Lord Gregorio

Ilustración realizada por Fernando Núñez. /
Ilustración realizada por Fernando Núñez.

SALVADOR MORENO PERALTA

Ya el solo hecho de llamarle Chiquito de la Calzada encerraba una incomprensión. A los malagueños nos sonaba como si a los de Bilbao les dijéramos que eran de “Bilbado” y supieran guisar muy bien el “bacalado” al pil pil. No vamos a arrogarnos aquí el entendimiento pleno de la gracia de nuestro llorado Gregorio pues demostrado queda que traspasó las fronteras locales para hacer reír a toda España. Gregorio Sánchez, Chiquito de la Calzá, con acento en la a, era uno de esos típicos fenómenos “de ida y vuelta”: un tipo de los nuestros, de esos de toda la vida integrados de una manera indisoluble con tu ciudad, en ese territorio ubicuo donde paisaje y paisanaje son una misma cosa. Un buen día lo mandas a Madrid a un programa de humor; la gente no entiende nada de lo que dice pero se descojona y al poco tiempo te lo devuelven convertido en un “fenómeno social”. Como siempre, en este nuestro país periférico la capital repartiendo credenciales. Pero Gregorio, como el Tiriri y tantos otros, tuvo que hacer su particular “viaje a ninguna parte” de los cómicos de la legua desde que, siendo niño, integró el grupo flamenco “Los Capullitos Malagueños” hasta “Los Sevillanos”, con dos años de estancia en Japón cantándole a Mariquilla y Merche Esmeralda y, sobre todo, en esas innumerables fiestas y juergas flamencas con las que el señoritismo cavó en Andalucía durante mucho tiempo la fosa de su propia marca. Risas, taconeo, chistes, cantes hasta la extenuación, botellas de whisky, cazalla, algún plato furtivo de jamón, veinte duros para el taxi al amanecer y que trabajen los romanos que tienen el pecho de lata. Ahí hubiera seguido Chiquito si la fortuna no hubiera hecho una cabriola con aquel programa de humor en el que su título, “Genio y Figura”, no hacía otra cosa que acudir a la cita con quien mejor podía encarnar en el mundo estos dos conceptos.

Hoy, cuando le estamos llorando, no podemos reprimir la tentación de descifrar su particular sentido del humor desde la sociología, la cultura de masas, la semiótica y hasta la literatura…y es ahí donde se nos escapa como todo aquello que, por ser inefable, solo cabe señalarlo y, en todo caso, imitarlo. Sin embargo me atrevería a decir que hay algo en las profundidades de su humor que quizás sólo los malagueños podamos entender de una manera instintiva. Hemos de suponer que Chiquito “depuró y sistematizó” su estilo cuando saltó a la fama, pero ese estilo ya lo llevaba puesto cuando acudió a la televisión, no lo inventó ese día de 1994. Dicho de otra manera, no creo que el Chiquito anterior al “boom” pasara desapercibido, ni mucho menos, pero no nos debería parecer entonces tan singular por la sencilla razón de que su personalidad estaba enraizada en unos rasgos distintivos de la idiosincrasia malagueña de los cuales ni nosotros mismos debiéramos de ser conscientes, bien por no tomar distancias sobre ellos o incluso por no saber valorarlos. En Chiquito estaba el habla popular de toda la vida salpimentada de una historia reciente de influencias extranjeras, de Torremolinos, de turistas, guiris y «aliquindois»; un ingenio periférico de jerga trinitaria, germanía defensiva, como la lunfarda. Hemos podido encontrar en Málaga gente de la misma estirpe tras la barra de un bar, cocinando paellas o vendiendo lotería por la calle. Aquí la agudeza popular, cuando no escora hacia lo merdellón- otro concepto inefable-puede alcanzar la dignidad y elegancia que dejó grabadas El Piyayo en el genio colectivo. Con Chiquito ese genio colectivo se encarnó en un genio individual cuyo humor, como sucede con los más grandes- los hermanos Marx, Monty Phyton, Tip y Coll...- nos descoloca un poco por el hecho de que haya sido el absurdo y la “deconstrucciónsurrealista del lenguaje los que hayan conseguido desternillarnos. Y es que en estos genios hay algo más que el amañado desvarío de un poema dadá, una obra de Ionesco o de Arrabal. Lo que hay en estos genios es una coña marinera que clava su estocada en la afectada circunspección de las costumbres sociales, cuando no en su palmaria idiotez. Chiquito, que tenía la bondad de un santo y la educación de un lord, irradiaba una felicidad sin resquicios ni resentimientos. Pero su coña, si era divertida en lo inmediato, podía ser brutal en su reverberación, y si no, hagan la prueba de poner en boca de esta recua de personajillos miserables que están hoy destrozando el país algunas de sus más alocadas expresiones: el efecto es demoledor, pero también saludable, porque no hay mejor terapia colectiva para una país enfermo que la capacidad de reírse de sí mismo. Chiquito llevó España al diván del psiquiatra y allí, en estado de hipnosis, descubrimos que los conceptos que hoy se cacarean en los inanes discursos de una política carcomida -emprendimiento, innovación, diálogo, …¡independencia! -quedaban delatados en su vacuidad ante la enjundia conceptista de un «fistro diodenal».

Esa es la herencia del inolvidable lord Gregorio: que la supervivencia de un país empecinado en mantener agrestes atavismos exija prescindir de su razón perturbada, y ahí, en el terreno de lo absurdo, podamos reencontrarnos todos en una sonora carcajada. ¡«Jarl»!

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