Lorca ante la destrucción del mito

Representación de 'Federico, en carne viva'. :: daniel pérez / teatro echegaray/
Representación de 'Federico, en carne viva'. :: daniel pérez / teatro echegaray

Apasionaria pone en escena 'Federico, en carne viva', una obra que saca a relucir el universo onírico y personal del poeta granadino

TXEMA MARTÍN MÁLAGA.

El Echegaray acogió anoche ante tres cuartas partes del aforo 'Federico, en carne viva', una obra que pretende dar a conocer el lado más íntimo y personal del gran poeta de Granada. Lo hace bajo la autoría de un veterano dramaturgo de la provincia de la Alhambra, José Moreno Arenas, presente en esta función, y con el respaldo escénico de dos únicos actores que cargan con todo el peso de un texto intenso y voluminoso, en el que hay poco espacio para la acción pero donde caben elementos de metateatro, desde la ruptura de la cuarta pared hasta la exploración de los límites entre realidad y ficción, así como algunos juegos con una escenografía minimalista. Rubén Carballés interpreta a Lorca y Elena Bolaños, actriz que además dirige y diseña vestuarios y escenografía, hace de la gran amiga y confesora de Lorca Margarita Xirgú, pero de paso también interpreta a modo de cameo a personajes como Yerma o María José, la madre de Bernarda. Otros aparecen en off junto a un componente sonoro variado a un volumen que, por cierto, habría que revisar para evitar futuros sobresaltos en la audiencia.

El argumento se basa en la premisa de que la condición de mito ensombrece la personalidad que está detrás del artista. Mediante la deconstrucción de la leyenda, vemos a un Lorca que ya se barrunta la muerte y que empieza a detestar su cárcel de oro que es la Granada más reaccionaria y pesimista -«por el agua de Granada sólo reman los suspiros»- pero también a un Federico preso también de la pasión más desesperada, aquel amor hacia 'el rubio de Albacete' que, como nos enseñó Manuel Francisco Reina, fue el gran amor del poeta y quizás el motivo de su muerte.

Uno de los problemas es que este supuesto bocado de realidad no deja de ser una ficción cimentada en forma de refrito con todo lo publicado por o sobre el último Lorca. Lo más interesante llega cuando el artista se enfrenta a su estilo, después de terminar 'Así que pasen cinco años', texto que podría haber iniciado un largo camino hacia un teatro más experimental y europeo. Los límites entre lo real y lo onírico se traspasan en una obra que deja claras dos cosas: que el alcance del Lorca más moderno estaba por llegar y que a Federico, la persona, le mato una mezcla inexacta entre el odio y el amor.

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