Manuel Alcántara

Manuel Alcántara

El maravilloso juego de piernas sobre la Olivetti se mantiene intacto

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Voló por los cinco continentes persiguiendo la estela de los nuevos gladiadores. Púgiles encerrados entre doce cuerdas a los que él, milagrosamente, convertía en leyenda gracias a la combinación exacta de unos cientos de palabras. Y del mismo modo que elevó a aquellos hijos de la nada a la condición de héroes clásicos, Manuel Alcántara lleva décadas mejorando el mundo con un simple teclear letras. Cada día la presunta trascendencia rebajada, la humanidad valorada. La ironía como una herramienta de la inteligencia.

Hoy, ayer, un nuevo premio. Recibido en Málaga, de la mano de la Fundación Eisenhower Fellows. Lleva los galones de la edad y los muestra entre el orgullo y el sarcasmo. La edad se le nota en el 1.928 del DNI y en ese bastón fino que va a su lado pero no en el artículo nuestro de cada día. El maravilloso juego de piernas sobre la Olivetti se mantiene intacto. Agudo, desmitificador, brillante y compasivo. Conoce la pasta de la que estamos hechos, la música ronca del mundo. Y con esa materia fabrica cada día el prodigio. Sin bajar nunca el rasero. Puede que le haya ocurrido lo que a aquel campeón mundial de los pesados, Floyd Patterson: «Nunca he sido noqueado. He estado inconsciente, pero siempre de pie». Así que cada tarde el cuadrilátero del folio proclama un vencedor inapelable. Derrotado por KO, el artículo, ese desafío, viaja por medio de un viejo fax hacia las tripas de los periódicos. Manuel Alcántara no alza los brazos con frenesí como lo hicieran sus admirados púgiles de ébano. Prudentemente levanta una copa, sí, pero no es un trofeo labrado en plata, sino un simple vaso con líquidos destilados.

Tiempo para volver a los libros, a la memoria y a los amigos. Quevedo, Ruano, Aldecoa, Madrid, el horizonte cotidiano y siempre mágico del Mediterráneo. Los juguetes rotos del boxeo y aquellos otros que la vida, laboriosamente, ha ido desmontando. Frente a ese caos, Alcántara levanta una red de palabras, un pensamiento, una luz, que amortiguan el vértigo y dulcifican la tarea de vivir. Trae a la tierra a esa gente que a lomos de zancos nos miran por entre las nubes del poder. Convierte cada día los coches oficiales en humildes y casi comestibles calabazas. Ayer, un nuevo premio unido a la libertad de prensa. Hoy el premio de un nuevo artículo suyo. Enhorabuena a él. Y enhorabuena a todos nosotros. Sus lectores.

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