Del médico que quería despertar al rey que no quería reinar

Albas y Ocasos

Tal día como hoy nacía Oliver Sacks, cuya experiencia con enfermos de encefalitis letárgica fue reproducida en la película “Despertares”, y moría Felipe V de España, que en los últimos años de su vida había estado más zumbado que una colonia de avispas fertilizadoras

MARÍA TERESA LEZCANO

Tal día como hoy nacía Oliver Sacks, cuya experiencia con enfermos de encefalitis letárgica fue reproducida en la película “Despertares”, protagonizada por Robin Williams y Robert de Niro, y moría Felipe V de España, que en los últimos años de su vida había estado más zumbado que una colonia de avispas fertilizadoras.

Oliver Wolf Sacks. Del 9-7-1933 al 30-8-2015

El nueve de julio de 1933 nacía en Londres Oliver Wolf Sacks, que andando el tiempo sería nombrado comendador de la Orden del Imperio Británico por sus investigaciones neurológicas. Sacks trabajó en el hospital Beth Abraham de Nueva York con supervivientes de la epidemia de encefalitis letárgica que entre 1917 y 1928 había causado millones de muertos en todo el mundo. La encefalitis letárgica, como bien indica su nombre, es una inflamación del encéfalo que te deja amuermado en un rincón, como estando pero sin estar, y cuyos síntomas combatió Sacks con una droga llamada L-Dopa, la cual, como también indica su nombre, te dopaba lo suficiente para que te echaras unas carreras con tus colegas de hospital, experiencia que quedó reflejada en la película Despertares, en la que un doctor Sacks interpretado por Robin Williams le suministra a un catatónico Robert de Niro L-Dopa a granel y lo catapulta momentáneamente del sueño a la vida hospitalaria. Comoquiera, sin embargo, que los pacientes se le volvieron a dormir, Sacks se fue con la L-Dopa a otra parte y se puso a escribir sobre sus experiencias médicas, describiendo aquí el síndrome de Tourette, ampliando allí los efectos de la enfermedad de Parkinson, explicando allá que las alucinaciones no son específicas de la locura y que una persona sana puede experimentarlas si bebe con el suficiente entusiasmo o ayuna a destajo, y especificando acullá qué es la agnosia visual en un libro titulado “El hombre que confundió a su mujer con un sombrero”, obra que Michael Nyman convirtió posteriormente en ópera, y el activista por los derechos de los discapacitados Tom Shakespeare aprovechó para definir a Sacks como “el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria”. Y a todo esto De Niro sin despertar.

Felipe V de España. Del 19-12-1683 al 9-7-1746

Ciento ochenta y siete años antes del nacimiento londinense de Oliver Sacks, moría en Madrid Felipe V, a consecuencia de un ataque cerebrovascular que lo sanó de una vez por todas de la enfermedad mental que en los últimos años lo había dejado más zumbado que una colonia de avispas fertilizadoras. Felipe V, apodado “el Animoso” no porque fuese la intrínseca alegría de la huerta sino porque el único modo que había encontrado para vencer la apatía congénita que Sacks hubiese resuelto con un chute de L-Dopa, era la de guerrear a diestra y a siniestra, reinó sin reinar durante más de cuarenta años: habida cuenta sus episodios, cada vez más frecuentes, en los que una cabra era comparativamente más cuerda que su majestad, eran sus ministros y sobre todo la reina, Isabel de Farnesio, quienes gobernaban España, mientras el rey se paseaba desnudo por el palacio para evitar que lo envenenaran a través de sus camisas, croaba cuando se sentía sapo o se mordía a sí mismo cuando se despertaba perro; variantes animales que alternaba con la constante de querer escapar a toda costa del palacio y del reinado, ocasión que se presentó cuando consiguió abdicar a favor de su primogénito Luis I, quien fue apodado “el Bienamado” aunque bien pudo haber sido conocido como “el Efímero” ya que finó doscientos veintinueve días tras la coronación, cuando una epidemia de viruela que pasaba por allí lo bienamó a la vez que lo efemerizaba en regias erupciones víricas. Tras el breve paréntesis de libertad, al pobre Felipe lo recoronaron a la fuerza, ante cuyo hecho mostró su disconformidad arreándole a la reina un puñetazo en su farnasia faz y redactando a escondidas una carta en la que volvía a abdicar, esta vez a favor de Fernando, aunque la misiva fue interceptada y el rey castigado en sus aposentos, donde gritaba como un poseso o cantaba como un castrati, según le daba el aire. Qué tiempos aquéllos.

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