez por los pingües beneficios que se acababa de embolsar, Ford se rindió a una especie de epifanía antisemita y se compró su propio periódico, The Dearborn Independent, para criticar tan a gusto a los judíos que el mismísimo Aldolf Hitler se crió a sus pechos de papel y colgó a mister Henry en su mejor pared, en forma de retrato, eso sí, a la vez que iba modelando el Volksvagen a imagen del Ford T.

Mientras la Liga Antidifamación denunciaba a Henry por su campaña antisemita, el cónsul alemán en Cleveland rubricaba el pecho fordiano con la más alta condecoración que la Alemania nazi podía otorgar a un extranjero, a la sazón la Gran Cruz de la Orden del Águila, que aguileñamente se le atragantó un poco cuando le cerraron el periódico, aunque se consoló creando la Fundación Ford para promover el bienestar de la gente. De la gente no judía, se entiende.

María Teresa de Austria: del 10-9-1638 al 30-7-1683

Ciento ochenta años después del nacimiento detroitino de Henry Ford, moría en Versailles María Teresa de Austria, que en realidad era infanta de España y reina de Francia, aunque el añadido austriaco le venía porque su padre, tras el fallecimiento de su primera esposa, se había recasado con la novia de su hijo muerto, que además de archiduquesa era sobrina carnal, que todo quede en casa y viva la endogamia. María Teresa, único retoño superviviente del Imperio en el que nunca se ponía el sol, llegó a la corte gala sin hablar una palabra de francés aunque llevando bajo el brazo el primer chocolate que cruzó los Pirineos y unas naranjas de Valencia enormes que a Luis XIV le pusieron los ojos afrutados, si bien se le desafrutaron de inmediato cuando miró a su futura esposa y, tras la boda, el Rey Sol envió a la flamante reina nublada, no a contar naranjas de la China porque el citrus sinensis ya estaba en casa, sino a sus reales y privados aposentos, con sus damas de compañía españolas, sus enanos favoritos y su chocolate.

De vez en cuando, eso sí, el rey se daba una vuelta por la alcoba teresiana para engendrar un delfín – no cetáceo sino luisino y susceptible de heredar el trono – y alguna que otra princesa gabacha, mientras en su propio dormitorio reysoleado le aguardaba la amante fija de turno o alguna ocasional, y María Teresa embalsamaba la cornamenta con dosis ingentes de chocolate y con unos tacones altísimos que le había encargado al modisto de palacio y con los que se iba cayendo por todo Versailles, para regocijo de la corte y sonrojo de Luis, que de buena gana le hubiera tirado una naranja valenciana para desequilibrarla si no se hubieran encargado ya de ello los zapatos con los que pretendía sobresalir aunque fuese en altura. Ahí sí que se picó Luis, que rey sol lo sería mucho pero achaparrado también, y no tardó en añadir a su propio calzado unos tacones rojos que, sumados a la peluca cardada que puso de moda, le elevaron unos centímetros por encima de sí mismo, tras lo cual prohibió, bajo pena de muerte, que la corte se le entaconara aunque los empelucó a todos. Vive la France.

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