Metateatro para reconciliarse con la locura

Los protagonistas, en una escena de la obra. :: f. torres/
Los protagonistas, en una escena de la obra. :: f. torres

'El baile de los incoherentes' utiliza el recurso de una obra dentro de una obra para abordar la demencia de August Strindberg

FERNANDO TORRES MÁLAGA.

Un escenario, tres telares, tres colores, tres espacios. El mal y el bien (el caos y la cordura, dependiendo del momento) danzan, vestidas la una de rojo y la otra de blanco, antes de echarse a reír. Los primeros minutos de 'El baile de los incoherentes' ya dejan claro que de alegorías va la historia (todo sea por reflejar la compleja locura de la vida familiar del dramaturgo sueco August Strindberg). Esta obra simbólica llegó ayer a las tablas del Echegaray con un lleno absoluto de la mano de La Böhemia Producciones, escrita por Gonzalo Campos y dirigida por Carmen Ruiz-Mingorance. El texto camina por la demencia del escritor de teatro que en el siglo XIX triunfó en Suecia, utilizando el metateatro, es decir, una obra dentro de otra obra.

La apuesta era arriesgada y el público se revolvió varias veces en sus butacas dejando pasar el tiempo, atento a los mensajes ocultos, quizá más encriptados de la cuenta en algunas escenas. Marcel, un padre de una familia que se desmorona es desagradable con su mujer pero apasionado con su amante. Su esposa, que ha renunciado a su carrera como actriz para criar a su hija (una adolescente al borde del aislamiento social por culpa del drama de su hogar), decide volver a los escenarios para sentirse plena de nuevo y, la obra para que la eligen es, precisamente, una de August Strindberg (en la que participa la sexy y joven amante, claro).

Entretanto, la hija del matrimonio roto va dejado que la mujer vestida de rojo vaya ganando la batalla en su interior, abriendo la puerta a bailar con la locura. Todo esta carga dramática está representada de forma inteligente y audaz, en un soberbio juego de luces.

Para ubicar al espectador, el personaje de Marcel abandona el escenario y aparece por el lateral, como si llegara tarde. En ese momento, todo el teatro se convierte en parte de la obra. El escenario se convierte en el plató sobre el cual esposa y amante de baten en duelo interpretativo. Paradójicamente, es 'la otra' la que encarna a una mujer celosa que recrimina a una amiga de su marido por sus relaciones pasadas (básicamente, el mundo al revés). El guión juega constantemente con las contradicciones, los símbolos, y lo de incluir al respetable del Echegaray en parte de la obra (al término de la escena ficticia, el actor sentado todavía entre los espectadores consiguió arrancar un aplauso confuso pero divertido) fue un golpe de efecto ante el que todo el mundo se rindió.

La Böheme demostró ayer que en el teatro no está todo inventado y que, con destreza técnica y calidad interpretativa se pueden contar historias complejas, porque es ahí donde realmente se puede abordar la locura, incluso la de August Strindberg.

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