Mosquito tigre

Sr. García .
Cruce de vías

Les gusta atacar a traición, sobre todo prefieren las extremidades inferiores, la espalda, los sitios que menos controlamos

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .

Soy animalista, pero he declarado la guerra a los mosquitos tigre. A las seis y veinte de la mañana cierro puertas y ventanas, me refugio en el interior de casa y estoy en guardia hasta aproximadamente las diez. Luego respiro tranquilo hasta que anochece. Alrededor de las siete y media de la tarde paso un par o tres de horas pendiente de los ataques sorpresa. Vuelo sin motor, esta es su principal arma. Aparentemente torpes en sus movimientos, pero silenciosos. No silban como los mosquitos de toda la vida, tampoco atacan de noche, o sea que tanto el enemigo como yo dormimos en paz hasta que se despiertan. Los mosquitos tigre tienen un radio de acción de 225 metros.

No van más allá, no hacen viajes largos, se quedan cerca de casa y por este territorio se mueven desde que nacen hasta que caen muertos. Después de chupar la sangre se van volando a poner decenas de huevos. Una vida destinada a comer y criar, poco más. Ahora mismo, 19.55 de la tarde, mientras escribo este cruce de vías, una de sus hembras ha entrado en el cuarto sin que me haya dado cuenta y acaba de picarme en el tobillo. Les gusta atacar a traición, sobre todo prefieren las extremidades inferiores, la espalda, los sitios que menos controlamos. Actúan por lo bajini, quedamente, con sigilo, como si en vez de la sangre succionaran el espíritu. Los mosquitos tigre son peligrosamente tímidos.

He pasado el verano alerta por culpa de ellos, nunca me había ocurrido antes nada similar. Era un hombre libre, sin temores. Ahora me levanto y me acuesto pensando en el enemigo, obsesionado, temeroso de sufrir su picadura. Cada día abro fuego y disparo el insecticida más potente que existe en el mercado. Sin embargo, siempre tengo un descuido, un instante de olvido, y ¡zas! Me dejan tocado y tal vez hundido, afirmo esto último porque algunos van armados con virus letales capaces de eliminarnos. Lo peor de todo es que no hablan nuestro idioma.

No podemos negociar ni llegar a un compromiso de mutuo respeto. Como no hay acuerdo que valga he decidido actuar por mi cuenta para salvar la integridad física. Puesto que para ellos la sangre es un alimento de primera necesidad para conservar la especie, voy a proporcionarles otra sangre que no sea la mía ni la de mi familia. A cambio les exigiré que dejen de remolonear por casa. Yo los comprendo, sé que pican para salvar la vida de sus hijos. Les buscaré la sangre redentora hasta que llegue el frío y se vayan. Esta noche, mientras los tigres duermen, atacaré a la víctima elegida. Como mi radio de acción es kilométrico no creo que tenga problemas en encontrarla.

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