Manuel Arias, profesor de la UMA: «Los mensajes de los ecologistas han sido demasiado apocalípticos»

El profesor Manuel Arias Maldonado. /Sur
El profesor Manuel Arias Maldonado. / Sur

El profesor de la UMA Manuel Arias Maldonado reflexiona sobre los vínculos entre medio ambiente y debate público en ‘Antropoceno. La política en la era humana’

ÁLVARO SOTO

El Antropoceno es un concepto controvertido sobre el que los geólogos no se ponen de acuerdo y que no tiene fecha de inicio, pero que desde hace años se ha introducido en el debate científico. El consenso define el Antropoceno como la época geológica en la que los cambios medioambientales están regidos por el ser humano. Estos cambios, que se aceleraron desde hace 200 años con la Revolución Industrial, se concretan en el calentamiento global o en la acidificación de los océanos y se han visto como una catástrofe, por lo que representan de destrucción del mundo natural como se había conocido hasta ahora. Pero el profesor de la Universidad de Málaga Manuel Arias Maldonado los relativiza en ‘Antropoceno. La política en la era humana’ (Taurus) y reclama una reflexión serena y profunda sobre los efectos que para la sociedad liberal y la democracia tiene esta mutación planetaria que pone en juego la existencia de la humanidad. «El Antropoceno se caracteriza por su ambivalencia», dice.

Antes que en el Antropoceno, el hombre ha vivido en el Holoceno, un periodo entre glaciaciones. «De hecho», relata Arias Maldonado (Málaga, 1974), «estaba previsto que la próxima glaciación se produjera dentro de 40.000 años, y con el calentamiento global se retrasará hasta dentro de 100.000. Esto es una buena noticia», ironiza el autor. «El mundo será diferente en el futuro, sí, pero la idea de que ha existido un orden natural que nuestra civilización se ha cargado es totalmente falsa. A lo largo de la historia ha habido cinco extinciones masivas y cinco glaciaciones. La historia planetaria no es pacífica», sostiene el autor. La gran novedad es que, en el Antropoceno, la mano del hombre provoca un registro fósil, es decir, «una huella que los marcianos podrían detectar si se instalaran en la Tierra», explica el profesor

Defiende una postura «moderadamente optimista» sobre la lucha contra las tragedias naturales

En el libro, Arias Maldonado defiende una postura «moderadamente optimista» sobre la lucha contra las tragedias naturales y se basa en dos factores: los avances tecnológicos y la concienciación de la población. «Las soluciones pueden llegar mucho más rápidamente de lo que creemos», apunta el profesor, que opina que los mensajes de los ecologistas «han sido demasiado apocalípticos porque su objetivo era llamar la atención».

¿Sacrificar generaciones?

Desde los años 70, el medio ambiente se ha convertido en un tema central de la agenda pública. De ahí se desarrolló el ecologismo político, «que se ha agotado». «Entró en declive y perdió credibilidad cuando se comprobó que el ‘extinguismo’ de la especie humana no se cumplía», cuenta el escritor. Pero el cambio climático, prosigue, «ha vuelto a poner de relieve el ecologismo». «El capitalismo fósil (por el uso del carbon y el petróleo) ha cambiado el clima, pero también ha sacado a millones de personas de la pobreza. ¿Queremos sacrificar a generaciones enteras en los países en desarrollo por el purismo climático?», se pregunta el profesor. A su juicio, «el ecologismo se ha utilizado para tratar de desmantelar el capitalismo», y asegura que «la ciencia no puede ser el criterio vector de las decisiones políticas porque no hay una sola manera de ser sostenible». «Han surgido corrientes de ecomodernismo más amistosas con la teoría de que la conservación del medio ambiente sólo puede suceder en sociedades ricas», asevera el profesor malagueño, que también ha publicado ‘La democracia sentimental. Políticas y emociones en el siglo XXI’.

«El ecologismo se ha utilizado para tratar de desmantelar el capitalismo»

Además, Arias Maldonado ve «discutibles» los vínculos que muchos analistas han establecido entre conflictos como el de Siria y las sequías provocadas por el cambio climático. «Hay zonas secas que están muy bien administradas y donde no hay guerras», apunta el autor, que disfrutó de una beca Fulbright en la Universidad de Berkeley y que ha investigado, entre otros centros, en el Rachel Carson Center de Múnich y en el Departamento de Medio Ambiente de la Universidad de Nueva York.

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