Mentiras

Mentiras
Sr. García .
Cruce de vías

Me habría gustado seguir siendo siempre niño, perolos mayores no me dejaron. Ellos vivían en otro mundo

JOSÉ ANTONIO GARRIGA VELA y SR. GARCÍA .ILUSTRACIÓN

Yo era un niño que me creía todas las historias que los demás contaban. Daba igual lo que fuera, la aventura más insólita entraba a formar parte de la realidad. No conocía el engaño, incluso cuando yo mentía, creía firmemente en lo que estaba diciendo. La imaginación también pertenecía al universo real, aunque esto último los adultos no lo comprendían. Ellos consideraban la realidad como algo muy serio y preocupante. Me habría gustado seguir siendo siempre niño, pero los mayores no me dejaron. Ellos vivían en otro mundo y me exigían verlo a través de sus ojos en vez de los míos. Aprendí que hay ojos que se enamoran de legañas. Un día alguien me dijo que al hacernos mayores volvíamos a la infancia. Yo no tenía muy claro a qué edad se hacía uno mayor. Mi madre tenía justo treinta años más que yo. Cuando cumplí nueve, ella aún no había llegado a los cuarenta, lo hizo el mes siguiente. Así que mi madre era una persona mayor y la abuela era aún más mayor que su hija. Ahora estoy en el mundo que mi abuela habitaba entonces. Un mundo lejano y misterioso, como una isla diminuta en medio del océano Pacífico.

El niño que fui se arrodillaba delante del confesionario. El cura me agarraba del hombro y preguntaba qué pecados había cometido. Yo contestaba que ninguno, pero él insistía. Me ponía a repasar en silencio los diez mandamientos e inmediatamente constataba que los había cumplido todos a la perfección. Hasta que al final el cura insistía tanto que no me quedaba más remedio que inventar un pecado para que me dejara tranquilo. Mentía para salir a jugar con los otros pecadores arrepentidos de mi edad, aunque antes de abandonar la iglesia tenía que cumplir la penitencia. Tres avemarías. «Me arrepiento de decir mentiras», confesaba yo al cura en voz baja. Siempre el mismo pecado, mi único pecado. Mentir era el salvoconducto para alcanzar la libertad.

Después fui descubriendo otros pecados que era preciso cometer para conseguir ser libre y hacer lo que me apeteciera. Me convertí en un niño mentiroso y desobediente. También tenía malos pensamientos. Los malos pensamientos consistían en sueños fantásticos, mientras que los buenos pensamientos resultaban aburridos. Ya he sobrepasado la edad de las personas mayores que vivían en otro mundo. Paso lista a las mentiras que he ido contando a lo largo de los años. Me divierte el hecho de ganarme la vida contando mentiras. Me pagan por mentir, cuanto más grande es la mentira mejor. Un conjunto de mentiras que acaban siendo verdad. Me confieso en público y las personas mayores se quedan asombradas como niños.

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